Las mediaciones en derecho de familia siguen centradas en variables tradicionales, es decir, en aquello que puede cuantificarse en dinero: ingresos formales de los padres, capacidad económica declarada, gastos directos del niño o niña (colegio, salud, alimentación, transporte), disponibilidad de tiempo para visitas y logística de traslados y rutinas.
Sin embargo, quedan fuera, o apenas se consideran, variables fundamentales para comprender la crianza en su totalidad:
- El trabajo de cuidados cotidiano (crianza diaria, carga mental, organización del hogar).
- El tiempo efectivo dedicado al niño o niña.
- El costo de oportunidad laboral de quien cuida (muchas veces la madre).
- El desgaste físico y emocional asociado al cuidado.
- Las trayectorias laborales interrumpidas por la maternidad.
Esto genera una distorsión relevante: el sistema termina negociando sobre lo visible, el dinero, pero no sobre lo estructural: quién sostiene la vida cotidiana del niño o niña.
En ese contexto, la mediación muchas veces se construye sobre una base desigual. Una de las partes ya está asumiendo el cuidado diario, mientras la otra negocia principalmente desde su capacidad económica, sin que exista una real equivalencia entre ambas cargas.
Por eso, aunque la mediación es una herramienta valiosa, hoy sigue operando bajo una lógica que no incorpora plenamente el valor económico y social del cuidado, lo que impacta directamente en los acuerdos que se alcanzan.
Si el cuidado personal sigue recayendo mayoritariamente en la madre, pero la negociación se centra casi exclusivamente en lo económico, lo que ocurre es que se fragmenta artificialmente la crianza: por un lado se reconoce el dinero, y por otro se invisibiliza el trabajo cotidiano que permite que esa crianza exista.
En la práctica, esto implica que muchas mujeres llegan a la mediación desde una posición desigual. Ya están asumiendo el cuidado diario, tiempo, organización, carga mental, postergación laboral, pero el sistema les exige negociar como si ambas partes aportaran en condiciones equivalentes.
Así, el modelo termina generando una paradoja: Quien más aporta en términos de cuidado, negocia con menos reconocimiento dentro del sistema.
Esto no solo afecta el monto o las condiciones de los acuerdos, sino que también perpetúa una lógica más profunda, donde el cuidado sigue siendo entendido como una responsabilidad privada, y muchas veces femenina, en lugar de un trabajo socialmente relevante que debiera tener un correlato real en las decisiones jurídicas.
Por eso, más que un problema de casos individuales, estamos frente a una forma en que el sistema reproduce desigualdades de género: negocia sobre dinero en un escenario donde el cuidado ya está desigualmente distribuido.
En Chile, las mujeres destinan en promedio al menos cinco horas diarias al trabajo doméstico y de cuidados no remunerados. Esto implica una dedicación constante que no solo tiene un valor económico, sino también un impacto directo en sus trayectorias laborales, ingresos y autonomía.
Sin embargo, ese tiempo, ese esfuerzo y ese costo de oportunidad no se traducen en una variable concreta al momento de fijar acuerdos. El sistema sigue operando sobre lo medible, ingresos y gastos, dejando fuera lo estructural: quién cuida, cuánto cuida y qué implica sostener esa responsabilidad día a día.
Por eso, más que un problema puntual, estamos frente a una invisibilización estructural del cuidado, que termina reproduciendo desigualdades en los acuerdos y en la vida de quienes asumen la crianza de forma principal. El sistema de mediación, en este escenario, tiende más a reproducir esa desigualdad que a corregirla.
Si bien formalmente es un espacio neutral, en la práctica no problematiza que el punto de partida ya es desigual. Al centrarse principalmente en lo económico y en los tiempos de visita, no incorpora herramientas para redistribuir el cuidado, sino que más bien ordena sus consecuencias.
Esto implica que muchas mujeres llegan a mediar ya sobrecargadas, y negocian en un escenario donde su aporte principal, el cuidado, no está siendo plenamente reconocido ni valorado. Así, el sistema no genera la desigualdad, pero sí la perpetúa al no intervenir sobre ella.