sábado 08 de agosto de 2026
Reportaje

De la China roja a la verde: La transformación para avanzar a una sociedad ecológica y carbono neutral al 2060

China dejó atrás las fábricas contaminantes y hoy lidera la energía renovable mundial. Un viaje por Beijing, Nanjing y Wuxi permitió al editor de El Desconcierto conocer de primera mano un asunto poco difundido en Occidente: la mirada medioambiental del país y el rol de Xi Jinping en esto.

26 de julio de 2026 - 22:30

Una de las primeras imágenes que puede evocar China es la de sus chimeneas humeantes, en esa idea de la "fábrica del mundo": la polución, el hollín y la congestión. Sin embargo, al estar en Beijing lo que más sorprende es lo contrario: plantas industriales apagadas en medio de la ciudad y calles silenciosas, donde la mayor parte del parque automotor es eléctrico y las bicicletas tienen carriles completos en medio de grandes avenidas.

La capital de China ofrece una imagen que va de la mano con lo que el presidente Xi Jinping ha denominado una "civilización ecológica": la apuesta por transformar al mayor emisor del planeta en el principal impulsor mundial de energías renovables, con la meta de alcanzar la carbono neutralidad antes de 2060.

Todo bajo una premisa central: el crecimiento económico no es contrario a la protección ambiental.

Aunque ese cambio no fue lineal. Durante décadas, el crecimiento chino se sostuvo en una industria pesada que multiplicó las emisiones y saturó el aire de sus principales ciudades, hasta que la presión por la calidad del aire instaló el problema en la conversación pública.

¿Qué aceleró el giro ambiental de China?

El proceso se gestó por varios años. Sus primeros esbozos se pueden rastrear hasta 1979, cuando China promulgó una versión provisional de su primera Ley de Protección del Medio Ambiente —oficializada definitivamente en 1989—, y hasta la década de 1980, con las primeras campañas de cuidado de los entornos naturales. Pero el giro real llegó recién en 2008, cuando la embajada de Estados Unidos en Beijing instaló un monitor de calidad del aire y comenzó a publicar sus mediciones.

En octubre de 2010, una de esas publicaciones calificó el nivel de contaminación como "crazy bad" ("extremadamente mala"), un mensaje que circuló ampliamente pese a que la propia embajada lo retiró después. El quiebre mayor llegó en enero de 2013, cuando Beijing vivió la llamada "airpocalipsis": la concentración de partículas PM2.5 alcanzó niveles peligrosos y, solo el día 12 de ese mes, se generaron cerca de 40 millones de menciones sobre contaminación en Weibo, una red social china.

Desde entonces, la calidad del aire se convirtió en uno de los principales motores del desarrollo de tecnologías limpias.

"Planta árboles y haz florecer el verde: protege el equilibrio ecológico", 1983. Instituto Internacional de Historia Social, chineseposters.net

El giro tuvo efectos visibles más allá del aire. Erik Solheim, ex secretario general adjunto de la ONU y ex director ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), lo graficó a partir de los ríos de Zhejiang: "En el pasado, algunos de estos ríos estaban tan contaminados que los apodaban 'ríos de salsa de soya', con un agua negra y parda. Hoy esos ríos se han transformado por completo: el agua es cristalina", escribió en una columna del diario chino Global Times.

El fenómeno coincidió con un diagnóstico económico. El modelo de desarrollo chino requiere una buena calidad de vida para sostener su legitimidad, y justamente la contaminación del aire o ríos erosiona esa promesa. A eso se sumó la constatación de que el cambio climático amenaza directamente el crecimiento: el Banco Popular de China exige hoy a las entidades financieras incorporar los riesgos climáticos en sus reportes anuales.

¿Por qué China no ve el crecimiento como enemigo de la ecología?

La premisa que ordena todo el proceso tiene fecha, lugar y autor. En 2005, siendo dirigente de la provincia de Zhejiang, Xi Jinping visitó la ciudad de Huzhou y acuñó ahí la idea de que "las aguas cristalinas y las montañas verdes son tan valiosas como las montañas de oro y plata".

La fórmula —conocida como el concepto de "las dos montañas"— no quedó como una consigna aislada. En 2012, en el 18° Congreso del Partido Comunista, la construcción de una "China hermosa" fue incorporada por primera vez como meta nacional. En mayo de 2018, el Partido elevó el conjunto a doctrina oficial bajo el nombre de "pensamiento de Xi Jinping sobre la civilización ecológica", ordenado en principios entre los que destaca uno que resume toda la filosofía del proyecto: una civilización prospera si su entorno natural prospera, y decae si este se degrada.

Reserva Natural de Manglares de Shankou, en Beihai (Guangxi), fotografiada con dron el 24 de julio de 2026. Creada en 1990, protege el ecosistema natural de manglares y funciona como uno de los principales bancos de germoplasma y genes de esta especie en China. Fotografía: Agencia Xinhua.

Reserva Natural de Manglares de Shankou, en Beihai (Guangxi), fotografiada con dron el 24 de julio de 2026. Creada en 1990, protege el ecosistema natural de manglares y funciona como uno de los principales bancos de germoplasma y genes de esta especie en China. Fotografía: Agencia Xinhua.

El propio Xi Jinping ha marcado los hitos del recorrido en sus discursos. En el 20° Congreso Nacional del Partido, en octubre de 2022, sostuvo que "respetar, adaptarse y proteger la naturaleza es esencial para construir un país socialista moderno en todos los aspectos", y llamó a "recortar las emisiones de carbono, reducir la contaminación, expandir el desarrollo verde y perseguir el crecimiento económico" de manera coordinada. En julio de 2023, en la más reciente conferencia nacional de protección ecológica, describió la evolución de la política ambiental china como el paso "de la respuesta pasiva a la acción proactiva". Es así como su tesis de fondo no ha cambiado desde Huzhou: crecer y proteger no son objetivos contrapuestos.

"La protección ecológica ya no se concibe como una restricción al crecimiento, sino como una condición esencial para un desarrollo de mayor calidad", plantea el académico brasileño José Medeiros da Silva, profesor de la Universidad de Estudios Internacionales de Zhejiang. Para el latinoamericano, esa mirada quedó reforzada en el más reciente ciclo de planificación: "La integración de la civilización ecológica y las metas de desarrollo verde en el decimoquinto plan quinquenal (2026-2030) muestra cuán maduros se han vuelto estos temas dentro del proceso de modernización de China".

En la misma línea, Solheim sostiene que la experiencia puede ser replicable fuera de las fronteras del gigante asiático : "China nunca presenta el medio ambiente y la economía como una elección contradictoria. Ambos pueden coordinarse y lograrse de forma simultánea", escribió, poniendo como ejemplo la infraestructura ferroviaria construida por empresas chinas entre Mombasa y Nairobi, en Kenia.

Ese enfoque contrasta con el debate que se da en Estados Unidos, donde sectores políticos calificaron la agenda ambiental, social y de gobernanza (ASG) como una imposición ideológica. En China, en cambio, la acción climática no se discute como una etiqueta política, sino como una respuesta a fenómenos que ya afectan la producción y la vida cotidiana.

¿Cómo se ordena la transición en el plan quinquenal?

Esa tesis se ejecuta a través de los planes quinquenales, el instrumento de planificación que fija las prioridades de todo el aparato estatal. El decimocuarto plan (2021-2025) incorporó, junto a la meta de descarbonización, objetivos específicos de reducción de metano, un gas de efecto invernadero con una vida atmosférica mucho más corta que el dióxido de carbono, pero con un potencial de calentamiento mucho mayor en el corto plazo. Lo que más destacan los observadores no es la ambición de las metas, sino su ejecución: "la capacidad de China para combinar una visión de largo plazo con una implementación práctica", en palabras de Da Silva.

Esa continuidad quedó ratificada este año. En marzo de 2026, la Asamblea Popular Nacional aprobó el decimoquinto plan quinquenal (2026-2030), que sitúa la transformación verde como prioridad económica central: compromete reducir en 17% las emisiones de CO2 por unidad de PIB al 2030 y elevar la participación de las energías no fósiles desde el 21,7% al 25% del consumo total.

El Congreso Nacional del Pueblo cierra la cuarta sesión de su 14ª legislatura en el Gran Salón del Pueblo, Beijing, el 12 de marzo de 2026 — la misma sesión donde se aprobó el 15° plan quinquenal (2026-2030). Fotografía: Agencia Xinhua.

El Congreso Nacional del Pueblo cierra la cuarta sesión de su 14ª legislatura en el Gran Salón del Pueblo, Beijing, el 12 de marzo de 2026 — la misma sesión donde se aprobó el 15° plan quinquenal (2026-2030). Fotografía: Agencia Xinhua.

En julio, además, el Consejo de Estado publicó un plan específico para construir la "China hermosa" durante el quinquenio, con siete tareas —mantener cielos azules, aguas claras y suelos limpios, entre otras— y metas que se proyectan más allá del ciclo: reducir la concentración de PM2.5 bajo los 25 microgramos por metro cúbico al 2035 y recortar las emisiones netas de gases de efecto invernadero entre 7% y 10% desde su punto máximo hacia ese año, el primer objetivo absoluto de reducción que asume el país.

¿Cómo está cambiando China su matriz energética?

Los números respaldan la magnitud del giro. Según el informe Renewables 2025 Global Status, elaborado por la red REN21, China fue responsable en 2024 del 60% de toda la nueva capacidad renovable instalada en el mundo: 455 de los 741 gigavatios (GW) que se sumaron ese año a nivel global. Solo en energía eólica y solar, el país instaló 360 GW, y su capacidad acumulada llegó a 1,4 terawatts, un tercio del total planetario.

Ese despliegue conviene leerlo junto a otra cifra: pese a ser el mayor consumidor de carbón del mundo, China importa cerca de la mitad del petróleo que necesita. La dependencia externa de crudo —y no solo la meta climática— explica por qué el gobierno privilegió el salto directo del carbón a la electricidad renovable, sin pasar por una etapa intermedia basada en gas natural. En una decisión tanto energética como de soberanía.

La misma lógica se aplica a la electromovilidad. A diferencia de Estados Unidos, que subsidia directamente la compra de vehículos eléctricos, China combina el fomento a los autos limpios con restricciones al parque de combustión: en ciudades como Beijing, obtener una patente para un vehículo a bencina requiere sortear un cupo limitado o pagar un permiso adicional, lo que abarata en términos relativos la opción eléctrica. A nivel nacional, la hoja de ruta de la industria automotriz proyecta que hacia 2035 todos los autos nuevos de combustión sean, al menos, híbridos, y que los vehículos de nueva energía representen el 85% de las ventas hacia 2040. Algunas provincias, como Hainan, fijaron metas más ambiciosas: prohibir la venta de autos exclusivamente a combustión desde 2030.

El mismo criterio se replicó en la micromovilidad: las bicicletas —muchas de ellas eléctricas— operan bajo sistemas de arriendo sin necesidad de patente ni de una infraestructura previa costosa, lo que permite su adopción masiva.

Bicicletas de uso público en Beijing que se arriendan a través de una app.

Bicicletas de uso público en Beijing que se arriendan a través de una app.

¿Qué lección deja el proceso chino para Chile?

Para el ex ministro de Medio Ambiente Marcelo Mena, actual director ejecutivo del Global Methane Hub y quien ha viajado varias veces a China para estudiar su gobernanza climática, el mundo se está ordenando en torno a dos polos de desarrollo: uno que mantiene a los combustibles fósiles en el centro de su economía y otro impulsado por la electromovilidad y las tecnologías limpias.

"El planeta empezó a darse cuenta de que la dependencia fósil incomoda a la economía: incomoda tu balance fiscal, te obliga a gastar más dinero y te puede poner al borde de una recesión", señala en conversación con El Desconcierto.

En esa disputa, sostiene Mena, Chile no tiene nada que ganar en el polo fósil: como productor de energía solar y de cobre —mineral clave para la electrificación—, su interés está en el polo eléctrico. "A Chile no le reporta ninguna ganancia si nos alineamos y somos el guaripola de los intereses fósiles. Eso va en contra de los intereses del país", advierte.

La otra lección es la planificación. "La acción climática y las transformaciones económicas de crecimiento requieren una mirada a largo plazo. La matriz productiva y la competitividad del país no cambian porque haya un gobierno de izquierda o de derecha", explica el ex ministro. "Lo que yo valoro es que ellos tienen esa mirada de largo plazo que se ejecuta en el plan quinquenal, y todo el gobierno se ordena en torno a ese plan".

Por Coke Molina - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=156811468

Por Coke Molina - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=156811468

Chile, en cambio, cuenta con pocas herramientas de ese tipo. "En el sistema político actual no tenemos motivaciones para mirar de largo plazo. Hay leyes, como la Ley de Cambio Climático, que nos obligan a hacerlo, pero no son muchas las instancias. Esa creo que es la gran lección que uno puede tomar entre lo que tiene China y lo que tenemos nosotros como sistema", concluye Mena.

Este reportaje corresponde a una serie de artículos sobre la cuestión medioambiental china, elaborados en el marco de un seminario para periodistas chilenos en China que permitió conocer de primera mano un asunto poco difundido en Occidente: la mirada medioambiental del país y el rol que ha tenido Xi Jinping en su desarrollo. La serie se basa en un viaje a Beijing, Nanjing y Wuxi del editor de El Desconcierto, Matías Rojas. El Próximo: "Beijing sin smog: cómo la capital china cambió autos, buses y motos por electricidad y vetará la gasolina al 2035".

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