El aire del matorral esclerófilo de la zona central de Chile huele a quillay, peumo y boldo. A simple vista, el paisaje parece estático, pero un zumbido constante revela el pulso del ecosistema: miles de abejas (Apis mellifera) recorren el dosel nativo recolectando el néctar que da origen a una de las mieles más valoradas del planeta. La sequía advierte.
Bajo esta estampa rural, la apicultura chilena atraviesa una encrucijada crítica, marcada por el avance agroexportador y la crisis climática que azota al centro del país.
Producir miel de forma sostenible
Producir miel sostenible implica respetar la capacidad de carga del territorio, priorizar la salud de la colmena por sobre el rendimiento industrial y proteger la flora originaria.
A diferencia de la apicultura industrial —que traslada colmenas en camiones para ofrecer servicios masivos de polinización a grandes frutícolas—, la apicultura agroecológica asienta sus apiarios en bosque nativo, combate al ácaro Varroa destructor con ácidos orgánicos y aceites esenciales, y evita sustituir la miel por jarabes de azúcar industrial en invierno.
La ventaja de Chile y su geográfica única
El país cuenta con barreras naturales —el océano Pacífico, la cordillera de los Andes y el desierto de Atacama — que funcionan como un escudo fitosanitario. Esta condición, sumada a su diversidad botánica, permite producir mieles monoflorales únicas en el mundo, como las de quillay, ulmo, corcolén o avellano, reconocidas por sus propiedades antibacterianas y antioxidantes.
El panorama, sin embargo, es heterogéneo: la zona central enfrenta la mega sequía y los incendios forestales; la zona centro-sur lidia con el monocultivo forestal de pino y eucalipto; y el sur ve retroceder el bosque templado lluvioso.
Evitar la saturación de abejas
En Chile existen más de 400 especies de abejas nativas, entre ellas el amenazado abejorro Bombus dahlbomii, que no producen miel comercializable pero cumplen un rol insustituible en la reproducción de la flora silvestre.
Una apicultura no planificada, con sobrepoblación de colmenas en áreas protegidas, puede generar competencia por el néctar o transmitir patógenos a la fauna local. Por eso, el sector insiste en integrar la actividad a planes de restauración ecológica, y no saturar los cerros con cajones.
Lo que debe enfrentar el sector
Para los más de 5.000 apicultores registrados en el país, en su mayoría parte de la agricultura familiar campesina, mantenerse a flote de forma sustentable no es sencillo. El mercado interno enfrenta la competencia de las llamadas "falsas mieles", jarabes de maíz coloreados e importados a bajo costo, mientras Europa exige controles de residuos químicos que el mercado local no siempre replica.
A esto se suma la emergencia climática: las floraciones se desfasan y las primaveras secas alteran la secreción de néctar, obligando a adaptar los calendarios de manejo.
Avanzar hacia la certificación agroecológica, articular redes cooperativas y fiscalizar el uso de agrotóxicos aparecen como las tareas pendientes para que la miel siga siendo, como plantea el sector, la condensación de la biodiversidad del país.