martes 08 de septiembre de 2026

La desorientación de la izquierda chilena: cuatro lecciones del proceso constituyente

¿Cuáles son las lecciones que deberíamos sacar desde la nueva izquierda sobre el estallido social y el proceso constituyente? Esta pregunta ha estado presente en la izquierda chilena los últimos cuatro años.

8 de septiembre de 2026 - 16:45

La actual oposición se encuentra en un momento bastante complejo. A merced de la estrategia de inundar la zona del gobierno de Kast, ha sido incapaz de mostrar una real alternativa ante la magnitud de los retrocesos que propone el gobierno. Frente a los problemas de crecimiento económico, empleo, desmantelamiento de la institucionalidad del Estado, recortes de derechos sociales y amenazas a derechos civiles y políticos, la izquierda no ha encontrado aún un camino que responda programáticamente las demandas de las mayorías sociales.

Pero, ¿por qué la izquierda está tan desorientada? Creo que eso se debe a que todavía está atravesando el desierto del fracaso constituyente. La polémica de los bots de Cerimedo vuelve sobre esa herida. La oposición se lame y se relame como animal herido porque no puede caminar aún por la gravedad de la herida. Lo que nos dice el caso de Cerimedo es que una democracia puede ser objeto de engaño nacional, falsificación y estafa masificada mediante las granjas de bots. El mayor peligro de las democracias actuales parece ser la captura digital de estos bots que responden a intereses bastante claros.

Para recuperar a una izquierda firme y comprometida con el avance democrático y el cambio social, debemos mirar hacia atrás, retrospectivamente, analizar y criticar lo que hemos hecho hasta ahora. En este ejercicio, inevitablemente, aparece el estallido social y el fracaso constituyente y aunque mucho se ha dicho y escrito, ¿cuáles son las lecciones que deberíamos sacar desde la nueva izquierda sobre el estallido social y el proceso constituyente? Esta pregunta ha estado presente en la izquierda chilena los últimos cuatro años.

Creo que conviene pasar de un debate más político-teórico a un debate sobre la ofensiva político-práctica. No obstante, esta columna aporta al debate teórico más que al práctico. La teoría soberana del poder constituyente puede resumirse como la capacidad del pueblo de constituir un orden nuevo en momentos excepcionales o de alta política. El caso chileno muestra que esto no es así.

Una primera lección es que no existe el pueblo como una entidad metafísica. El pueblo no es unívoco sino heterogéneo y puede tener demandas contradictorias porque no tiene una unidad lógica a la que recurrir. Es el intelectual de las herramientas políticas, es decir, los partidos, el espacio que interpreta el sentido de los pueblos. Pero los pueblos son tan variados como sensibilidades existan. Existe derecha social, existe apatía, existe desafección, existe fascismo, existe xenofobia. No creerlo es intentar tapar el sol con un dedo. Pero no porque no exista un único pueblo tenemos que rendirnos. Al contrario, debemos encontrar el modo de articular a los pueblos en función de un programa de transformación.

Una segunda lección es que no existe algo así como un poder constituyente originario en democracias, no hay nada que logre plantear una tabula rasa en los estados y países. Si queremos constituir un orden nuevo en democracia, no se puede eliminar violentamente a la oposición, como sí se hace en las revoluciones y en los golpes de Estado. Las consecuencias de esto son de gran relevancia porque niegan de plano que se pueda excluir a algún actor del proceso.

Sin importar qué tan de izquierda o derecha sea la demanda, sin importar qué tanta representatividad pueda tener un grupo sobre los demás, lo cierto es que un proceso exitoso se caracteriza por su radical inclusión de actores. En el caso chileno, implica tanto la inclusión de sectores históricamente excluidos, como de sectores reaccionarios y conservadores que pondrán (y de hecho pusieron) todos los obstáculos posibles.

Una tercera lección es que no existe la alta política, o un momento constituyente, o algún escenario donde ese cambio sea más probable. Lo que hay son correlaciones de fuerzas. En 2019, gracias al estallido social y a la fuerza de la movilización se logró un proceso constituyente histórico. No hubo espíritus altruistas ni consideraciones republicanas, hubo cálculos políticos estrechos, negociaciones y transacciones de cuestiones vistas como menos relevantes (por ejemplo, el voto obligatorio del plebiscito de salida). Eso es. No hay más que eso y con eso hay que trabajar.

Finalmente, hay una lección en la forma de los procesos constituyentes. Un proceso con múltiples etapas va resolviendo aquellos problemas que se van identificando en cada etapa. En el caso chileno, la negociación que produjo las 12 bases para la discusión del segundo órgano constituyente contiene una clave sobre la deliberación que se produce cuando hay más de una única etapa. Allí hay un piso sobre el cual se puede trabajar para arreglos institucionales con probada transversalidad, útil en estos tiempos de polarización ideológica.

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