Lejos de ser un problema abstracto, la biodiversidad marina junto a las aguas del planeta se enfrentan a la crisis climática a un ritmo vertiginoso. Así lo evidencia la décima edición del Copernicus Ocean State Report, que documenta cómo las masas de agua sufren varios golpes a la vez: temperaturas extremas, pérdida de oxígeno, alteración de la salinidad y una creciente acidificación.
En concreto, una cuarta parte de toda el agua superficial del planeta —donde vive la gran mayoría de las especies— soporta al menos dos amenazas al mismo tiempo: más calor, menos oxígeno o aguas más ácidas.
Lo anterior, repercuto en la vida submarina. Alrededor del 5% del océano mundial muestra alteraciones persistentes en los ciclos del fitoplancton, los microorganismos microscópicos que alimentan a miles de especies y producen gran parte del oxígeno que respiramos.
Crisis climática afecta a océanos
- Energía térmica disparada: El calor total acumulado en el océano tocó en 2025 su punto más alto desde que existen mediciones.
- Agua más corrosiva: La acidez creció cerca de un 17% entre 1985 y 2025, un obstáculo directo para corales, moluscos y crustáceos.
- El agua sube más rápido: El nivel del mar creció a una velocidad de 4,2 milímetros por año entre 2012 y 2025, superando el promedio de las décadas previas.
- Olas de calor extremas: Durante 2024, episodios en el Mediterráneo y el mar Negro superaron los 30 días seguidos con temperaturas hasta 4,6 °C sobre lo habitual.
De los polos a las islas: nadie queda al margen
El impacto no se distribuye de manera uniforme, pero golpea con dureza en los extremos del mapa. En el Ártico, los termómetros han trepado cerca de 1 °C por década desde 1982, provocando que seis de cada diez construcciones costeras queden expuestas a la erosión y al embate de las olas.
En el otro extremo, la Antártica encadena cuatro años consecutivos con mínimos históricos de hielo marino, una situación que ya en 2022 desató la pérdida masiva de crías de pingüino emperador.
La vulnerabilidad también toca tierra firme en las naciones más frágiles. Cerca del 65% del territorio marítimo de los pequeños Estados insulares padece la aceleración de la crecida marina, mientras que casi el 28% de sus barreras de coral —vitales para frenar temporales y sostener el turismo— están bajo seria amenaza.
Más allá del daño ecológico, el informe subraya el costo humano: el deterioro de estos equilibrios golpea de lleno a la pesca artesanal, la acuicultura y la seguridad de quienes habitan las costas del planeta.