Ya es de público conocimiento el cambio en las bases del concurso para adjudicarse becas de postdoctorado, mediante el cual la ANID estableció líneas prioritarias en las que las grandes ausentes son las ciencias sociales y las humanidades. Esto ha generado una fuerte reacción de la comunidad científica, que ha defendido su quehacer y la importancia de estas disciplinas. Sobre esa defensa probablemente no haya mucho más que agregar.
Sí quisiera detenerme, en cambio, en unas declaraciones recientes de la ministra de Ciencia en una entrevista radial, en las que defendió la decisión señalando: “Acá no hay ideología, solamente datos”. La frase es deshonesta, incluso considerando el evidente desconocimiento de la práctica científica que la ministra ha mostrado, y vale la pena detenerse en las razones. Lo es aún más cuando, paralelamente, el presidente cuestiona públicamente y sin ningún tipo de evidencia o respaldo técnico las cifras de la encuesta CASEN. Vamos por partes.
“Solamente datos”. La primera pregunta que surge es bastante sencilla: ¿qué datos? ¿Cuáles son los datos que llevan a las autoridades a decidir que ciertas áreas del conocimiento deben ser priorizadas en desmedro de otras? Esto es relevante porque, ciertamente, el Estado puede decidir priorizar el financiamiento de determinadas investigaciones. Pero esa decisión no se desprende automáticamente de los datos: obedece a definiciones previas. El dato nunca aparece solo. No flota en el aire ni habla por sí mismo.
La existencia misma de un dato supone que previamente se tomó la decisión de producirlo. Interesa medir el desempleo, la pobreza, la productividad, entre muchas otras cosas. Y medir cualquiera de estos fenómenos implica también definirlos: qué entendemos por desempleo, qué consideramos pobreza, qué actividades califican como productivas. Todo este proceso está compuesto por convenciones y acuerdos entre organismos internacionales, instituciones estatales, comunidades de expertos/as y otros actores. Pero, además, detrás de estas decisiones existe una razón más fundamental: la necesidad de intervenir sobre determinados fenómenos mediante la acción estatal y las políticas públicas.
Recapitulemos. Se define la pobreza como un problema social respecto del cual se considera necesaria la intervención de las políticas públicas. En consecuencia, se requiere medirla, tarea que queda a cargo de un ministerio u otra dependencia estatal. Pero antes de medirla es necesario definirla, para asegurarse de que el instrumento que posteriormente se construya permita hacerlo de manera adecuada. Todo esto constituye una parte fundamental del proceso estadístico.
Los números aparecen al final de un proceso mucho más amplio de decisiones, convenciones y definiciones. Ningún número nos dirá que es importante medir la pobreza. Esa decisión responde a contextos sociales e históricos determinados. La producción estadística se realiza con fines específicos y, aunque podamos estar de acuerdo con esos fines, precisamente este examen permite mostrar que no hay nada de natural en ellos.
Por eso volvemos a la pregunta inicial: ¿qué datos avalan la decisión de establecer estas áreas prioritarias? Saberlo es importante no por el dato en sí mismo, sino porque permite reconstruir la argumentación y, con ella, las ideas que están detrás de la decisión. Los números pueden servir de apoyo para una decisión, pero no reemplazan la decisión misma. No reemplazan la toma de postura. Los datos se inscriben siempre en lecturas, interpretaciones y relatos que les otorgan sentido. Es precisamente ahí donde aparece la ideología. Y, en este caso, aparece de una manera bastante burda.
Primero, está la ilusión ideológica de que no existen ideologías. Esto no es nuevo. Es una idea que se consolidó con especial fuerza después de la caída del Muro y que, acompañada de una fe ciega en la técnica y en la supuesta neutralidad de los expertos, conocemos como tecnocracia.
Siguiendo esa misma lógica, es ideológico pensar que la política puede reducirse a presentar cifras. ¿Qué números habría que mostrar para demostrar que necesitamos estudiar la caída de la tasa de natalidad en Chile? ¿Qué datos habría que producir para sostener que ese fenómeno requiere ser abordado desde las ciencias sociales y las humanidades? ¿Qué cifra habría que publicar para dar cuenta de la importancia de estudiar la democracia y sus instituciones en un contexto en que, a nivel global, observamos su debilitamiento?
Pensar que la política se reduce a presentar un número no solo es ideológico; además, es una forma particularmente avasalladora de hacer política, porque deja fuera de la discusión todas esas otras preguntas. Y aquí aparecen también algunas trampas retóricas. Los números pueden utilizarse para justificar determinadas posiciones políticas y, al mismo tiempo, para blindarlas frente a las objeciones. ¿Por qué se decidieron estas áreas prioritarias y se dejaron fuera otras? Porque los números lo dijeron. No es cierto. La decisión la tomó la ANID, el Ministerio, la Presidencia. Los números podrán formar parte de la argumentación que se utiliza para justificarla, pero no son quienes toman la decisión.
Por último, es profundamente ideológico sostener que la generación de conocimiento científico debe justificarse por su impacto en la productividad del país, que parece ser precisamente el dato que se está mirando. Esto está en línea con aquella interpelación que hizo el presidente Kast hace un tiempo: ¿cuántos empleos generan esas investigaciones que terminan en libros?
Esto no es ignorancia y, mucho menos, “datos puros”. Es ideología. Es una determinada concepción de cómo debe producirse el conocimiento, qué conocimiento merece ser financiado y para qué debe servir la ciencia.
Lo curioso es que, al mismo tiempo, los datos de la CASEN son puestos en duda. Por supuesto que los organismos técnicos pueden equivocarse. Hay antecedentes de ello: el Censo de 2012, el IPC de 2020, entre otros. Pero precisamente estamos de acuerdo en que se trata de fallas técnicas y que, por lo mismo, son susceptibles de ser identificadas, discutidas y subsanadas.
Lo que hace Kast es algo distinto: es el mismo mecanismo que hemos visto en Trump y en otras figuras de la ultraderecha mundial, consistente en erosionar las bases de la institucionalidad y sembrar dudas sobre aquellos datos que no se ajustan a sus posiciones. Nuevamente, resulta bastante paradójico que, en este contexto, se considere innecesario estudiar desde las ciencias sociales y las humanidades fenómenos como este y pensar cómo prevenirlos.
En definitiva, este gobierno parece defender el imperio del dato siempre y cuando el dato sirva para sostener sus ideas. Cuando no ocurre así, la cifra se vuelve engañosa, poco confiable o ideológica.
No hay nada político ni arbitrario en esta distinción. Mis números son reales; los tuyos son ideológicos.