El consumo de energía es clave. La computación cuántica utiliza cúbits, unidades que pueden representar 0 y 1 simultáneamente gracias a la superposición, a diferencia de los bits de la computación clásica. Esta propiedad, junto al entrelazamiento y la interferencia, le permite abordar cálculos que a un superordenador tradicional le tomarían mucho más tiempo.
La tecnología ha atraído miles de millones de dólares en inversión estatal y privada, impulsada en Estados Unidos por iniciativas como la Chips and Science Act, mientras compañías como IBM y Google Quantum AI trabajan en volver sus procesadores más tolerantes a fallos.
Sin embargo, ese potencial convive con una pregunta pendiente: cuánta energía requiere realmente esta tecnología y cómo medirla. Sobre este punto se pronunció María José Calderón Prieto, doctora en Ciencias Físicas e investigadora del Instituto de Ciencia de Materiales de Madrid del CSIC, en declaraciones al diario El País.
¿Por qué consume tanta energía un ordenador cuántico?
Calderón Prieto explicó que los ordenadores cuánticos actuales son pequeños y todavía cometen muchos errores, porque los estados cuánticos son frágiles y pierden su superposición al interactuar con el medio.
Por eso deben mantenerse a temperaturas cercanas al cero absoluto, unos -273 ºC. "El origen del principal gasto energético de la computación cuántica en la actualidad viene de mantener estos sistemas suficientemente fríos [...] y de sistemas de control que se utilizan para estabilizar los estados cuánticos", señaló. La ejecución de las operaciones cuánticas en sí, aclaró, requiere una energía similar a la de un ordenador clásico.
A esto se suma la corrección de errores, que exige sumar más cúbits físicos para sostener un solo cúbit lógico confiable. En términos de consumo, la investigadora comparó cifras concretas: un ordenador portátil funciona con unos 60 vatios, mientras un ordenador cuántico puede llegar a los 20.000 vatios, dependiendo de la tecnología empleada. Si ambos tardaran una hora en resolver un problema, el portátil gastaría 60 vatios-hora frente a los 20.000 vatios-hora del cuántico, que además demora más tiempo por no estar aún optimizado.
Con todo, Calderón Prieto planteó que la comparación pierde sentido cuando la tecnología madure: "Consuma lo que consuma, el cuántico será mucho más eficiente en el sentido de que resolverá problemas imposibles para un ordenador clásico".
A diferencia de la computación clásica, donde la capacidad crece linealmente con el número de procesadores, en la cuántica el crecimiento es exponencial: con cinco cúbits se pueden manejar 32 estados, y con diez cúbits, 1.024.
Computación cuántica consciente del carbono
En paralelo a este debate, una investigación de Nivedita Arora y Prem Kumar, publicada en enero de 2026 en Communications of the ACM bajo el título "Oportunidades y desafíos de la medición del carbono en el ciclo de vida de la computación cuántica", advierte que el sector necesita ir más allá del rendimiento y sumar una iniciativa de sostenibilidad que mida sus emisiones a lo largo de todo el ciclo de vida: producción, uso y desecho.
Para eso, los autores proponen el marco de computación cuántica consciente del carbono (CQC), que cuantifica la huella total considerando tres elementos: el carbono incorporado -materiales, fabricación y transporte-, el carbono operacional -energía, agua y refrigeración- y las compensaciones de carbono centradas en la aplicación, provenientes de usos de la computación cuántica orientados a la sostenibilidad, como la optimización de fertilizantes.
Arora y Kumar llaman además a formar un nuevo subcampo interdisciplinario, la computación cuántica sustentable, que reúna a físicos cuánticos, ingenieros, expertos en sostenibilidad, educadores, formuladores de políticas e industria.
La urgencia de abordar esto ahora
Los investigadores sostienen que la computación cuántica podría resolver problemas fuera del alcance de las computadoras clásicas, como la simulación de nuevos materiales, el descubrimiento de fármacos, la optimización de cadenas de suministro y la criptografía.
No obstante, advierten que hoy se requieren ambientes de baja temperatura y presión de vacío, operaciones constantes de corrección de errores y recursos ecológicamente sensibles, como metales de tierras raras y gases nobles.
El estudio compara el momento actual con la revolución de los semiconductores, cuyas consecuencias ambientales -entre ellas la basura electrónica, la corriente de residuos de más rápido crecimiento a nivel mundial- se hicieron evidentes recién con el tiempo.
A modo de contexto, el sector de las tecnologías de la información y la comunicación aportó el 11% del consumo energético global en 2020, cifra que se proyecta en 21% para 2030 por la creciente demanda de computación en la nube. En 2021, el consumo de agua de los data centers de Estados Unidos igualó al de cinco millones de hogares durante un año completo.
"No podemos permitirnos repetir tal descuido. El panorama actual de la QC todavía es inmaduro, y se asemeja al de la tecnología de semiconductores de los mainframes tradicionales en la década de 1960. Por lo tanto, abogamos por un enfoque proactivo hacia la sostenibilidad ambiental, en lugar de tomar medidas remediales posteriores", concluyen los autores.