Las dos almas del gobierno de Friedrich Merz
La llamada a las urnas a principios de 2025 dio fin a la malograda coalición semáforo formada por los socialdemócratas de la SPD, Verdes y Liberales, y encabezada por el excanciller Scholz.
Tras apenas cuatro años en la oposición, la Unión Cristianodemócrata (CDU) volvía a vencer en unas elecciones federales mientras que la SPD tocaba fondo con su peor resultado histórico, con poco más del 16% de los sufragios y viéndose superada por la extrema derecha de la Alternativa para Alemania (AfD). Su segundo puesto fue, junto al resurgir de la izquierda poscomunista de Die Linke, una de las sorpresas de la noche electoral.
El primer gran hito de la legislatura se produjo antes incluso de la constitución del nuevo parlamento. CDU, SPD y Verdes alcanzaron en marzo un acuerdo para reformar el “freno de deuda”, la regla constitucional que imponía el dogma del déficit cero.
Acuciado por el regreso al poder de Trump y la constante amenaza rusa, el nuevo plan de endeudamiento ahora permite que aquellos gastos en defensa que excedan el 1% del PIB no computen para el freno. Además, la reforma incluyó un fondo excepcional de €500.000 millones para sufragar inversiones en infraestructuras y lucha contra el cambio climático.
La CDU se adjudicaba así una rotunda victoria a la par que una desvergonzada muestra de hipocresía tras haber bloqueado esta misma reforma durante la anterior legislatura. El momento elegido tampoco fue casual, al celebrarse la votación con un parlamento saliente y, por tanto, de discutible legitimidad para una reforma de tal calado. La motivación fue clara: En el entrante, AfD y Linke sumaban una minoría de bloqueo, haciendo su apoyo imprescindible para cualquier cambio constitucional.
Salvado este escollo, el candidato de la CDU, Friedrich Merz, fue finalmente investido canciller reeditando la gran coalición con la SPD. La reorientación ideológica del gobierno se ha visto reflejada en al menos tres aspectos: reformas del estado de bienestar, la desaceleración de la acción climática, junto a una militarización doméstica y europea.
Merz, neoliberal de vieja escuela y con un millonario patrimonio personal, pronto dejó claras sus intenciones en materia social al declarar que “el sistema actual, simplemente, ya no podemos permitírnoslo”. La reforma de la renta ciudadana ha sido su medida estrella hasta el momento.
Esta red de seguridad mínima existencial pasará a perseguir con más dureza a aquellos receptores que eludan buscar empleo o formación. Quizá fuera muestra de mayor sensatez atajar el problema de raíz y preguntarse por qué una persona elige un subsidio antes que la precariedad perpetua.
Otro espurio debate se abrió más recientemente alrededor de la “Lifestyle-Teilzeit”, que pone en el disparadero a aquellas personas que escogen el trabajo a tiempo parcial supuestamente como estilo de vida. Lejos de celebrar el descenso de horas de trabajo como un logro civilizatorio, la CDU prefiere limitar el tiempo libre. No se planteó en cambio si el sesgo de género en la “Lifestyle-Teilzeit” no tendría acaso más que ver con la imposibilidad de muchos progenitores, particularmente mujeres, de compatibilizar crianza y empleo.
En materia climática, el quehacer de la coalición está marcado por los acuerdos a nivel europeo, en especial el compromiso alcanzado poco antes de la COP de Belém en la que la Unión Europea (UE) anunció su nuevo objetivo de reducción de emisiones para 2040 del 90% en relación con la referencia marcada en 1990.
En un movimiento extendido por todo el continente, el gobierno alemán ha subrayado la necesidad de reconfigurar la transición climática con la defensa de la competitividad y las políticas industriales. Medidas como la construcción de nuevas centrales de gas parecen establecer, eso sí, un orden de prioridades más bien nocivo para la sostenibilidad.
Por último, y en contraste con la percepción a nivel doméstico de una economía estancada, el canciller Merz ha buscado reactivar la muy trillada “autonomía estratégica” de la UE. El ya mencionado fondo de €500.000 millones fue condición necesaria para impulsar junto a sus homólogos europeos un ambicioso plan de rearme.
Junto al acuerdo en el marco de la OTAN para llegar al 5% del PIB y así contentar a Trump, Europa y Alemania perseveran en su error, a menos que el objetivo subyacente sea llenar los bolsillos de la industria armamentística. Con un total cercano a los €350.000 millones en gasto militar, la UE dobla con creces a Rusia.
Quizás fuera más sensato harmonizar del gasto entre países europeos y potenciar la cooperación industrial en detrimento del mosaico de empresas a nivel nacional. En el contexto de la guerra de Ucrania, Merz se vio abocado a acceder a las preferencias del triángulo París-Roma-Madrid: El nuevo paquete de ayudas para mantener la economía ucraniana a flote será financiado de manera conjunta con eurobonos y no a través de la venta de activos rusos congelados, como pretendían desde Berlín, lo que no deja de ser un nuevo hito en la mutualización de deuda comunitaria a la que siempre se ha resistido Alemania.
El panorama general arroja en resumen la derechización de un país que permanece bajo la espada de Damocles del fascismo, encarnado por la AfD, empatada en las encuestas con los cristianodemócratas. El ejecutivo permanece mientras tanto preso de sus contrapuestas intenciones.
El impulso keynesiano del multimillonario plan de inversiones, aunque sin frutos macroeconómicos, es un paso interesante. En cambio, con sus ataques al sistema social, se persigue debilitar al mismo Estado que ha de implantar las susodichas inversiones. Quizá fuera recomendable para Merz, en términos faustianos, decidir cuál de las dos almas que, ay, viven en su pecho, quiere separarse de la otra.