miércoles 19 de agosto de 2026

Sin humanidades, el progreso se queda sin brújula

Llevar la contra es gratis; pensar críticamente no es tan fácil. Y confundir ambas cosas es una de las razones por las que seguimos estancados como país frente a otras culturas.

19 de agosto de 2026 - 11:45

Cada cierto tiempo, los países y sus gobiernos vuelven a cuestionar el financiamiento de las humanidades frente a las ingenierías y al avance tecnológico. El argumento suele construirse sobre una pendiente resbaladiza o un hombre de paja: “Para desarrollar el pensamiento crítico basta con llevar la contra; no necesitamos financiar hippies que resisten con palabras”.

Llevar la contra es gratis; pensar críticamente no es tan fácil. Y confundir ambas cosas es una de las razones por las que seguimos estancados como país frente a otras culturas.

Llevar la contra es lo que hace Twitter (o X); mientras que pensar críticamente es lo que hace un abogado cuando advierte que una cláusula de un contrato sobre el litio puede costarte treinta años de juicios; o un historiador cuando explica por qué tu proyecto de hidrógeno será rechazado por la misma comunidad que ya rechazó otros tres. Eso no es hippismo: es método. Y el método se estudia formalmente, del mismo modo que una viga se calcula formalmente.

Aquí entra Martha Nussbaum, con sustento y no con consignas, ya en su texto Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (2010), la filósofa de la Universidad de Chicago advierte sobre una “crisis silenciosa ” que atraviesa la tentativa tecnocrática: los Estados sedientos de rentabilidad recortan las humanidades y terminan produciendo generaciones enteras de máquinas utilitarias, en lugar de ciudadanos cabales con capacidad de pensamiento propio.

El pensamiento crítico se sostiene en tres habilidades que la formación humanística desarrolla de manera sistemática:

  • La primera es la capacidad argumentativa socrática, un valor clave para la buena salud de una democracia.
  • La segunda es la capacidad de verse como ciudadano del mundo y no únicamente como miembro de una tribu.
  • La tercera es lo que Nussbaum denomina imaginación narrativa o la capacidad de pensar cómo sería estar en el lugar de otra persona, de interpretar con inteligencia su relato.

Eso es exactamente lo que Chile necesita para que su ingeniería funcione: profesionales capaces de argumentar con solvencia un tratado sin inventar ni vender retórica, comprender a las comunidades y ponerse en su lugar antes de imponerles una mina.

Si quieren un mundo de talleres técnicos, tendrán diez años de ingenieros brillantes perdiendo juicios y licitaciones frente a países que sí sentaron a sus humanistas en la mesa.

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