Cada 9 de septiembre, el Día Mundial de la Agricultura nos invita a reconocer una actividad que suele pasar inadvertida precisamente porque está presente todos los días. Detrás de cada fruta, cada verdura, cada kilo de arroz o trozo de pan que llega a nuestra mesa existe una cadena que comienza mucho antes: suelo, agua, energía, trabajo, transporte, almacenamiento y tiempo.
Hoy producir esos alimentos es, además, cada vez más desafiante. La crisis climática está alterando las condiciones sobre las que durante décadas construimos nuestros sistemas alimentarios. Sequías, inundaciones, incendios, olas de calor y otros eventos extremos afectan cultivos, rendimientos y cadenas de abastecimiento. Y cuando la producción se vuelve más incierta, la seguridad alimentaria también se vuelve más frágil.
A esa presión se suma otra que millones de familias conocen bien: el precio de la comida. La inflación alimentaria de los últimos años ha erosionado el poder adquisitivo y dificultado especialmente a los hogares de menores ingresos el acceso a dietas saludables. Aunque el hambre global ha mostrado cierta mejoría, durante 2025 cerca de 2.100 millones de personas experimentaron inseguridad alimentaria moderada o grave y un tercio de la población mundial todavía no puede costear una dieta saludable.
En ese escenario existe una contradicción que resulta cada vez más difícil de explicar: mientras producir y acceder a los alimentos se vuelve más complejo, seguimos desperdiciándolos masivamente, y Chile no está al margen de esta contradicción.
Hace unas semanas, en Cheaf presentamos nuestra segunda Encuesta Regional sobre Percepción del Desperdicio de Alimentos, realizada a más de 4.500 personas de Chile, Argentina, Colombia y México. Los resultados muestran que la conciencia sobre este problema está instalada: el 91% lo considera relevante y, en Chile, esa cifra llega al 93,6%. Sin embargo, somos también el país que registra la mayor proporción de personas que reconoce botar comida al menos una vez por semana: 49,9%, por encima de México, Colombia y Argentina.
Quizás uno de los aprendizajes más importantes de estos datos es que ya no basta con decir que desperdiciar alimentos está mal; eso ya lo sabemos. El desafío ahora es transformar esa conciencia en acciones concretas.
Por eso reducir el desperdicio debe entenderse como parte de una discusión mucho mayor sobre seguridad alimentaria. Implica planificar mejor nuestras compras y aprovechar los alimentos en los hogares, pero también requiere que supermercados, restaurantes, productores, empresas y autoridades generemos condiciones para evitar que los excedentes aptos para el consumo terminen convertidos en residuos.
Hay mucho que podemos hacer, como mejorar los sistemas de conservación, facilitar la donación, generar incentivos para el rescate, ofrecer descuentos para productos próximos a su fecha y utilizar tecnología para conectar excedentes con personas dispuestas a consumirlos.
La agricultura ha tenido siempre un desafío enorme: producir alimentos suficientes para sostener nuestras sociedades. En tiempos de crisis climática y alimentos caros, nuestra responsabilidad no puede terminar cuando esos productos salen del campo o llegan a una góndola. También tenemos que asegurarnos de que aquello que tanto costó producir termine cumpliendo su propósito más básico: alimentar a alguien.