Hay algo que está cambiando profundamente la forma en que se disputa el poder político: la capacidad de intervenir la conversación pública a través de las redes sociales.
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Hoy la tecnología permite algo todavía más sofisticado: no solamente intentar influir sobre lo que una persona piensa, sino intervenir el entorno informativo en el que millones de personas construyen aquello que piensan.
Hay algo que está cambiando profundamente la forma en que se disputa el poder político: la capacidad de intervenir la conversación pública a través de las redes sociales.
Fake news, desinformación, bots, cuentas anónimas y redes coordinadas permiten instalar temas, amplificar ataques, fabricar tendencias y generar la impresión de que determinadas opiniones son mucho más extendidas de lo que realmente son. La frontera entre una conversación ciudadana y una operación política se ha vuelto prácticamente invisible.
El problema no es solamente que circulen mentiras. El problema se da cuando existen estructuras capaces de producirlas, amplificarlas y hacerlas circular de manera sistemática. Porque en ese escenario las redes sociales dejan de ser simplemente un espacio donde las personas expresan sus opiniones y se convierten en una herramienta para moldear aquello sobre lo que las personas opinan.
Una operación de este tipo no necesita convencer a todo el mundo. Puede ser suficiente con instalar una acusación, repetirla miles de veces, convertirla en tendencia y lograr que los medios tradicionales terminen hablando de ella. Así, una narrativa artificialmente amplificada puede terminar adquiriendo apariencia de realidad.
Esta transformación obliga a mirar con otros ojos algunos de los grandes éxitos recientes de la comunicación política digital. Hay campañas que comprendieron que ya no basta con entregar un mensaje: hay que controlar su circulación, generar comunidades digitales, activar emociones y mantener determinados conflictos permanentemente presentes.
Y aquí es donde aparece un paralelo que hace algunos años habría parecido propio de una película de ciencia ficción.
Nada es privado, el documental sobre Cambridge Analytica, mostró cómo los datos personales podían convertirse en una poderosa herramienta política. La idea era conocer al elector, identificar sus características y dirigir hacia él mensajes capaces de influir en hitos electorales como el plebiscito en el Reino Unido que finalmente los sacó de la Unión Europea, las primeras elecciones de Donald Trump y Jair Bolsonaro y los levantamientos de datos utilizados incluso en primarias electorales.
Hoy la tecnología permite algo todavía más sofisticado: no solamente intentar influir sobre lo que una persona piensa, sino intervenir el entorno informativo en el que millones de personas construyen aquello que piensan.
Es en este contexto es donde adquiere especial relevancia lo que hoy conocemos sobre Fernando Cerimedo. Su detención en Bolivia, sus vínculos con espacios políticos y comunicacionales de ultraderecha y las redes digitales que han sido asociadas a su entorno, abren preguntas que van mucho más allá de su situación judicial.
También en Chile han quedado expuestas interrogantes a partir de la desaparición de cuentas vinculadas al troleo político después de su detención, como drestrum_pi o Neuroc. De hecho, he sido objeto de ataques desde esta última cuenta, cuyos antecedentes son parte de una querella en curso.
¿Quién las operaba? ¿Quién las financiaba? ¿Existían conexiones con estructuras de otros países? ¿Hasta dónde llegaron estas operaciones durante nuestros procesos electorales?
Porque cuando bots, desinformación, fake news y redes coordinadas se convierten en herramientas habituales de la disputa política, el problema ya no es solamente quién gana una elección. Es si los ciudadanos están tomando sus decisiones en un espacio público genuinamente democrático e informado o en una conversación artificialmente manipulada.
No corresponde afirmar aquello que todavía no ha sido probado. Pero tampoco corresponde ignorar los patrones que aparecen. Porque en Redes Sociales y en la memoria digital, siempre queda rastro, nada es privado.
Ese es el verdadero desafío que tenemos por delante.