Este domingo 6 de septiembre se celebran elecciones regionales en el estado federado de Sajonia-Anhalt. En dos semanas le seguirá Berlín. En ambos casos, las encuestas dibujan un descalabro para los partidos gobernantes a nivel federal, la Unión Cristianodemócrata (CDU) del canciller Merz y los socialdemócratas de la SPD.
Los beneficiarios de este desgaste no podrían ser más opuestos. Mientras que en Sajonia-Anhalt el fascismo abanderado por la Alternativa para Alemania (AfD) amenaza con dirigir un gobierno regional por vez primera, en Berlín, la izquierda radical de Die Linke aspira a conquistar la alcaldía.
El territorio que hoy conforma el estado de Sajonia-Anhalt, con capital en Magdeburgo, formó parte de la antigua República Democrática Alemana hasta la caída del muro en 1989. La reunificación trajo consigo un duro proceso de desindustrialización y reconversión económica para la región.
Hoy en día, la especialización y reorientación hacia sectores estratégicos como la logística, las energías renovables o megaproyectos tecnológicos no impiden que la percepción de agravio persista en amplias capas de la población. No obstante, el consenso académico es claro: la brecha este-oeste se ve cada vez más desplazada por disparidades regionales, entre el campo y la ciudad, por ejemplo, y estas, a su vez, no distinguen entre la antigua República Federal y la Democrática.
En Sajonia-Anhalt se le suma a todo esto uno de los declives demográficos más pronunciados de Europa Central. De los casi tres millones de habitantes que contaba bajo el régimen comunista ha perdido alrededor de 750.000 personas, resultado de un cóctel nefasto de emigración, un déficit de natalidad persistente y la falta de inmigración compensatoria. Los efectos encadenados son poco sorprendentes: el envejecimiento acelerado está generando una falta de mano de obra cualificada y mayores desequilibrios territoriales, con la consiguiente reducción de infraestructuras públicas. Y, al fin, una latente Abstiegsangst, el miedo al descenso social.
Es precisamente ese caldo de cultivo, mezcla entre un histórico sentimiento de agravio y un renovado miedo a la pérdida de estatus, donde la AfD inocula su racismo a un pueblo ansioso por encontrar chivos expiatorios. La de Sajonia-Anhalt es, además, una de las federaciones más extremistas del partido. En 2023 fue catalogada como “ extrema derecha probada”, la máxima categoría de alerta previa a la prohibición formal, por parte de los servicios de inteligencia.
El programa electoral no deja lugar a dudas: Su gran pilar estratégico es la migración: desde el incremento masivo de plazas de prisión preventiva a la deportación de migrantes considerados “ilegales” pasando por el fin de toda financiación estatal para entidades de integración y ONG's. A pesar de ello, sus valores en las encuestas, por encima del 40%, les ponen a tiro el ansiado trofeo: una mayoría absoluta que les permita sobrepasar la Brandmauer o cordón sanitario impuesto por las fuerzas democráticas.
Apenas 150 kilómetros separan Magdeburgo de Berlín, donde hasta cinco partidos se mueven en una horquilla de entre el 15 y el 25% de los votos. Según los sondeos, a la cabeza se encuentra Die Linke, seguida por un empate técnico entre democristianos, verdes, AfD y unos socialdemócratas algo más descolgados. El peso de la historia reciente se difumina en el mapa electoral cada vez más, reflejando transformaciones similares a las de Sajonia-Anhalt.
Durante los 90, CDU y SPD concentraban su voto en el antiguo Berlín Occidental, mientras que las fuerzas herederas del Partido Socialista Unificado tenían su granero de votos en el Oriental. La división este-oeste ha dado paso a una geometría vertebrada por la distinción entre el centro y la periferia. Mientras que la izquierda radical se extiende por un centro de la ciudad más cosmopolita, los democristianos han reorientado su electorado hacia los suburbios, zona que les disputa una ultraderecha en aumento. Aquel que mejor sepa encontrar el equilibrio territorial saldrá vencedor.
Si las encuestas aciertan, la papeleta de la recientemente revitalizada Die Linke podría ser la mejor posicionada gracias a una candidata a la alcaldía en claro ascenso. Elif Eralp, hija de refugiados políticos turcos, es un fiel reflejo de la realidad berlinesa revitalizada por la inmigración.
La jurista de formación y diputada regional desde 2021 ha centrado su campaña electoral en la asequibilidad, en clara referencia al éxito alcanzado por Zohran Mamdani en Nueva York. Transporte, alimentación o el ocio y la cultura, ningún aspecto escapa al encarecimiento de la vida, aunque el drama de la vivienda es particularmente sangrante en una metrópolis en la que hasta el 85% de sus casi cuatro millones de habitantes viven en régimen de alquiler.
Además de un tope a los precios o la construcción de vivienda pública, el gran debate gira en torno a la polémica expropiación de grandes empresas inmobiliarias que posean más de 3.000 viviendas. Aprobada en referéndum en 2021 por un 59% de los berlineses, la actual coalición de gobierno municipal entre CDU y SPD ha evitado implementar esta medida durante su mandato.
Mientras que izquierda radical y verdes se han comprometido a integrar ese nuevo hipotético parque de viviendas en empresas municipales de vivienda si entran en el nuevo consistorio, los socialdemócratas, que podrían tener la llave de gobierno, han mostrado hasta el momento más cautela, especialmente en torno a la financiación necesaria para indemnizar a las empresas expropiadas.
A pesar de sus idiosincrasias regionales, ambas elecciones, tanto en Berlín como en Sajonia-Anhalt, certifican por tanto la gran impopularidad del canciller Friedrich Merz y su gobierno. Más allá de sus sonadas disputas internas, el estancamiento de la economía alimenta poderosamente ese fuerte rechazo. Las oposiciones más duras, tanto de corte radical pero democrático en el caso de Die Linke, como el apenas disimulado fascismo de la AfD, son las únicas que consiguen capitalizar por ahora el descontento. Queda por ver cuál de las dos recetas seduce a los alemanes.