Hay un género literario chileno que todavía nadie ha bautizado, y es una lástima, porque tiene todos los ingredientes: la cifra migratoria de doble lectura. Usted la reconoce porque siempre viene en dos versiones que se odian entre sí, publicadas por el mismo Estado, a veces el mismo día, y que exigen del lector una elección casi teológica: ¿cree en el informe que muestra el éxito, o en el que muestra el fracaso? Ambos son reales. Ambos son oficiales. Ninguno se anima a hablar con el otro.
El 26 de agosto tuvimos un capítulo ejemplar. El diputado Jaime Araya reveló que los ingresos irregulares detectados en Arica y Parinacota subieron 62,3% en lo que va del año —de 917 a 1.488 personas— y pidió, con la solemnidad de quien encontró el arma humeante, que citaran al ministro de Seguridad a explicar el "fracaso" del Plan Escudo Fronterizo.
El Servicio Nacional de Migraciones, agarrado con las manos en la masa estadística, respondió lo que responde siempre el Estado cuando un número lo incomoda: que el número no significa lo que parece significar. La cifra, dijeron, no son cruces nuevos por la frontera, sino gente detectada en la ciudad, el valle, las rutas, gracias a "mayor coordinación interagencial". Es decir: no es que estén entrando más, es que los estamos pillando más. Un poco como decir que el aumento de multas de tránsito prueba que Chile maneja mejor. Es una explicación con la textura perfecta de lo verosímil-pero-no-verificable: no es mentira evidente, pero tampoco viene con los datos que permitirían creerle sin arrodillarse primero.
Y ese, más que el número en sí, es el verdadero chiste de mal gusto de esta historia. La frontera tiene dos biografías y ninguna lee a la otra, porque resulta que el propio Estado, semanas antes, había publicado el informe nacional de la PDI para el mismo semestre, y ahí la Macrozona Norte aparecía cayendo 86%, con Arica y Parinacota específicamente bajando 37% en detecciones fronterizas. O sea: la misma región, el mismo período, dos oficinas del mismo aparato público, y una dice que el problema se derrumbó y la otra dice que se disparó. Si esto fuera un matrimonio, ya estaríamos hablando de terapia de pareja institucional.
Lo que tenemos, en cambio, es un Estado que exhibió con orgullo la serie que lo favorecía —la caída nacional— y guardó la otra en el cajón hasta que un diputado la sacó a la luz y la convirtió en escándalo, momento en el cual, recién ahí, apareció la explicación metodológica que debió estar en el informe desde el primer día. Eso no es transparencia. Es un mago que solo te explica el truco cuando lo pillan.
La oposición, por su parte, hace exactamente la misma trampa al revés. Y aquí viene la parte incómoda para cualquiera que quiera un villano limpio: la denuncia de Araya comete el error especular. Decir que el alza de 62% "prueba" el fracaso del control fronterizo asume, sin ningún dato que lo respalde, que esos 1.488 registros son 1.488 personas distintas cruzando por primera vez.
Pero si Migraciones tiene razón en que se trata en buena parte de las mismas personas irregulares de siempre, ahora cazadas con más frecuencia porque hay más operativos en la ciudad, entonces el número no mide más frontera porosa: mide más Estado presente. Nadie —ni el gobierno, ni la oposición, ni este columnista con ganas de cerrar con una frase ingeniosa— tiene, con lo publicado hasta hoy, cómo saber cuál de las dos historias es la verdadera. Lo único seguro es que ambos bandos están dispuestos a jurar por una moneda que todavía está en el aire. Pero lo que falta no es un dato más: es el único dato que importa.
Ahora, hay una sola pieza de información que resolvería esto en una tarde: deduplicar por identidad. Cuántas de esas 1.488 detecciones son personas únicas, y cuántas son la misma persona contabilizada dos, tres, cinco veces por distintos operativos. Ese número existe en alguna base de datos del Estado —no es ciencia de cohetes, es lo mínimo que cualquier sistema de registro migratorio decente debería poder entregar—, y su ausencia en el debate público no es casualidad.
Es más cómodo para todos que la cifra siga siendo un test de Rorschach: cada quien ve en ella la película que ya venía a ver. Mientras ese hábito no cambie —publicar la metodología completa antes de que alguien tenga que pedirla a gritos en la Cámara—, cada nueva cifra migratoria seguirá funcionando no como un insumo para gobernar la frontera, sino como un arma de doble filo que cualquier bando puede empuñar según le convenga el semestre. Y el desierto de Tarapacá, mientras tanto, seguirá siendo el único lugar de este país donde todos los actores políticos están de acuerdo en algo: en que la verdad, ahí, es negociable.