jueves 02 de julio de 2026

Carencia de reflexión en el espacio clínico: parecer inteligentes en el vacío narrativo

No sólo se deben adquirir conocimientos actualizados, sino desarrollar habilidades finas de comprensión. Y esto no es automatizable.

2 de julio de 2026 - 16:45

La inteligencia artificial es seductora. La inmediatez de sus respuestas, el orden y coherencia de los argumentos nos hacen habitar un ilusionismo que se extiende casi inadvertidamente: pensar podría ser externalizado sin mayores consecuencias.

En salud y en educación, esta fascinación deja efectos concretos que pueden ser poco visibles, no tan inmediatos, y a la vez profundamente estructurales. Arriesgar lo que se escribe no es el tema, más bien lo que entendemos, es lo delicado.

Hace casi un siglo Walter Benjamín en su valioso ensayo el narrador señalaba: “la experiencia ha caído en descredito”. Esta idea persiste y se acelera gracias a la inteligencia artificial. Hay situaciones en que francamente observamos cómo la experiencia se reemplaza simplemente. Si un narrador buscando dar un sentido a la experiencia a través del lenguaje, hoy precisamente podríamos ofrecer una forma de lenguaje sin estar atravesado por experiencias.

Para ser extremadamente clara, debo recordar que los sistemas de inteligencia artificial que usamos no piensan, no comprenden, ni interpretan situaciones humanas, ellos predicen. Son modelos de lenguaje que han sido entrenados con un enorme volumen de datos, provenientes mayoritariamente del norte global. Calculan probabilísticamente que palabras deberían seguir a otras en función de patrones previos que conoce. No refiere a experiencias, vidas vividas, no te escucha, aunque te haga sentir eso. Sólo se trata de una asociación de palabras.

A pesar de todo ello, goza de alta credibilidad porque escribe bien y organiza velozmente ahorrándonos tiempos. Cuestión altamente valiosa para el humano post moderno clásico de la era del rendimiento. La inteligencia artificial fluye frente a una pregunta, pero ahí radica el quid de la cuestión para la salud y la educación. Lo que cabría decir, no siempre es lo que se necesita ser dicho. Esto es así de radical porque en ambos casos, el punto de partida es una relación humana. De lo contrario no se trata de una experiencia de cuidado, ni tampoco del sentido profundo de la educación.

Lo que clásicamente hemos entendido en medicina respecto de la historia clínica no es equivalente a la experiencia del paciente. El divorcio entre el relato vivido y su traducción técnica es una evidente reducción, deja un vacío narrativo. Desde esta perspectiva la inteligencia artificial no inaugura la pérdida sino viene a intensificarla.

De esta manera, podríamos construir informes impecables sin haber realizado una escucha consciente y real. Podríamos redactar sendas reflexiones sin molestarnos o incomodarnos pensando. Silenciosamente nos vamos vaciando de las conjeturas naturales que la exposición a “lo humano” nos pueda generar. Así, llenamos espacios clínicos y educativos con respuestas que no han nacido de ninguna pregunta válida que el escuchar y experimentar por sí sólo nos haya conducido. Delegar acríticamente el lenguaje no es una cuestión de palabras entregadas, sino recorridos mentales que no estamos llevando a cabo.

Contamos con investigaciones recientes advirtiendo cómo el uso excesivo de estas herramientas se asocia a disminución del pensamiento y en educación suele invocarse excesivamente el pensamiento crítico, cayendo en lo que algunos denominan la descarga cognitiva. Dejando en manos inertes y sesgadas los procesos que necesitan del más afinado ejercicio de análisis, interpretación y juicio. En la educación de profesionales sanitarios no es algo menor.

No sólo se deben adquirir conocimientos actualizados, sino desarrollar habilidades finas de comprensión. Y esto no es automatizable. Se va construyendo en la dificultad que suponen habilitar dudas e incertidumbres, entender biografías quebradas en fisiologías alternas, en la dificultad de narrar porque habrá situaciones donde no salen las cosas como se esperaba, porque los acontecimientos y experiencias vividas superan a las palabras dadas. Sin la fricción de la duda aparecerán textos correctos, pero al mismo tiempo representando vacíos narrativos, en nuestro caso, vacíos de lo humano.

Por esa cuestión es que el mismo León XIV se ha referido recientemente en Magnifica humanitas de una manera clara, señalando que esta nueva herramienta tecnológica no es neutral y que asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza. Su llamado se ha recibido en todo el mundo fuerte y claro: “construir el bien” y “permanecer humanos”.

En salud confundir la fluidez con las que las palabras se entrelazan permitiendo vacíos del humano es particularmente peligroso, dado que la medicina no está en ese lenguaje correcto sino en la dimensión relacional que ahí se establece. Un espacio que reconoce matices, silencios, emociones, ambigüedades y contextos culturales. Todo ello, ausente en los modelos de lenguajes que, sin experimentar, simulan muy bien hasta el punto de hacerse creíbles.

Preguntarse si usamos o no la inteligencia artificial no tiene sentido, es tarde para eso. Lo adecuado sería hoy interrogarse respecto a ¿Qué partes del pensamiento estamos dispuestos a abandonar en nombre de la eficiencia? ¿Qué tipo de profesionales estamos formando si acostumbran a responder sin haber comprendido? ¿Qué historias dejarán de existir si dejamos de narrarlas?

Porque, como ha señalado el nobel colombiano Gabriel García Marquez, “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Al respecto surge la inquietud ¿qué ocurre cuando se reemplaza la experiencia, cuando dejamos de contarla? Nos enfrentamos a eso en el fondo y con ello, a la carencia de escucha, de duda, de interpretación. Dicho de otro modo, a ejercer aquello que hasta ahora seguíamos considerando humano.

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