domingo 23 de agosto de 2026
Opinión

Que no nos dé «plancha» hablar de sexo

La respuesta social y territorial como puente entre la ciencia, la prevención y el cuidado.

23 de agosto de 2026 - 09:00

«Tío, acá nosotros planchamos». La frase apareció hace un tiempo, durante un taller de prevención sobre VIH e infecciones de transmisión sexual (ITS) que realizábamos con jóvenes del Cajón del Maipo. Mientras preguntábamos en el plenario qué métodos de prevención conocían al tener relaciones sexuales —esperando las respuestas habituales sobre preservativos o anticonceptivos—, una joven levantó la mano y soltó esa expresión.

Ante nuestra perplejidad y las risas del grupo, nos explicaron que «planchar» significaba tener contacto sexual y roce con la ropa interior puesta. Aquella palabra no pertenecía a nuestro repertorio técnico de prevención, pero formaba parte del lenguaje de ese territorio para nombrar una práctica real. Ahí aprendimos que: en educación sexual, resulta indispensable escuchar antes de enseñar.

Al profundizar la conversación, surgió otra faceta del mismo modismo: hablaban de sexualidad con casi nadie. Hacerlo con padres, hermanos o adultos les daba «plancha» (vergüenza). Así, el concepto servía tanto para nombrar una práctica sexual como para describir la incomodidad de abordarla. El problema de fondo no era la falta de información técnica, sino la ausencia de espacios de confianza para formular sus dudas.

Nunca antes existió tanto acceso a la información. Cualquier joven puede buscar qué es una ITS, cómo usar un preservativo, qué es la PrEP o el significado de Indetectable = Intransmisible (=). Sin embargo, acumular datos no enseña a cuidarse: Google no resuelve cómo proponer una barrera de protección, pedir un examen sin generar desconfianza o expresar el deseo sin culpa. La sexualidad ocurre en la interacción humana, pero la prevención se sigue planteando como un asunto puramente biológico e individual.

Por ello, el aumento de las ITS en Chile exige superar la mirada estadística. Frente a los récords de gonorrea y sífilis en jóvenes, la respuesta habitual es exigir más campañas, preservativos y testeo. Aunque necesarios, son insuficientes si asumimos que la información genera cuidado automático. Una persona puede llevar un preservativo y no saber cómo proponer su uso, o conocer la importancia de un tratamiento y suspenderlo. En estudios de Fundación SAVIA sobre adherencia al tratamiento del VIH, más de la mitad de las personas consultadas interrumpió su terapia por olvido, descuido o depresión. El medicamento estaba disponible; las condiciones emocionales y sociales para sostenerlo, no.

En la Conferencia Internacional sobre el Sida (AIDS 2026), la ciencia volvió a demostrar avances acelerados en prevención y tratamiento. Sin embargo, persiste el reto de traducir esa tecnología en bienestar real y acceso equitativo. Como muestra la experiencia latinoamericana, un avance biomédico es distante si la persona no sabe dónde encontrarlo, no puede pagarlo, teme la discriminación o no se reconoce en el lenguaje institucional.

Esta brecha es una dimensión política que ONUSIDA aborda en su Estrategia Mundial 2026–2031, situando al liderazgo comunitario como prioridad estratégica junto con la equidad y los derechos. Mientras las políticas públicas suelen diseñarse de forma vertical, las personas habitan barrios, escuelas y redes de afecto con miedos y contradicciones. La respuesta social es indispensable porque las organizaciones territoriales identifican por qué alguien no consulta a tiempo, por qué un adolescente acude antes a un par o por qué una campaña no conecta.

El aumento de las ITS no se resuelve culpando a los jóvenes de no cuidarse. Prevenir exige hablar abiertamente de deseo, consentimiento, placer y negociación sin juicios ni barreras que generen vergüenza. Un adolescente rural, una persona mayor o alguien con VIH no viven la sexualidad igual; la salud pública debe encontrarse con la realidad tal como existe, no con un modelo ideal.

Las organizaciones de la sociedad civil no sustituyen al Estado ni a la ciencia: son el puente que los conecta con la vida cotidiana. Las comunidades traducen la evidencia médica, detectan barreras no previstas y acompañan decisiones, por lo que su experiencia debe integrar el diseño de las políticas sanitarias y no solo su ejecución.

Un estudio de Fundación SAVIA con 507 estudiantes de Ñuñoa reveló la urgencia de superar los tabúes adultos y abordar la educación sexual según cada etapa del desarrollo. Estos datos demuestran que la sociedad civil es el puente indispensable entre el territorio y el Estado: mientras las políticas públicas diseñan programas generales, las organizaciones escuchan las demandas concretas de los jóvenes para orientar decisiones efectivas.

Aquella palabra, «planchar», sintetiza el desafío: nombraba una práctica y la vergüenza de hablar sobre ella. El reto fundamental no es saturar con datos, sino construir las condiciones emocionales, sociales e institucionales para conversar sin temor y acceder a la ciencia sin barreras. Más que exigir que las personas se cuiden más, la tarea es garantizar un entorno donde a nadie le dé «plancha» preguntar.

Enlace Resultados Encuesta Estudiantes Ñuñoa - Fundación Savia

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