Durante años, la industria de la construcción ha sido descrita desde sus brechas, baja productividad, fragmentación, generación de residuos, consumo intensivo de recursos y lenta adopción tecnológica. Ese diagnóstico es real, pero incompleto. Porque también existe otra historia posible, una donde empresas, centros tecnológicos, academia, gremios y Estado se articulan para probar soluciones concretas, medir resultados y demostrar que construir distinto no es una aspiración lejana, sino una capacidad que ya existe.
Construye Zero es precisamente eso, una evidencia de que las cosas se pueden hacer mejor. Nació como un Programa Tecnológico impulsado por Corfo, liderado por CTEC y coejecutado por la CDT de la Cámara Chilena de la Construcción, con el propósito de desarrollar y transferir soluciones tecnológicas sustentables para enfrentar la crisis climática desde el sector construcción.
En su lanzamiento, la iniciativa fue presentada como un portafolio de tecnologías de adaptación ante el cambio climático, con participación de empresas, universidades, asociaciones gremiales y actores públicos, convocando a más de 450 asistentes en sus primeras jornadas.
Lo valioso de Construye Zero no está solo en sus números, aunque estos son relevantes. La experiencia consolidó 11 tecnologías, 8 coejecutores, 15 asociados, 30 instituciones interesadas y en total, más de 38 organizaciones trabajando colaborativamente. Además, movilizó $1.970 millones de cofinanciamiento Corfo y una inversión total de $3.283 millones entre recursos públicos y privados.
Con ello se logró disminuir en un 98% la energía, en 95% la utilización de agua y un 86% la generación de residuos en proyectos, solo como ejemplo. Pero detrás de esas cifras hay algo más profundo, una forma distinta de enfrentar los problemas de la industria, con colaboración, evidencia, pilotaje y transferencia tecnológica.
El mayor aporte del programa es metodológico y cultural. Construye Zero mostró que innovar en construcción no significa solo diseñar una buena idea, sino llevarla al terreno, construirla, instrumentarla, medirla, ajustarla y prepararla para el mercado. El programa ordenó ese proceso en una lógica clara, diseñar, validar, pilotear, monitorear, transferir y escalar. Esa secuencia parece simple, pero para una industria acostumbrada a operar por proyectos aislados, representa un cambio profundo.
Construye Zero deja una lección institucional. La transformación productiva no ocurre por decreto, ni por voluntad individual. Requiere gobernanza, seguimiento, confianza, financiamiento, espacios de pilotaje, capacidades técnicas y una narrativa común. Requiere que empresas que normalmente compiten se sienten a colaborar, que el Estado no solo financie, sino que acompañe, y que los centros tecnológicos actúen como puentes entre la investigación, la industria y el mercado.
Por eso, este programa importa más allá de sus prototipos. Importa porque demuestra que la innovación aplicada puede reducir la incertidumbre. Que la sustentabilidad puede ser productiva. Que la industrialización puede responder a desafíos habitacionales y climáticos. Que los datos pueden reemplazar intuiciones. Que la colaboración público privada, cuando tiene propósito, método y continuidad, puede mover una industria completa.
El cierre de Construye Zero no debiera leerse como el término de un programa, sino como el inicio de una nueva responsabilidad. Ya no basta con decir que la construcción debe cambiar, ahora existe evidencia local de que puede hacerlo. La pregunta es si tendremos la decisión de escalar estas soluciones, incorporarlas en proyectos reales y convertirlas en una nueva forma de construir en Chile.
Construye Zero deja una convicción instalada, las cosas se pueden hacer mejor. Y cuando se hacen mejor, no solo gana la industria, gana el país.