El rubro de la construcción es uno de los que más contaminación genera en el planeta. El hormigón, su material estrella, es responsable de alrededor del 5% de las emisiones mundiales de CO2, específicamente por el proceso de calcinación necesario para producir cemento. La crisis climática exige acción.
En ese marco, arquitectos, comunidades y organismos internacionales debaten alternativas que recuperan lo que la humanidad ya sabía hace miles de años: construir con la tierra.
Ese es el núcleo de la bioconstrucción, un modelo que prioriza materiales naturales o reciclados —arcilla, tierra cruda, paja, madera certificada y fibras vegetales— y técnicas que reducen la huella de carbono y mejoran la eficiencia energética.
A diferencia de la construcción convencional, que transporta toneladas de cemento y acero a lo largo de cientos de kilómetros, la arquitectura ecológica apuesta por insumos disponibles en la misma región o al pie de la obra.
Diferencias entre bioconstrucción y construcción tradicional
Las divergencias son estructurales. Los muros de barro y paja "respiran", regulando la humedad interior entre el 40% y el 60% de forma natural, sin necesidad de ventilación mecánica asistida.
Los materiales empleados regresan a la tierra sin contaminar al demoler la obra, en contraste con el hormigón, que se convierte en escombro permanente.
Además, la construcción convencional recurre a pinturas plásticas, pegamentos con formaldehído y aditivos químicos que generan el llamado "síndrome del edificio enfermo"; la bioconstrucción utiliza cal, arcilla y pigmentos naturales que evitan tal riesgo.
Otro punto relevante es el comportamiento térmico: los materiales transpirables regulan la temperatura de manera pasiva —fresco en verano, cálido en invierno—, lo que reduce el consumo energético y los costos de mantenimiento a largo plazo.
La arquitecta que apuesta por barro y sostenibilidad
En el marco del festival New European Bauhaus, celebrado en Bruselas, la arquitecta alemana Anna Heringer presentó una ponencia sobre cómo reemplazar el hormigón con barro y tierra compactada.
Su argumento fue histórico y geográfico a la vez: se trata de una técnica "probada durante miles de años, presente en todos los continentes y en casi todas las zonas climáticas, y utilizado en miles de millones de hogares".
Para Heringer, el problema no es técnico sino cultural e industrial. "El cemento, el acero y los ladrillos necesitan cocción. El petróleo tarda millones de años en formarse. Utilizar la tierra en su estado natural, sin añadirle nada, es la forma más respetuosa con el medioambiente y de menor impacto para construir", sostuvo, comentando que el modelo actual hace "más barato enviar un material desde China que contratar artesanos locales para construir una casa".
Se trata de una técnica probada durante miles de años, presente en todos los continentes y en casi todas las zonas climáticas Se trata de una técnica probada durante miles de años, presente en todos los continentes y en casi todas las zonas climáticas
La arquitecta reconoció que su propuesta "no está en sintonía con nuestra industria de la construcción, ni con las normas y reglamentos que a menudo están influenciados por esa misma industria", aunque sí con "la intuición y el sentido común".
Como ejemplo de aplicabilidad contemporánea, mencionó el último edificio que diseñó en el Campus de San Miguel, en la Alta Baviera alemana. La viabilidad de escalar estas técnicas ya había sido reconocida por el mismo festival en 2021, cuando el arquitecto austriaco Martin Rauch obtuvo el premio de la Nueva Bauhaus Europea en la categoría de técnicas y materiales por su sistema de elementos prefabricados de tierra en bruto, desarrollado bajo su empresa Lehm Ton Erde.
Utilizar la tierra en su estado natural, sin añadirle nada, es la forma más respetuosa con el medioambiente y de menor impacto para construir Utilizar la tierra en su estado natural, sin añadirle nada, es la forma más respetuosa con el medioambiente y de menor impacto para construir
Bioconstrucción en Chile
En Chile, donde la arcilla y las fibras naturales están disponibles en diversas regiones, la bioconstrucción tiene raíces profundas. Técnicas como el adobe, el tapial, el adobillo y la quincha forman parte del patrimonio constructivo vernáculo, especialmente en la zona central del país.
Sin embargo, la normativa vigente prohíbe el uso de adobe estructural tradicional en obras nuevas, debido a su vulnerabilidad sísmica. El Ministerio de Vivienda y Urbanismo (MINVU) establece que toda construcción nueva debe contar con una estructura portante —de madera, acero u hormigón— que garantice resistencia ante los terremotos.
Dentro de ese marco, sí están permitidas alternativas como el adobillo —bastidores de madera rellenos con tierra y paja— y la quincha —entramado de madera con relleno de materiales vegetales y barro—, sistemas que combinan técnicas ancestrales con estándares técnicos modernos.
Según el Gremio de Bioconstrucción de Chile, estas técnicas han demostrado buen desempeño térmico, acústico y de resistencia al fuego. No obstante, persiste una barrera de acceso: la bioconstrucción, aunque eficiente a largo plazo, requiere una inversión inicial que en muchos casos queda fuera del alcance de la mayoría de la población, lo que limita su expansión más allá de proyectos patrimoniales o de nicho.