sábado 04 de julio de 2026

El biblionauta 8: "El olvido que seremos", de Héctor Abad Faciolince

La muerte es el precio que personas como Salvador Allende o Héctor Abad Gómez han debido pagar por el solo hecho de no transar con los abusadores, los violentos y los que están dispuestos a asesinar.

4 de julio de 2026 - 11:45

El último Biblionauta lo dediqué a otro libro de Abad Faciolince, “ Ahora y en la hora”, avisando que comentaría el que ahora es objeto de esta columna. Creo que es mejor cerrar la deuda de inmediato.

El olvido que seremos” es un título hermoso tomado de un igualmente bello soneto de Jorge Luis Borges. Un soneto que habla de la muerte y de todos los hombres que no veremos; que nos recuerda que somos tumbas en las que se inscriben las fechas de nuestro nacimiento y nuestra desaparición; que nos cueta sobre la esperanza en quienes no sabrán que fuimos sobre la Tierra.

La muerte. La de quienes amamos. La nuestra. En buena medida, de eso se trata el libro de Abad que comenté primero. Y, de nuevo, en buena medida también, de eso se trata este segundo libro de Abad que les comento: de cómo puede la ausencia de alguien amado convertirse en una especie de presencia continua, en un vacío que llena los espacios, en una tristeza que se adhiere incluso a nuestros mejores y más alegres días.

En este caso, el gran Abad Faciolince, querible por sobre todas las cosas, nos cuenta de su familia, de su hermana arrastrada al vacío de esa muerte que no entenderemos nunca. Y, sobre todo, nos habla de su padre, el médico Héctor Abad Gómez. De niño, advertido por una monja de que su padre no iría al Cielo dado su agnosticismo, el pequeño Héctor plantaba a las claras su opción: no quería ir al Cielo sin su papá y, en ese caso, prefería irse al Infierno con él. Lo quería, nos dice, con un amor que nunca volvió a sentir hasta que nacieron sus hijos. “Yo amaba a mi papá con un amor animal”, y sus palabras estremecen.

Yo no he compartido la suerte de Abad Faciolince de tener un papá como el suyo. No supe de esa protección, de cuentos en las noches, de abrazos y besos, de compañía y amistad acompañada de guía y de autoridad. No supe eso de sentir que el papá daría su vida por mí sin dudarlo ni de un amor incondicional incapaz de abandonarme.

Pero entiendo todo lo que dice de su papá porque, por pura casualidad, quiero ser para mis hijos, y en especial para el más pequeño de los tres, un papá siquiera parecido al que Héctor Abad Gómez fue para su hijo escritor. Hay retratos conmovedores de esa relación entre padres e hijos en que son estos últimos los que nos conmueven. Es un libro que termina siendo una enorme declaración de amor de ese hijo que amaba a su padre con un amor animal enteramente merecido.

Pero este libro, además de enfrentarnos con este misterio de la muerte, del amor que parece destinado a su extinción cuando todos dejemos de existir y al olvido que seremos cuando el último que nos recuerde de niños haya desaparecido (esta idea se lee en otro libro imperdible: El jardinero y la muerte, del búlgaro Gueorgui Gospodínov) nos presenta a un hombre que fue, también, un idealista, un luchador social incansable, un médico “higienista” preocupado de la prevención a través de la disponibilidad del agua potable, de la “adecuada disposición” de las excretas o de planes de vacunación masivos y gratuitos.

Resulta casi estremecedor observar cuántas coincidencias hay entre este Héctor Abad Gómez, lleno de energía y bondad, y Salvador Allende Gossens, el más grande de nuestros políticos que, por lo mismo, ha sido objeto de la más baja y masiva campaña de desprestigio, lamentablemente muy exitosa en un país de personas alérgicas a la lectura, a la búsqueda de información seria y al pensamiento crítico.

Los dos eran médicos. Los dos soñaban con una sociedad justa, preocupada por los más vulnerables. Los dos eran hombres querendones, profundamente enamorados de sus hijos. Los dos fueron asesinados por quienes no pueden soportar a quienes tienen tantos dones humanos y tanto liderazgo para promocionar cambios sociales que inquietan a los privilegiados, ese grupo controlador que no duda en matar si se trata de defender la desigualdad y prebendas imposibles de ser toleradas por cualquier ser humano con un mínimo sentido de justicia.

De Salvador Allende, me dirán, hay que ser preciso con eso del “asesinato”, pues se trató de un suicidio, que es la tesis más aceptada, pese a la posición minoritaria unos cuantos, como el médico forense Luis Ravanal. Pero, desde mi lado, diré que para mí se asesina a un hombre de honor, como Allende, cuando se lo arrincona de modo tal que su honor solo puede ser salvado con la entrega de la propia vida.

Por lo demás, después de bombardear cobardemente La Moneda a cómoda distancia desde el aire y escritorios, el que Allende se haya suicidado y no haya muerto antes es una pura casualidad que nunca absolverá a los atacantes del cargo de magnicidio frustrado. Pero, en fin, ya sabemos cómo se castiga en Chile al infractor cuando es golpista. “Un totalitario que se aprestaba a imponer una dictadura comunista” dijeron los verdaderos totalitarios para justificar infantilmente su brutalidad.

De Héctor Abad Gómez el asunto es aún más claro, porque fueron varios disparos lo que acabaron con su vida en una Colombia en la que eran demasiados los que se irritaban ante un hombre que dedicó sus últimos años de vida a denunciar la violación de los derechos humanos, en el caso del Gobierno, y la violencia extrema, en el caso de la guerrilla y de otras organizaciones paramilitares. “Un peligrosísimo comunista” dijo de Abad uno de los presuntamente involucrados en su asesinato, tratando de justificar el mismo tipo de brutalidad empleada contra Allende.

La muerte es el precio que personas como Salvador Allende o Héctor Abad Gómez han debido pagar por el solo hecho de no transar con los abusadores, los violentos y los que están dispuestos a asesinar.

Este libro de Héctor Abad Faciolince no solo es un testimonio infinitamente bello acerca de lo que es ser un padre cariñoso y sabio, que nos puede iluminar a los que estamos tratando de serlo, sino también una semblanza del tipo de luchadores sociales que tanto echamos de menos en nuestra sufrida Latinoamérica que, espero, despierte algún día del trasnoche ultraderechista por el que estamos atravesando.

Quisiera creer que Allende y Abad conversan en el más allá, en el paraíso que sé que no existe, bajo el cuidado de un Dios que nunca ha estado presente más que en nuestra imaginación. Pero, al menos, creo que es bueno tratar de mantener en nuestra memoria a hombres como estos, que son líderes, guías e inspiración, pero, también, papás inolvidables, padres de amores animales. Es bueno que ellos no sean el olvido que seremos, al menos mientras podamos recordar a los mejores de los nuestros.

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