Para encarcelar al adversario primero hay que hacer que lo dejen de ver como ciudadano. El fascismo italiano lo entendió. El opositor, que antes era solo pluralismo legítimo, pasó a ser subversivo; el disidente, enemigo; y eso que antes era controversia política terminó convertido en una cuestión de seguridad del Estado. No ocurrió de un día para otro. La sociedad, poco en poco, fue naturalizando que ciertas personas merecían menos garantías.
Chile no es la Italia fascista. José Kast tampoco es Benito Mussolini. Precisamente por eso hay que hablar ahora.
Su Registro Único de Vándalos e Incivilidades propone algo que debería inquietar a cualquier demócrata y verdadero republicano (los de la res publica): que el castigo esté proporcionalmente dictado por la moral y no la ley. Incluso conductas que el propio Gobierno reconoce que no constituyen delitos podrían merecer perder gratuidad, subsidios habitacionales o la PGU.
Ahí está la palabra peligrosa: merecer.
El derecho deja de ser derecho cuando depende de que el gobernante considere moralmente digno a quien lo recibe. Ahora los “vándalos” serán anticondes y los “incivilizados” antimarqueses de esta nueva corona llamada Chile. Una pensión no es un premio por buena conducta. La educación tampoco. La dignidad menos.
Y ahora aparece un segundo peldaño. Una reforma constitucional que propone un nuevo estado de excepción de seguridad pública, regímenes especiales y mayores facultades estatales frente al crimen organizado y el terrorismo.
Siempre comienza igual: “tranquilos, será solamente contra ellos”. El problema es que “ellos” es una categoría extraordinariamente cómoda para el poder. Primero serán ellos, luego nosotros, pero cuando seas tú…ya será demasiado tarde.
El constitucionalismo liberal no nació para confiarnos de quienes gobiernan. Nació precisamente porque aprendimos a desconfiar. Debido proceso, presunción de inocencia, proporcionalidad, derecho a defensa: no son regalos para delincuentes; son las murallas defensivas construidas entre el ciudadano y un Estado alcoholizado de falsas verdades reveladas.
Más aún cuando empiezan a utilizar palabras como “vándalo”, “incivil” o “enemigo”, significantes vacíos esperando ser llenados a conveniencia del autoritario. La democracia empieza a ponerse nerviosa cuando el lenguaje penal se vuelve suficientemente elástico para alcanzar también al incómodo.
Mussolini no necesitó abolir primero el derecho, necesitó cambiar contra quién funcionaba. No comenzó cerrando el Parlamento ni llenando cárceles de opositores. Primero necesitó construir al enemigo: el subversivo,el agitador, el peligroso para el orden.
En 1926, el régimen fascista creó el Tribunal Especial para la Defensa del Estado, destinado a perseguir delitos políticos y actividades consideradas subversivas. La oposición dejó de ser solamente adversaria, comenzó a ser tratada como amenaza a la seguridad del Estado.
Maduro hizo lo mismo: uso sistemático de cuerpos de seguridad del Estado apuntando de terrorismo o traición a su oposición política. Primero fueron por los que se manifestaban en las calles, luego por los representantes. Ganar una elección o ser de un partido opuesto era suficiente para llevarte a prisión. La reforma de Kast permite señalar a partidos políticos como terroristas. Misma historia, diferentes nombres.
Ese es el punto que debería inquietarnos, no porque Chile sea hoy la Italia fascista, sino porque la lógica se parece demasiado: ampliar categorías difusas, endurecer excepcionalidades y pedirnos que confiemos en que esas herramientas serán utilizadas solamente contra “los malos”.
Por eso no me preocupa solamente cuánto poder pide Kast hoy; me preocupa el principio que nos está pidiendo aceptar para mañana: que la dignidad no es inherente sino un premio a la moral y que la libertad debe estar subyugada al orden.
El debido proceso existe para el día en que el poderoso decida que el peligroso eres tú, Chile está lejos de la Italia fascista. Ya se habla en nuestro país del posible tránsito de una democracia liberal a una iliberal, pero ¿qué pasará cuando pasemos de una iliberal a una democracia, reconfigurada y de forma vaciadora como decía Pinochet, protegida? Nuestra república va caminando paso a paso de un gobierno de las leyes a un gobierno de las morales. No estamos bajo un gobierno fascista, pero cada medida tomada y propuesta nos acercan más a hacer de Kast il duce chileno.