El calificativo de terremoto histórico no recae exclusivamente sobre eventos de gran magnitud. También se aplica a aquellos que han tenido repercusiones importantes en los ámbitos social, político, cultural o científico. Y, de los muchos que tenemos en Chile, pocos resultan tan interesantes en todas estas dimensiones como el que azotó Valparaíso la tarde-noche del 16 de agosto de 1906.
Dos fuertes movimientos, a las 19:55 y a las 20:06, fueron suficientes para desencadenar la tragedia. El alumbrado eléctrico y las lámparas de gas dejaron de funcionar casi inmediatamente, sumiendo a la ciudad en una oscuridad que pronto se vio interrumpida por un sinnúmero de incendios, los que terminaron de destruir lo que aún permanecía en pie. Solo a la mañana siguiente fue posible vislumbrar la magnitud de lo sucedido.
El barrio El Almendral, comprendido entre la avenida Argentina y la plaza de la Victoria, resultó totalmente destruido. Sus hermosas e importantes construcciones, fruto del auge económico, social y cultural del puerto a finales del siglo XIX, terminaron convertidas en escombros o cenizas. El resto de la ciudad, aunque con mejor suerte, no fue ajeno a la destrucción. Las viviendas humildes de los cerros Toro y San Francisco quedaron reducidas a escombros. La cárcel sufrió el derrumbe de la pared de uno de los calabozos, lo que provocó un intento masivo de fuga, sofocado por los gendarmes a punta de balazos.
Cuenta el mito que Émile Dubois, santo popular y primer asesino en serie de la historia de Chile republicano, no intentó huir, aferrado a su férrea convicción de inocencia, que no fue suficiente para impedir su fusilamiento al año siguiente. Los cementerios del cerro Panteón sufrieron severos daños, incluido el mausoleo que guardaba el corazón de Diego Portales. Un trabajador rescató el corazón entre los escombros y este terminó resguardado durante años en la bóveda del banco Edwards.
El manejo inmediato del desastre es capítulo aparte. Se decretó estado de sitio para intentar controlar el caos y el vandalismo que surgieron entre las ruinas. Se designó como jefe militar al capitán de navío Luis Gómez Carreño, quien mantuvo el orden público mediante medidas «enérgicas y severas».
Se ordenó el fusilamiento público de al menos 15 personas. Los fusilamientos se realizaban en la avenida Brasil o frente a las ruinas donde los malhechores eran sorprendidos in fraganti. Los cuerpos eran exhibidos junto a un cartel que indicaba el motivo de la ejecución. Las labores sanitarias, junto con la extracción e identificación de cadáveres, fueron lideradas de manera encomiable por el doctor José Grossi. El saldo final fue de más de 3.800 personas fallecidas y 20.000 heridos.
Se estableció una Junta de Reconstrucción con el objetivo no solo de reparar los daños, sino también de transformar la ciudad bajo un nuevo orden urbano. Se nivelaron terrenos, se canalizaron esteros de manera subterránea y se ensancharon y crearon nuevas calles y avenidas. Así nacieron las avenidas Francia, Argentina y Uruguay y la plaza O'Higgins, entre otras obras.
La priorización casi exclusiva de la reconstrucción en el plan del Almendral, en desmedro de los sectores más populares, terminó por configurar el orden social del puerto durante buena parte del siglo XX.
Los aspectos estrictamente científicos no resultan menos interesantes.
El terremoto de 1906, con una magnitud cercana a 8.2, es el evento chileno más antiguo registrado por la incipiente red global de sismógrafos. Esta nueva capacidad para observar y estudiar instrumentalmente los terremotos formó parte del escenario científico que condujo a la fundación, en 1908, del Servicio Sismológico Nacional.
Más de un siglo después, entendemos este terremoto como parte de una secuencia de grandes terremotos de subducción ocurridos frente a Valparaíso: 1730, 1822, 1906 y 1985. Estos cuatro eventos muestran una ocurrencia sorprendentemente regular del orden de 80 a 90 años. Aunque resulte tentador usar esta regla para aventurar, por ejemplo, un nuevo terremoto hacia 2065, no existe fundamento científico para afirmar que ocurrirá en un año determinado. Los terremotos no funcionan como un reloj.
Lo que sí sabemos es que, tarde o temprano, un quinto gran terremoto se sumará a la lista. Y su crónica reflejará lo que seremos y lo que habremos aprendido. Mientras tanto, nos queda redoblar los esfuerzos en investigación y reducción del riesgo de desastres, para que las crónicas del futuro tengan más lecciones científicas y menos héroes, bandidos o santos.