martes 25 de agosto de 2026

¿Qué entendemos por democracia?

Previo a cuestionarnos si el ciudadano se ha vuelto menos democrático, debemos preguntar qué entiende por democracia y qué espera de ella. Responder eso no resuelve nada por sí solo, pero es la condición de todo lo demás.

25 de agosto de 2026 - 16:45

El país latinoamericano donde la gente está más satisfecha con su democracia es El Salvador. Según Latinobarómetro, la cifra bordea el 62%, casi el doble del promedio regional. Es también el país donde más se han desmontado los contrapesos institucionales en los últimos años. Ese dato no es una curiosidad estadística ni un error de muestreo. Es una pista sobre qué está pasando con la palabra democracia.

La Ciencia Política lleva décadas estudiando la democracia desde sus instituciones, y con razón. Son ellas las que procesan y responden las demandas de la gente. Dahl lo dejó escrito en La poliarquía: sin garantías institucionales, las preferencias ciudadanas no alcanzan siquiera a formularse, expresarse ni a pesar por igual.

Los estudios recientes sobre erosión democrática siguen esa línea y muestran algo inquietante, que son líderes electos en las urnas quienes desarman esas garantías desde adentro. El diagnóstico es correcto, y de ahí viene la preocupación que hoy domina la discusión: que la ciudadanía se habría vuelto más autoritaria.

Los datos parecen darle la razón. Según Latinobarómetro, solo un 45% de los jóvenes latinoamericanos cree que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, y el titular se escribe solo. No obstante, quizá estemos buscando la respuesta por el camino equivocado. Antes de dar por buena la hipótesis autoritaria, convendría hacerse una pregunta más básica: ¿qué está entendiendo por democracia quien la vive? Con esa pregunta en la mano, las mismas cifras dicen otra cosa.

Lo que más crece en las encuestas no es el deseo de otro tipo de régimen, sino la indiferencia: uno de cada cuatro latinoamericanos declara que le da lo mismo cómo se gobierne. Y eso es distinto. No es alguien que quiera una dictadura, es alguien para quien la pregunta dejó de significar algo. La brecha lo confirma. En 2024 el apoyo a la democracia subió al 52%, mientras la insatisfacción con su funcionamiento se mantuvo en 65%. No es una conversión autoritaria. Es un divorcio.

Norbert Lechner lo había anticipado antes incluso de que volviera la democracia a Chile. Su argumento era que un régimen democrático no se sostiene solo sobre reglas, elecciones y crecimiento económico. Necesita también ser vivido: producir sentido, pertenencia, la sensación de que uno habita algo propio. La democracia, decía, no es únicamente un procedimiento; es un orden que se experimenta en lo cotidiano o no se experimenta en absoluto.

Desde ahí la pregunta cambia. Previo a averiguar si la gente sigue creyendo en la democracia, habría que preguntar qué está viendo cuando la nombra. Para alguien en San Salvador, probablemente sea salir al almacén de la esquina y volver a la casa. Para alguien en Buenos Aires, que el sueldo alcance hasta fin de mes. Para alguien en Chile, que la hora en el consultorio no demore ocho meses. Ninguna de esas personas está describiendo un régimen político. Están describiendo una vida.

Nada de esto quita valor a las instituciones ni a los contrapesos. Al contrario, no existe régimen mejor que la democracia para responderle a todos por igual, para garantizar derechos y para proteger libertades, y precisamente por eso hay que defenderla. El punto es cómo. Mientras no entendamos qué espera la gente de la democracia, vamos a seguir hablándole en un idioma que no es el suyo, y en esa distancia siempre habrá alguien ofreciendo certezas más simples, al precio de aquello que hace que la democracia sea democracia.

La tentación, a esta altura, es cerrar con una receta o solución. No la tengo, y creo que muchos somos los que intentamos, al menos, buscarla. Pero, lo que sí creo es que podemos cambiar el foco de la discusión. Previo a cuestionarnos si el ciudadano se ha vuelto menos democrático, debemos preguntar qué entiende por democracia y qué espera de ella. Responder eso no resuelve nada por sí solo, pero es la condición de todo lo demás. Una democracia que no se vive no encuentra quién la defienda.

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