¿Qué aceleró el giro ambiental de China?
El proceso se gestó por varios años. Sus primeros esbozos se pueden rastrear hasta 1979, cuando China promulgó una versión provisional de su primera Ley de Protección del Medio Ambiente —oficializada definitivamente en 1989—, y hasta la década de 1980, con las primeras campañas de cuidado de los entornos naturales. Pero el giro real llegó recién en 2008, cuando la embajada de Estados Unidos en Beijing instaló un monitor de calidad del aire y comenzó a publicar sus mediciones.
En octubre de 2010, una de esas publicaciones calificó el nivel de contaminación como "crazy bad" ("extremadamente mala"), un mensaje que circuló ampliamente pese a que la propia embajada lo retiró después. El quiebre mayor llegó en enero de 2013, cuando Beijing vivió la llamada "airpocalipsis": la concentración de partículas PM2.5 alcanzó niveles peligrosos y, solo el día 12 de ese mes, se generaron cerca de 40 millones de menciones sobre contaminación en Weibo, una red social china.
Desde entonces, la calidad del aire se convirtió en uno de los principales motores del desarrollo de tecnologías limpias.
El giro tuvo efectos visibles más allá del aire. Erik Solheim, ex secretario general adjunto de la ONU y ex director ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), lo graficó a partir de los ríos de Zhejiang: "En el pasado, algunos de estos ríos estaban tan contaminados que los apodaban 'ríos de salsa de soya', con un agua negra y parda. Hoy esos ríos se han transformado por completo: el agua es cristalina", escribió en la columna "Readers' Reflections" del diario chino Global Times.
El fenómeno coincidió con un diagnóstico económico. El modelo de desarrollo chino requiere una buena calidad de vida para sostener su legitimidad, y justamente la contaminación del aire o ríos erosiona esa promesa. A eso se sumó la constatación de que el cambio climático amenaza directamente el crecimiento: el Banco Popular de China exige hoy a las entidades financieras incorporar los riesgos climáticos en sus reportes anuales.
¿Por qué China no ve el crecimiento como enemigo de la ecología?
La premisa que ordena todo el proceso tiene fecha, lugar y autor. En 2005, siendo dirigente de la provincia de Zhejiang, Xi Jinping visitó la ciudad de Huzhou y acuñó ahí la idea de que "las aguas cristalinas y las montañas verdes son tan valiosas como las montañas de oro y plata". En 2025, al cumplirse veinte años de la frase, Huzhou la conmemoró como el lugar de origen del concepto, con una política local resumida en "tres hermosos": ciudades, pueblos y aldeas hermosas.
La fórmula —conocida como el concepto de "las dos montañas"— no quedó como una consigna aislada: en mayo de 2018 el Partido Comunista la elevó a doctrina oficial bajo el nombre de "pensamiento de Xi Jinping sobre la civilización ecológica", y en octubre de 2022 volvió a figurar en el informe de trabajo del 20° Congreso Nacional del Partido. Su tesis de fondo no cambió desde Huzhou: crecer y proteger no son objetivos contrapuestos.
Especialistas extranjeros leen ese principio como una de las claves del proceso. "La protección ecológica ya no se concibe como una restricción al crecimiento, sino como una condición esencial para un desarrollo de mayor calidad", planteó el académico brasileño José Medeiros da Silva, profesor de la Universidad de Estudios Internacionales de Zhejiang, en una columna publicada en Global Times. Para Da Silva, esa mirada quedó reforzada en el más reciente ciclo de planificación: "La integración de la civilización ecológica y las metas de desarrollo verde en el decimoquinto plan quinquenal (2026-2030) muestra cuán maduros se han vuelto estos temas dentro del proceso de modernización de China".
En la misma línea, Solheim sostiene que la experiencia es replicable fuera de las fronteras chinas: "China nunca presenta el medio ambiente y la economía como una elección contradictoria. Ambos pueden coordinarse y lograrse de forma simultánea", escribió, poniendo como ejemplo la infraestructura ferroviaria construida por empresas chinas entre Mombasa y Nairobi, en Kenia.
Ese enfoque contrasta con el debate que se dio en Estados Unidos, donde sectores políticos calificaron la agenda ambiental, social y de gobernanza (ASG) como una imposición ideológica. En China, en cambio, la acción climática no se discute como una etiqueta política, sino como una respuesta a fenómenos que ya afectan la producción y la vida cotidiana.
¿Cómo se ordena la transición en el plan quinquenal?
Esa tesis se ejecuta a través de los planes quinquenales, el instrumento de planificación que fija las prioridades de todo el aparato estatal. El decimocuarto plan (2021-2025) incorporó, junto a la meta de descarbonización, objetivos específicos de reducción de metano, un gas de efecto invernadero con una vida atmosférica mucho más corta que el dióxido de carbono, pero con un potencial de calentamiento mucho mayor en el corto plazo. Lo que más destacan los observadores no es la ambición de las metas, sino su ejecución: "la capacidad de China para combinar una visión de largo plazo con una implementación práctica", en palabras de Da Silva.
La prioridad no es solo climática. Las minas de carbón acumulan gases inflamables que provocan explosiones y muertes de trabajadores, por lo que una mejor gestión del metano está asociada también a la seguridad laboral. Algo similar ocurre con la gestión de residuos y con el desarrollo de variedades de arroz que requieren menos agua y generan menos emisiones, en un país que enfrenta crecientes riesgos hídricos.
¿Cómo está cambiando China su matriz energética?
Los números respaldan la magnitud del giro. Según el informe Renewables 2025 Global Status, elaborado por la red REN21, China fue responsable en 2024 del 60% de toda la nueva capacidad renovable instalada en el mundo: 455 de los 741 gigavatios (GW) que se sumaron ese año a nivel global. Solo en energía eólica y solar, el país instaló 360 GW, y su capacidad acumulada llegó a 1,4 terawatts, un tercio del total planetario.
Ese despliegue conviene leerlo junto a otra cifra: pese a ser el mayor consumidor de carbón del mundo, China importa cerca de la mitad del petróleo que necesita. La dependencia externa de crudo —y no solo la meta climática— explica por qué el gobierno privilegió el salto directo del carbón a la electricidad renovable, sin pasar por una etapa intermedia basada en gas natural. Es una decisión tanto energética como de soberanía.
La misma lógica se aplica a la electromovilidad. A diferencia de Estados Unidos, que subsidia directamente la compra de vehículos eléctricos, China combina el fomento a los autos limpios con restricciones al parque de combustión: en ciudades como Beijing, obtener una patente para un vehículo a bencina requiere sortear un cupo limitado o pagar un permiso adicional, lo que abarata en términos relativos la opción eléctrica. A nivel nacional, la hoja de ruta de la industria automotriz proyecta que hacia 2035 todos los autos nuevos de combustión sean, al menos, híbridos, y que los vehículos de nueva energía representen el 85% de las ventas hacia 2040. Algunas provincias, como Hainan, fijaron metas más ambiciosas: prohibir la venta de autos exclusivamente a combustión desde 2030.
El mismo criterio se replicó en la micromovilidad: las bicicletas —muchas de ellas eléctricas— operan bajo sistemas de arriendo sin necesidad de patente ni de una infraestructura previa costosa, lo que permitió una adopción masiva.
¿Qué lección deja el proceso chino para Chile?
Para el ex ministro de Medio Ambiente Marcelo Mena, actual director ejecutivo del Global Methane Hub y quien ha viajado varias veces a China para estudiar su gobernanza climática, el mundo se está ordenando en torno a dos polos de desarrollo: uno que mantiene a los combustibles fósiles en el centro de su economía y otro impulsado por la electromovilidad y las tecnologías limpias. "El mundo empezó a darse cuenta de que la dependencia fósil incomoda a la economía: incomoda tu balance fiscal, te obliga a gastar más plata y te puede poner al borde de una recesión", señaló en conversación con El Desconcierto.
En esa disputa, sostiene Mena, Chile no tiene nada que ganar en el polo fósil: como productor de energía solar y de cobre —mineral clave para la electrificación—, su interés está en el polo eléctrico. "A Chile la dependencia global de la energía solar y de las renovables no le reporta ninguna ganancia si nos alineamos y somos el guaripola de los intereses fósiles. Eso va en contra de los intereses del país", advirtió.
La otra lección, para el ex ministro, es la planificación: una mirada de largo plazo, ejecutada más allá de los ciclos electorales, que Chile aún no logra instalar de forma estable en su sistema político, más allá de instrumentos como la Ley de Cambio Climático.
Este primer reportaje corresponde a una serie de artículos sobre la cuestión medioambiental china, elaborados en el marco de un seminario para periodistas chilenos en China que permitió conocer de primera mano un asunto poco difundido en Occidente: la mirada medioambiental del país y el rol que ha tenido Xi Jinping en su desarrollo. La serie se basa en un viaje a Beijing, Nanjing y Wuxi del editor de El Desconcierto, Matías Rojas. Próximo domingo: "Beijing sin smog: cómo la capital china cambió autos, buses y motos por electricidad y vetará la gasolina al 2035".