No estamos únicamente ante un bache pasajero en la economía, ni ante una tormenta de números que pueda calmarse con los remedios habituales de los técnicos del gobierno. Cruje la estructura misma de cómo producimos, vivimos y nos relacionamos. Es la crisis de un modelo que ha llegado a un punto de no retorno; para seguir alimentando la acumulación de la riqueza, necesita devastar a paso firme la fuerza creadora de la vida humana y los ciclos de la tierra.
Durante décadas, el relato dominante prometió un horizonte de abundancia e integración. Se proclamó que la libertad individual florecería en la medida en que los mercados quedaran sin ataduras, rompiendo las viejas cadenas del pasado. Sin embargo, en esta época de financiarización desbocada, el capitalismo ha perdido cualquier rastro de promesa o proyecto humano. La tecnología y el progreso científico, en lugar de regalar tiempo para el ocio, el descanso y el encuentro con el otro, se han vuelto herramientas de desgaste, vigilancia y despojo. En esta grieta nace y crece la fiebre del individualismo. Lejos de representar el triunfo de la libertad personal, la soledad es la cicatriz que deja la descomposición de la sociedad.
El problema del trabajador de hoy ya no ocurre solo en el espacio físico del trabajo. La fractura ha invadido la intimidad de la mente. Se nos invita cotidianamente a pensar que no somos parte de una clase social con historia, dolores y esperanzas compartidas, sino pequeños comerciantes de nosotros mismos; un “capital humano” que debe promocionarse, competir, mostrarse rentable y gestionar su propio destino a cualquier costo. Esta atomización no es un descuido ni un daño colateral; es un mecanismo eficaz para desarticular la mirada colectiva y apagar de raíz cualquier chispazo de organización. En este escenario, el lazo social predominante es la relación entre acreedor y deudor. La deuda encadena el futuro, ahoga el deseo de rebelión e impone la urgencia de competir cada mañana.
El reverso de esta arquitectura ideológica es la privatización de la salud mental. Nunca habíamos tenido tantas palabras para nombrar la angustia ni tantos medicamentos sobre la mesa de noche, pero nunca habíamos entendido tan poco la raíz social de nuestras dolencias. La depresión masiva, el agotamiento extremo, el insomnio que recorre los hogares populares y los ataques de pánico son aislados de su origen real. No se leen como la respuesta natural de un cuerpo sometido a la inestabilidad del empleo, la falta de vivienda o el transporte hacinado, se etiquetan como desequilibrios químicos personales.
A través de la industria farmacéutica y de una literatura de autoayuda que exige una resiliencia servil, se busca reparar rápidamente al individuo roturado para que vuelva a funcionar en el engranaje productivo, evitando que se pregunte por qué la vida duele de esta manera. El dolor se despolitiza y se vuelve culpa.
Esta matriz cobra carne, hueso y urgencia concreta en el Chile de hoy. La llegada de José Kast no es un hecho aislado, sino la consolidación de un proyecto político que abraza abiertamente el desmantelamiento de lo colectivo, la defensa del mercado desregulado y la instalación de una retórica punitiva como respuesta al malestar social.
Bajo la narrativa de restablecer el orden fiscal y reducir la burocracia, la gestión actual empuja una política de recortes profundos en el gasto público. El cierre o congelamiento de programas en salud pública, educación y soluciones habitacionales no es solo un ajuste contable; es un mensaje político directo: el Estado declina su deber de garantizar condiciones mínimas de dignidad y entrega la provisión de la vida a la capacidad de pago de cada hogar.
Los derechos sociales retornan con fuerza a la categoría de mercancías, la salud es de quien pueda financiarla, la educación de quien acepte la deuda y la vivienda de quien califique ante el sistema financiero. Cuando el presupuesto público se retira de las poblaciones, las necesidades materiales no desaparecen; lo que cambia es el hombro sobre el cual recae el peso.
La familia chilena promedio se ve forzada a cubrir las urgencias recurriendo al crédito privado, la tarjeta de la multitienda o el trabajo de plataforma sin protección alguna. Se profundiza así la condición de la clase trabajadora como una masa de endeudados sin tregua. La deuda permanente extrae el valor y disciplina el alma; una persona atrapada por cuotas difícilmente puede pensar en el paro o la protesta. La supervivencia inmediata ahoga el pensamiento del futuro.
Para sostener socialmente este ajuste sin que estalle la protesta, el gobierno actual recurre a la instrumentalización de la agenda de seguridad y al encauzamiento de la angustia popular hacia culpables visibles. En lugar de explicar el estancamiento económico a partir de la concentración de la riqueza, la narrativa oficial apunta al migrante irregular, al desempleado o al trabajador informal.
Se fomenta la idea de que los escasos recursos del país están siendo “usurpados” por sectores que no lo merecen, azuzando la desconfianza entre iguales. La respuesta que se le ofrece al poblador cansado no es el abrazo de su comunidad ni la conquista de derechos, sino la promesa de la policía en la esquina, el encierro del infractor y la libertad individual de defender lo propio con las manos vacías en una carrera desigual.
Superar la hiperindividualización que nos asfixia no significa exigir que todos pensemos igual ni negar la maravillosa diversidad de nuestro presente. Significa recuperar una certeza profunda, sencilla y antigua; la certidumbre de que nadie puede salvarse solo.
Ninguna persona puede realizarse plenamente en medio de un barrio que se cae a pedazos, ni encontrar la paz interior mientras la naturaleza que nos rodea es devorada por la codicia. La tarea histórica de las fuerzas emancipatorias en este tiempo oscuro no es otra que volver a tejer el lienzo roto de la comunidad.
Esa reconstrucción no vendrá impuesta desde un documento de oficina ni desde una frase hecha en televisión. Nacerá, como ha nacido siempre en la historia de nuestro país, al calor de la ayuda mutua, en la solidaridad y el abrazo sincero entre vecinos, trabajadores y estudiantes.