Después de 35 años como consejero en VIH, he aprendido que acompañar no consiste únicamente en entregar información, explicar un diagnóstico u orientar hacia un tratamiento. Acompañar significa, sobre todo, permanecer cerca cuando una persona siente que el mundo se ha vuelto incierto. Significa escuchar sin juzgar, respetar los silencios y recordar, una y otra vez, que detrás de cada situación abordada hay una historia, una familia, amores, aventuras, temores y también una esperanza.
Durante estas décadas, he visto transformarse profundamente la manera en que comprendemos el VIH. Hubo un tiempo en que la palabra estaba mucho más cargada de miedos, desconocimiento y estigma. Muchas personas recibieron un resultado de examen o su diagnóstico final como una sentencia de muerte, algunas lograron afrontarlo y superarlo, en tanto que, en otras, este proceso de hizo mucho más largo y complejo.
En los inicios, la información era escasa y sesgada, no había acceso universal a tratamientos y las atenciones en salud estaban centradas en lo biomédico. Además, las reacciones del entorno de las personas solían estar marcadas por prejuicios que causaban un daño tan profundo como la propia idea de enfermar y morir.
En ese contexto, una consejería no podía reducirse a una explicación técnica. Era necesario ofrecer un espacio protegido seguro para que las personas pudieran preguntar, aclarar dudas, expresar sus emociones… A veces, la intervención más efectiva no era una respuesta brillante, sino solo estar presente, escuchando activamente, con una actitud lo más serena posible para poder transmitir una idea clara “No tienes que atravesar esto a solas”.
El valor de escuchar
Con el paso de los años, confirmé que escuchar es una herramienta esencial para realizar una adecuada consejería. Escuchar activamente exige dejar a un lado las suposiciones y los propios prejuicios, permitir que cada persona relate su experiencia con sus propias palabras. No todas las personas enfrentan la posibilidad de haber adquirido el virus o recibir su diagnóstico de la misma manera, dado que cada persona es un mundo particular cargado de ideas, valores, imaginarios experiencias y vivencias muy diversas.
Para algunas, el temor principal está relacionado con la salud; para otras, con la posibilidad de ser rechazadas, perder vínculos o enfrentarse a la discriminación por parte de su entorno, lo que llamamos “muerte social”, es decir, la perdida de todos sus espacios vitales.
Por eso, el acompañamiento debe comenzar allí donde se encuentra cada persona y no desde el deber. La información médica es esencial, pero solo resulta útil cuando puede comprenderse y relacionarse con la vida cotidiana. Una explicación ofrecida de manera cercana, con un lenguaje simple y claro puede devolver y la sensación de control; una conversación respetuosa puede abrir la puerta a decisiones más conscientes; una actitud libre de prejuicios puede marcar la diferencia entre pedir ayuda o alejarse de ella.
Más allá del temor al VIH
Uno de los aprendizajes más importantes de estos 35 años es que el VIH no define a nadie. Un diagnóstico forma parte de la historia de una persona, pero no puede convertirse en su identidad completa. Cada uno sigue siendo mucho más que un resultado: tiene proyectos, afectos, capacidades, responsabilidades, dudas y sueños.
También he aprendido que la confidencialidad y el respeto no son detalles administrativos. Son pilares de la confianza. Cuando una persona comparte información tan íntima, deposita en quien la escucha una parte de su seguridad. Esa confianza debe cuidarse con responsabilidad, discreción y humanidad.
El abordaje de tema del VIH dentro de una consejería propone la prevención y el autocuidado como un estilo de vida propio que no depende de nadie más que de la propia persona. A esto le llamamos transformarse en un “sujetx preventivx” quien es responsable, se hace cargo y puede seguir construyendo su futuro y su calidad de vida. Mientras persistan los prejuicios sociales, muchas personas seguirán enfrentando barreras para hacerse conocer su diagnóstico, buscar orientación o iniciar y mantener la atención que necesitan.
Lo que ha cambiado y lo que permanece
La ciencia ha avanzado y ha transformado las perspectivas de vida de muchas personas. Sin embargo, el progreso médico no elimina por sí solo el miedo, la soledad o la discriminación. Todavía hace falta conversar con claridad, derribar mitos y construir espacios donde nadie sienta que debe ocultarse para ser tratado con dignidad.
Lo que permanece, a lo largo del tiempo, es la necesidad de un acompañamiento humano. Las herramientas pueden cambiar, los abordajes clínicos pueden y los mensajes preventivos pueden renovarse, pero la confianza sigue construyéndose mediante gestos sencillos: mirar con respeto, explicar sin imponer, preguntar cómo se siente la persona y reconocer su capacidad para participar en las decisiones sobre su vida.
Una experiencia que continúa
Al mirar hacia atrás, no pienso únicamente en los años transcurridos. Pienso en las conversaciones, en las preguntas difíciles y en las pequeñas señales de alivio que a veces aparecen después de una consejería. Pienso en todo lo que las personas me han enseñado sobre la fortaleza, la incertidumbre y la posibilidad de comenzar de nuevo.
Ser consejero en VIH durante 35 años me ha recordado que la esperanza no siempre llega como una certeza. A veces aparece como un primer paso: aceptar una orientación, solicitar atención, hablar con alguien de confianza o decidir que el diagnóstico no tendrá la última palabra. La esperanza también puede ser colectiva en la medida que una sociedad pueda informar sin asustar, previene sin juzgar ni imponer y acompaña sin excluir.
Por eso, sigo creyendo que cada conversación importa. No porque una sola conversación pueda resolverlo todo, sino porque puede abrir un camino. Y, en ocasiones, abrir un camino es precisamente la forma más concreta de acompañar a una persona hacia una vida con mayor dignidad, autonomía y esperanza.