El Imacec de julio cayó 1,5% en doce meses, bastante por debajo del -0,7% que anticipaba el consenso recogido por Bloomberg. Naturalmente, es un mal dato. Tampoco sería sensato extraer de un registro mensual conclusiones que corresponden a horizontes bastante más largos. El Imacec sirve para tomar el pulso de la actividad y, leído junto al empleo, la inversión y los precios, ayuda a precisar la posición en que se encuentra la economía.
Julio tuvo particularidades conocidas. La minería estuvo afectada por mantenciones, condiciones climáticas y menores leyes del mineral. Las dos primeras admiten una reversión relativamente rápida; la última pertenece a una dimensión productiva de mayor persistencia. Es una diferencia relevante, porque en economía las causas importan tanto como los resultados. Un shock transitorio puede corregirse con la normalización de las condiciones. Una restricción de oferta más duradera requiere capital, tecnología y ganancias de productividad.
Aun así, la discusión que deja el último Imacec parece bastante más amplia que la explicación de julio.
El Banco Central estima que el crecimiento tendencial del PIB chileno promediará 1,9% anual entre 2026 y 2035. Para el PIB no minero, la estimación es 2%, con una contribución de la productividad total de factores de apenas 0,35 puntos porcentuales. Estas cifras tienen una relevancia distinta de la de cualquier indicador mensual. Se refieren a la velocidad a la que la economía podría expandirse de manera sostenible en el mediano plazo y, por consiguiente, a la evolución futura del ingreso, el empleo y la base tributaria.
Convengamos que una tasa próxima al 2% puede resultar perfectamente administrable en un año adverso. Como referencia para una década, el juicio es distinto. Una trayectoria de esa naturaleza limita la velocidad de convergencia del ingreso por habitante, hace más lenta la mejora de los salarios reales y estrecha progresivamente el espacio para financiar nuevas obligaciones públicas sin aumentar de manera permanente la presión fiscal.
El mercado laboral ofrece, mientras tanto, una expresión menos abstracta de la debilidad de la actividad. La desocupación llegó a 9,5% en el trimestre mayo-julio, 0,8 puntos porcentuales por encima de un año atrás; en el mismo período disminuyó el número de ocupados y aumentó en 10,4% el de personas desocupadas. El dato merece atención porque el empleo suele reaccionar con mayor lentitud que la actividad y porque, finalmente, es allí donde el desempeño agregado de la economía adquiere consecuencias sociales más duraderas.
También conviene mirar fuera de Chile. El Fondo Monetario Internacional proyecta que la economía mundial crecerá 3% este año, por debajo del promedio de 2024-2025, y ha elevado la inflación global prevista para 2026 a 4,7%. Su diagnóstico es particularmente pertinente para Chile. El proceso de desinflación mundial se ha detenido y el shock energético derivado de los conflictos internacionales está afectando con mayor intensidad a las economías importadoras de energía.
Las tensiones geopolíticas, por lo demás, están lejos de disiparse. La guerra entre Rusia y Ucrania continúa sin una solución próxima, mientras el conflicto en Medio Oriente mantiene bajo presión los mercados energéticos y las principales rutas de suministro. Esta misma semana el petróleo volvió a reaccionar ante la escalada entre Estados Unidos e Irán. Para Chile, una economía pequeña, abierta e importadora neta de energía, ese escenario tiene una transmisión bastante directa hacia los costos de producción, transporte e inflación.
Aquí aparece una dificultad que merece cierta atención. La debilidad interna tiende a generar holguras y, en principio, a moderar las presiones de demanda. Un shock externo de energía opera simultáneamente sobre los costos y puede sostener la inflación aun en presencia de una actividad poco dinámica. El Banco Central ya había advertido en junio que la inflación había aumentado rápidamente por el encarecimiento asociado al conflicto en Medio Oriente y proyectaba su retorno hacia niveles cercanos a 3% durante el segundo trimestre de 2027.
Entretanto, el alza de 0,6% del IPC de agosto duplicó lo previsto y llevó la inflación anual a 4,1%. Aun con expectativas a dos años ancladas en la meta, la sorpresa refuerza las razones para mantener la TPM en 4,5% y estrecha el margen para reanimar la actividad y el empleo, cuya debilidad muestra, a lo menos, cierta persistencia.
Ahora bien, la política monetaria dispone de instrumentos eficaces para administrar el ciclo y preservar la estabilidad de precios. El crecimiento de mediano y largo plazo responde, sin embargo, a determinantes de otra naturaleza. La acumulación de capital, la productividad, la innovación, la participación laboral, la calidad institucional y la capacidad de ejecutar inversión terminan siendo decisivas cuando la pregunta se desplaza desde la coyuntura hacia el potencial de expansión de la economía.
No faltan activos sobre los cuales construir. Chile conserva estabilidad institucional, acceso a financiamiento internacional, recursos naturales demandados por la transición productiva mundial y una cartera de inversiones que puede mejorar el desempeño de los próximos años. El punto decisivo está en cuánto de ese potencial logra convertirse efectivamente en capital productivo, difusión tecnológica, nuevos empleos y aumentos sostenidos de productividad.
Por eso el -1,5% merece atención, aunque probablemente no sea la cifra más importante de esta discusión. Mucho más significativa es la estimación de una economía capaz de crecer en torno a 1,9% durante la próxima década.
Una tasa de esa magnitud no constituye una fatalidad económica. Sí constituye una advertencia. Cuando una economía reduce de manera persistente su velocidad de expansión, también reduce el margen con que enfrenta sus compromisos futuros. Recuperarlo exigirá algo más exigente que esperar un mejor dato mensual y bastante más duradero que una respuesta al ciclo. Requerirá volver a poner la inversión, la productividad y la capacidad de crecer en el centro de la conversación económica.