El diagnóstico y el peso de los prejuicios
Al recordar los primeros años después de recibir el diagnóstico, Avilés contó que tardó siete años en hablar del tema con su familia. No se trataba únicamente de encontrar las palabras adecuadas, sino también de anticipar las reacciones que podía provocar una información rodeada de desinformación y prejuicios.
Entre sus temores estaba la posibilidad de que lo apartaran de sus sobrinos. Una preocupación que, vista en retrospectiva, le permitió reconocer hasta qué punto los discursos sociales sobre el VIH pueden instalar el miedo al rechazo incluso antes de que este ocurra.
La experiencia también estuvo marcada por comentarios que asociaban el diagnóstico con la suciedad, una forma de estigmatización que, según relató, encontró incluso en espacios de su propia comunidad.
“Una de las cosas que más me tocó recorrer con las personas con las que tuve que interactuar respecto a este tema inicialmente fue la palabra suciedad. Me tildaron mucho de sucio”, contó durante la conversación.
El relato puso sobre la mesa una dimensión que suele quedar relegada cuando el VIH se aborda exclusivamente desde la atención médica: las consecuencias sociales, afectivas y emocionales de vivir con un diagnóstico en una sociedad donde persisten prejuicios sobre la sexualidad, el deseo y las personas que viven con el virus.
Para La Wilo, el estigma no ha desaparecido al ritmo de los avances en el tratamiento. Por el contrario, considera que todavía existe una brecha importante entre la información disponible y la forma en que el VIH se representa y se conversa públicamente.
Cuando el humor se convierte en una herramienta
Fue precisamente esa distancia entre los avances médicos y los prejuicios sociales la que lo llevó a incorporar el VIH en su trabajo como comediante. La decisión no surgió de la idea de convertir el diagnóstico en un chiste, sino de reconocer que tenía acceso a un público que no necesariamente contaba con información suficiente para comprender el tema.
Avilés explicó que gran parte de su audiencia es heterosexual y que la comedia le ha permitido transmitir mensajes sobre el VIH de una manera más accesible, sin adoptar un tono aleccionador.
“Es por eso mismo que también decidí integrarlo en mi comedia, porque tengo acceso a una plataforma y a un público que no siempre sabe”, explicó. A su juicio, el humor puede facilitar que ciertos mensajes se reciban de otra manera y que temas habitualmente asociados al miedo encuentren un espacio de conversación.
Más adelante, sintetizó una de las ideas centrales del encuentro: “El poder que tiene hoy día el estigma del VIH es el que la propia sociedad le da”.
La frase resume una tensión que atraviesa toda la entrevista. Aunque existen herramientas médicas para tratar el VIH, la persistencia de los prejuicios puede afectar las relaciones, la autoestima y la posibilidad de vivir la sexualidad con libertad. Por eso, el desafío no consiste solamente en transmitir información sanitaria, sino también en cuestionar las representaciones que convierten un diagnóstico en una marca social.
En ese camino, La Wilo ha construido un lenguaje propio. Su personaje le permite introducir asuntos complejos a través de la risa, aprovechar la complicidad con el público y luego incorporar reflexiones que no necesariamente tendrían la misma recepción si fueran presentadas como una lección.
La comedia, sin embargo, no aparece como una solución automática. Su capacidad para cuestionar el estigma depende de cómo se utiliza, de quién cuenta la historia y de si la risa permite desarmar un prejuicio o termina reproduciéndolo. En la experiencia de Avilés, el punto está en disputar el miedo y abrir preguntas, no en minimizar lo que significa vivir con VIH.
El derecho al deseo y la responsabilidad sexual
La conversación también abordó una dimensión menos visible de la serofobia: su impacto en la vida afectiva y sexual. Avilés relató que, durante un tiempo, le costó volver a disfrutar de su sexualidad porque sentía el peso de tener que decidir si contar su diagnóstico y anticipar las reacciones de otras personas.
“Socialmente se te dice como vives con VIH, no eres merecedor de deseo”, señaló al recordar ese proceso.
Su reflexión cuestionó la idea de que vivir con VIH limite la posibilidad de ser amado, establecer vínculos o disfrutar de la sexualidad. También puso en discusión la discriminación que puede surgir dentro de las propias comunidades, cuando se excluye o se juzga a alguien por su estado serológico.
Para Avilés, hablar de responsabilidad sexual supone reconocer que el cuidado de la salud es una tarea que involucra a todas las personas. Su postura apunta a cuestionar la exigencia de que quienes viven con VIH deban convertirse permanentemente en educadores de los demás o justificar su diagnóstico para ser aceptados.
La conversación permitió, así, ampliar el foco: enfrentar la serofobia no consiste únicamente en corregir información falsa sobre el virus, sino también en disputar las ideas que niegan a las personas que viven con VIH el derecho al deseo, la intimidad y una vida plena.
Una risa que también puede acompañar
Hacia el final de la entrevista, La Wilo habló del impacto que ha tenido incorporar estos temas en sus presentaciones. Más allá de la posibilidad de trascender como artista, dijo, le importa lo que ocurre en el encuentro directo con su público.
Recordó especialmente las palabras de personas que se le han acercado después de un espectáculo para agradecerle por abordar el VIH desde el humor. Entre ellas, personas que viven con el virus y que encontraron en sus relatos una forma de sentirse acompañadas.
“Que se me acerque una persona que viva con VIH y que me diga al oído como ‘gracias por esto, yo paso por lo mismo y esto me ayuda’”, relató, es una de las experiencias que le permiten dimensionar el valor de su trabajo.
En ese sentido, la comedia adquiere una dimensión que va más allá del entretenimiento: puede generar reconocimiento, aliviar la sensación de aislamiento y abrir una conversación que muchas personas todavía no encuentran dónde tener.
El capítulo especial de Una Voz Savia fue también una oportunidad para reencontrarse con una historia que comenzó hace catorce años en Fundación Savia. Un regreso que permitió mirar ese recorrido desde otro lugar, reconociendo el valor del acompañamiento y la importancia de construir espacios donde las personas puedan hablar de sus experiencias sin quedar reducidas a ellas.
Porque hablar de VIH también es hablar de vínculos, derechos, deseo, comunidad y cultura. Y porque, frente a una sociedad que todavía reproduce prejuicios, el humor puede convertirse en una forma de resistencia: no porque borre el dolor, sino porque ayuda a quitarle al estigma el poder de definir una vida.