domingo 30 de agosto de 2026

Fernando Cerimedo, el hombre detrás del manoseo electoral

Hay preguntas que, formuladas demasiado tarde, dejan de parecer exageradas y empiezan a resultar incómodamente razonables. Una de ellas es esta: ¿quién construyó a Fernando Cerimedo?

30 de agosto de 2026 - 11:45

No se trata de afirmar que detrás de él están la CIA, el Mossad o alguna cofradía internacional, dejemos que la investigación avance y capaz que si estén estos organismos, ya en otros momentos fueron financistas y se hicieron parte. Aunque la pregunta de fondo es otra: ¿cómo un personaje casi desconocido fuera de ciertos círculos argentinos de poder terminó incrustado en el andamiaje digital de la nueva ultraderecha latinoamericana?

Cerimedo es importante para Chile porque su nombre aparece en una época en que las campañas electorales dejaron de librarse solo en plazas y debates: ahora se libran, minuto a minuto, en nuestros teléfonos. La política descubrió que ya no es necesario convencer a todo el mundo; basta con repetir ciertas ideas con suficiente insistencia hasta que adquieran apariencia de verdad.

Su trayectoria lo llevó desde actividades empresariales en Argentina hasta convertirse en estratega digital de sectores de la nueva derecha. Su nombre quedó expuesto en Brasil, donde investigaciones oficiales lo situaron dentro de una estructura vinculada a la difusión sistemática de desinformación contra el sistema electoral. Él ha rechazado las acusaciones, y es justo consignarlo, pero no hace falta condenarlo anticipadamente para comprender la magnitud de lo investigado.

Porque una cosa es fabricar una mentira y otra, más sofisticada, fabricar su apariencia de masividad. Una cuenta publica algo falso. Otra lo reproduce. Cincuenta lo comentan. Miles lo comparten. Y alguien piensa: si lo dicen tantos, por algo será. Cuando preguntan la fuente, aparece la frase: “me apareció en el teléfono”, em otros tiempo seria común escuchar, “es que lo vi en la televisión”. Detrás de esa aparición puede existir una maquinaria calculada, con dinero y objetivos.

Chile debería mirar esto con atención, sin alarmismo, pero también sin ingenuidad. No para afirmar que Cerimedo manipuló nuestras elecciones, sino porque conocemos estas operaciones como para seguir creyendo que estamos vacunados.

En Argentina, Brasil, Estados Unidos y Europa han crecido operadores capaces de moverse entre campañas, redes sociales y consultorías privadas. No hay evidencia de una única organización que los coordine desde un centro de mando, pero sí una circulación internacional de métodos, contactos y especialistas que prestan servicios de un país a otro como quien exporta un producto probado.

Cerimedo representa ese mundo que opera detrás de la política visible. Mientras los candidatos sonríen ante las cámaras, alguien puede decidir qué mensaje se multiplica y qué indignación se convierte en tendencia. La vieja propaganda necesitaba imprentas y radios; la nueva necesita algoritmos, dinero, paciencia y ciudadanos dispuestos a reenviar sin verificar.

Ahí está la ironía: temíamos que los gobiernos manipularan a la población, y ahora existen estructuras privadas y opacas capaces de manipular la conversación pública y presentar el resultado como expresión espontánea de la ciudadanía. La libertad de expresión también se deteriora cuando una voz se multiplica artificialmente hasta simular un coro.

Por eso Chile debería preguntarse quiénes son sus operadores digitales, quién financia las campañas de viralización y cuánto dinero circula detrás de las narrativas que parecen instalarse solas. No para perseguir opiniones legítimas, sino para saber quién paga para que algunas parezcan más numerosas y populares de lo que realmente son.

Conviene refrescar la memoria: en pleno balotaje presidencial, un enjambre de cuentas trolls y bots pro José Antonio Kast instaló noticias falsas sobre el sistema electoral. Expertos advirtieron que era una estrategia regional orientada a movilizar bases, deslegitimar al adversario y erosionar las instituciones.

Recuerdo aquella noche de segunda vuelta en que recibí desde Chillán una advertencia sobre un supuesto fraude electoral. Pensé que era otra historia conspirativa; no tenía pruebas para creerla, ni las tengo ahora para afirmar una operación organizada. Después vimos en otros países cómo la idea del fraude fue utilizada políticamente y amplificada hasta el cansancio. Aquella anécdota no demostraba nada por sí sola, pero basta para entender que estas señales deben investigarse con rigor, no creerse por comodidad ni descartarse por pereza.

Cerimedo no debería interesarnos como villano de turno, sino como puerta de entrada a algo mayor. Si un hombre puede atravesar países y campañas con las mismas herramientas digitales, cabe preguntar cuántos otros existen, quién los conecta y quién pone el dinero.

Quizá detrás de Cerimedo no haya una gran conspiración mundial. Quizá haya algo más prosaico y, por eso, más peligroso: un negocio internacional de manipulación política que aprendió antes que nuestros Estados que las democracias también pueden atacarse desde una pantalla.

Y mientras seguimos preguntando quién ganó la elección, quizá sea hora de preguntar quién decidió qué debían ver millones de personas antes de votar.

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