domingo 30 de agosto de 2026

De la investigación y la educación a la sala de ventas: la desvalorización política de las humanidades en Chile

Reducir la relevancia de las humanidades y de otras disciplinas no es una decisión del mercado, es una decisión política y sus efectos son políticos.

30 de agosto de 2026 - 14:45

Hay una idea que lleva décadas en la discusión pública chilena. Si los derechos encarecen el trabajo, afectan a la economía o comprometen las cuentas fiscales, pretender ciertos mínimos de justicia social, y por ello vivir mejor, sería el problema. Para vivir mejor no habría que tener derechos, salvo el de participar en el mercado como consumidor o como mercancía, y quien no tiene algo que comprar o vender queda fuera.

No es una caricatura. Hayek le dio forma con la “catalaxia” en El espejismo de la justicia social, el orden “natural” que resulta del ajuste mutuo de innumerables intereses individuales en el mercado, y que por lo mismo no puede juzgarse justo ni injusto. Si el resultado no se le atribuye a nadie, no hay a quién exigirle nada, menos aún justicia social. La democracia supone lo contrario, personas que deliberan sobre fines comunes y que por lo tanto pueden discutirlos.

Basta con atender al discurso público para reconocerlo. Se llama a los estudiantes a tener cuidado de endeudarse en carreras donde habría menos futuro, y en ese horizonte la educación es parte de los negocios, de los créditos y las deudas, y para la política pública más gasto que inversión. Claro que las nuevas generaciones merecen una adecuada orientación en sus decisiones de estudios y las carreras requieren actualizaciones regulares, pero centrar esa orientación solo en los aspectos del mercado evidencia el alejamiento de la política respecto de las necesidades sociales y culturales. Así, la política termina transformándose en una mera representante del mercado y de los intereses que hay tras él.

Se sugiere también que quienes se forman para enseñar tienen buenas oportunidades de reconvertirse en ventas o en atención de clientes dentro de la industria tecnológica. Así, la vocación de miles de jóvenes que quieren educar podría terminar en una sala de ventas, en las necesidades del mercado más que en las de la sociedad. Se desmotiva, quizá sin quererlo, a quienes enseñarán a leer un texto, a interpretarlo, a conocer otras ideas, a situar un conflicto en su historia y a distinguir un argumento de una consigna. Un régimen autoritario o una empresa pueden sobrevivir sin eso, una democracia social no.

Y no son solo palabras, hay decisiones. Por ejemplo, las bases del Fondecyt de Postdoctorado 2027 permiten destinar hasta un 70% de las adjudicaciones a un listado de diez áreas prioritarias definido por el Ministerio de Ciencia, entre las cuales las humanidades no figuran. La palabra cultura aparece una sola vez como término independiente, ya que en las demás forma parte de agricultura o acuicultura, y lo hace en la expresión “narco cultura”.

La tecnología y las ciencias vinculadas a ella son muy importantes, nadie lo niega, pero la vida humana también es social, cultural, artística y espiritual, y son esos aspectos los que generan comunidades, solidaridades y la valoración de la justicia y el bienestar.

Si los argumentos están por el lado de la tecnología, podemos señalar que los grandes procesos económicos y las tecnologías productivas no se regulan solos, y eso no es una opinión sino un resultado de décadas de investigación internacional sobre la modernización industrial. En La gran transformación, de 1944, Polanyi mostró que el mercado autorregulado tampoco se reguló solo. Nunca fue un orden espontáneo, fue una construcción política sostenida por el Estado, y entregar al mercado la tierra, el trabajo y el dinero, es decir la naturaleza, la vida y el poder de compra, amenazó la subsistencia de las mayorías.

Después llegaron otros por otras vías, con evidencia histórica, económica y antropológica. Los historiadores E. P. Thompson y E. Hobsbawm demostraron el impacto y los daños que generó la transformación capitalista industrial en diversos sectores sociales. Economistas como Stiglitz, Krugman y Mazzucato han abordado la importancia de la política y lo público en la economía. Y en la larga duración, Carbonell y Sala en Aún no somos humanos, y Lynn Hunt en La invención de los derechos humanos, muestran que la socialización del conocimiento y la alfabetización nos han permitido humanizarnos y vernos como una humanidad con derechos comunes, construidos para protegernos de los abusos del poder.

Las nuevas grandes transformaciones impulsadas por la tecnología y los escenarios de crisis económicas, medioambientales y humanitarias exigen el diálogo entre las diversas ciencias, los conocimientos y la tecnología, un conocimiento y una educación en los que las respuestas deben darlas seres humanos, no computadoras. Es preciso mantener, reforzar y democratizar la valoración y el conocimiento de las capacidades creativas humanas, origen de todo adelanto científico y tecnológico, y no quedar subordinados a esas mismas creaciones. Se requiere la modulación política y democrática que busque, asegure y mejore los niveles de justicia social, de derechos laborales, medioambientales, de una vida con bienestar social.

Para lograr esto hay que tener buenos profesores y profesoras e investigadores en humanidades, pues cada uno de esos aspectos requiere la valoración cultural de lo humano, de las experiencias pasadas y de las diversas obras que enriquecen la vida social. Si la preocupación es endeudarse y lo que se les ofrece como alternativa a miles de jóvenes con ganas de educar es una sala de ventas, triste reconocimiento se les hace a Gabriela Mistral, poeta, hija de profesor y profesora ella misma, o a Pablo Neruda, poeta, hijo de obrero ferroviario y de profesora, con estudios de francés en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, los dos hasta hoy los únicos chilenos galardonados con el Premio Nobel. Cuando el pensamiento crítico, el arte, la memoria y la discusión sobre lo justo quedan reservados a quienes pueden pagarlos, la deliberación y la cultura se empobrecen y el resto queda como audiencia.

Sin apoyo económico estable a la formación e investigación en humanidades y otras disciplinas no “prioritarias”, la carrera académica en esas áreas deja de reconocer el mérito y solo queda el poder adquisitivo, dañándose así la expansión, importancia y reconocimiento de la democracia social. Y el mérito, en un país con educación segregada, ya viene condicionado por el origen. Por cierto, es importante el debate sobre el sentido y aporte de toda investigación y conocimiento para la sociedad, pero ese debate es justamente el que no se está dando.

Reducir la relevancia de las humanidades y de otras disciplinas no es una decisión del mercado, es una decisión política y sus efectos son políticos. A largo plazo afectarán la forma en que enfrentamos los problemas que nos aquejan, reduciendo la capacidad de la crítica fundada y el conocimiento de los éxitos y fracasos con que otras generaciones y sociedades vivieron las transformaciones que debieron enfrentar. En última instancia, y vale la pena recordarlo, el conocimiento es poder.

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