martes 03 de noviembre de 2026
Opinión

Caos climático y ecofascismos

El peligro, en Chile y en el mundo, es el ecofascismo, que no es simplemente una ideología negacionista del clima, sino la respuesta autoritaria de las élites ante la crisis ecológica y el agotamiento de recursos que ellas saben que se está produciendo.

3 de noviembre de 2026 - 16:45

Desde hace años hemos advertido, individual y colectivamente, en este medio y en otros en Chile y España, acerca de las altas probabilidades de que se produjeran fenómenos climáticos catastróficos. Nuestras advertencias, comúnmente han sido calificadas de apocalípticas. Pero nunca lo han sido porque el apocalipsis es una doctrina religiosa, y lo que hemos afirmado, junto a otras muchas personas, está basado en rigurosas mediciones y prospectivas científicas realizadas por miles de científicos e instituciones de todo el mundo, entre las que destaca el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés).

Lo que sucede no son consecuencias de «ciclos de la naturaleza», sino efectos directos y medibles de la acción humana, mediada por un sistema productivo depredador llamado crecentismo productivista, expresado en viejos y nuevos capitalismos, incluyendo el actual capitalismo de Estado chino y el fracasado modelo soviético. No se hizo caso a las advertencias y las consecuencias están a la vista.

Los signos que vemos no son de «cambio climático», sino de caos climático. La diferencia es crucial: si fuera simplemente cambio, tanto las modelizaciones estadísticas como las tareas preventivas serían, relativamente, más fáciles; habría más tiempo y más posibilidades para adoptar medidas precautorias. Ahora no: los procesos de retroalimentación positiva —las causas actúan sobre los efectos y los efectos sobre las causas— ya están activados y muchos de ellos son impredecibles. Por ejemplo, los tornados son cada vez más frecuentes en zonas extratropicales, como Chile. Ya es demasiado tarde.

El caos climático es solo una de las dimensiones de la crisis sistémica en la que estamos inmersos desde hace bastante tiempo. La mayoría de los límites que garantizan la vida sobre el planeta Tierra ya están sobrepasados, como lleva tiempo midiendo desde hace décadas el Instituto de Resiliencia de Estocolmo. Y la pérdida dramática de biodiversidad, mucho menos visible que el caos climático, es quizá lo más relevante e irreversible.

Una catástrofe es una discontinuidad dentro de un proceso continuo: aluviones, desbordamientos de ríos, granizos, tornados, marejadas, etc., con intensidades y frecuencias «nunca vistas» en determinado territorio, son fenómenos catastróficos. La acumulación de eventos de este tipo aumenta exponencialmente las posibilidades de colapso de los sistemas naturales mayores, incluidos los sistemas que garantizan la vida de la especie humana.

Los frágiles equilibrios ecosistémicos se rompen y se acelera la entropía. En Chile, esto está significando el fin del clima llamado mediterráneo y el advenimiento de eventos que implican más calor, más humedad y más tormentas convectivas, es decir, localizadas, veloces, intensas y con daños severos. Y esto será cada vez más frecuente, con consecuencias catastróficas para los sistemas de producción de alimentos y las reservas hídricas, por ejemplo. Habrá menos comida y agua disponibles y, por lo tanto, más sufrimiento para los más pobres, como siempre.

Un colapso no es un suceso futuro, sino un proceso ya en marcha. Señala la progresiva pérdida de capacidad de las sociedades para mantener condiciones de vida dignas: agua, suelo fértil, biodiversidad, energía accesible, vivienda segura, cohesión comunitaria e instituciones protectoras. En Chile estamos ad portas de que este inusual periodo de El Niño lleve a situaciones de este tipo. Y si ahora se manifiesta como exceso de lluvias, en otro momento cercano se manifestará como olas de calor insoportables, con sequías intensas, incluso más que las de la reciente década pasada. Poco o nada se está haciendo frente a esto.

En un país como Chile, con una contribución mínima a la generación de gases con «efecto invernadero» (0,25% del total mundial), se deberían revisar las por ahora muy débiles políticas de mitigación y de adaptación, dando prioridad a estas últimas. Debido las urgencias presentes, dedicar esfuerzos prioritarios a la descarbonización es tardío. Los desafíos y tareas urgentes son más de adaptación que de mitigación.

Las tareas urgentes consisten en destinar ingentes esfuerzos estatales y comunitarios para rediseñar y diseñar nuevos sistemas energéticos, alimentarios, logísticos, costeros y urbanos, entre muchos otros. Literalmente, hay que imaginar y diseñar otro país que sea viable para las generaciones venideras, dado que el que tenemos no sirve para lo que se avecina.

Desgraciadamente, contamos con la peor clase política para liderar y administrar los enormes procesos adaptativos necesarios y urgentes. Lo peor que nos está pasando es la combinación de crisis ecológica, negacionismo fascistoide, ultraliberal y frívolo, junto con perplejidad, ignorancia y vacilación progresista. Es decir, no disponemos de herramientas organizativas, ideológicas, financieras, técnicas ni políticas para hacer frente, adaptativamente, a lo que está sucediendo. No disponemos ni de una clase dirigente ni de una sociedad comunitariamente autoorganizada que participe en sus propias dinámicas de resistencia política y resiliencia ecológica.

No disponemos tampoco de una izquierda que, con honestidad y verdadera convicción ideológica, ética y técnica, proponga un programa ecosocialista y decrecentista para enfrentar lo que ya tenemos frente a nuestros ojos, y que abandone las ilusiones de un “desarrollo sostenible” que se ha demostrado incapaz de contener el desastre.

Y, peor aún: el peligro, en Chile y en el mundo, es el ecofascismo, que no es simplemente una ideología negacionista del clima, sino la respuesta autoritaria de las élites ante la crisis ecológica y el agotamiento de recursos que ellas saben que se está produciendo. Su estrategia consiste en apropiarse de recursos escasos y atrincherarse frente a una «humanidad sobrante» o prescindible.

En su mundo no estamos todos incluidos. Signos de esto ya los estamos viendo en las recientes medidas implementadas por el Gobierno de Kast frente a las inundaciones y aluviones. Los recursos materiales y humanos destinados a paliar los daños estuvieron desvergonzadamente distribuidos de manera asimétrica hacia las comunas más ricas del país. Esto es, embrionariamente, ecofascismo.

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