En medio de la sequía que afecta a Chile desde hace más de una década y la urgencia por transitar hacia un sistema alimentario más sostenible, las legumbres —porotos, lentejas, garbanzos y arvejas— se perfilan como uno de los cultivos más prometedores para la agricultura sostenible.
Sin embargo, ese potencial convive con una realidad contraria: mientras la evidencia científica respalda su capacidad para regenerar los suelos, la producción agrícola nacional se mantiene en mínimos históricos.
Legumbres como un biofertilizante natural
Desde el punto de vista agronómico, las legumbres funcionan como un biofertilizante natural. A través de una simbiosis con bacterias del suelo, estas plantas capturan el nitrógeno del aire y lo fijan en la tierra, un proceso que reduce la necesidad de fertilizantes sintéticos derivados del petróleo. Esto disminuye, a su vez, la contaminación de napas subterráneas y la emisión de gases de efecto invernadero asociados a la producción agrícola convencional.
A esta ventaja se suma su eficiencia hídrica: producir un kilo de legumbres requiere solo una fracción del agua que exige la producción de carne. En ese sentido, el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) ha impulsado ecotipos de porotos nativos tolerantes al estrés hídrico, capaces de desarrollarse consumiendo hasta un 30% menos de agua, un factor crítico para la zona central y sur del país, donde la disponibilidad del recurso se ha reducido de forma sostenida.
Junto con el componente ambiental, el cultivo de legumbres también se vincula con la salud pública. Promover su consumo permite desacoplar la ingesta de proteínas de la ganadería intensiva, en línea con las recomendaciones de dietas sostenibles de la FAO y el Ministerio de Salud.
¿Por qué Chile importa la mayoría de las lentejas que consume?
Pese a estos atributos, la cadena de abastecimiento nacional enfrenta una contradicción de fondo. La superficie cultivada con leguminosas en el país ha sufrido un desplome sostenido desde la década de 1980, al punto de que Chile importa actualmente más del 90% de las lentejas que se consumen en el mercado interno, la mayoría de ellas provenientes de Canadá.
Esta dependencia externa genera al menos dos problemas para la sostenibilidad del sistema alimentario local. Por un lado, transportar toneladas de grano desde el hemisferio norte genera una huella de carbono por concepto de millas alimentarias que contrarresta la baja huella ecológica del cultivo original.
Por otro, la pérdida de cultivos locales expone la seguridad alimentaria del país a la volatilidad de los precios internacionales y a eventuales interrupciones logísticas, además de traducirse en la desaparición de variedades adaptadas al territorio.
Revertir la caída de la producción local
Frente a este escenario, reactivar la producción nacional de legumbres aparece como un paso pendiente para Chile. Esto implica, por un lado, sostener la investigación en variedades adaptadas a la escasez hídrica —como la que desarrolla el INIA— y, por otro, diseñar políticas públicas que incentiven su consumo regular entre la población.
En definitiva, el desafío no pasa por demostrar los beneficios ambientales y nutricionales de las legumbres, ya evidenciados por la ciencia, sino por traducir ese conocimiento en una matriz agrícola capaz de sostener su producción a nivel local.
Solo así, coinciden los antecedentes recabados, Chile podría avanzar hacia un sistema alimentario más autónomo, saludable y resiliente frente al cambio climático.