Nueva York acaba de abrir un debate que Chile no debería eludir. Su alcalde, Zohran Mamdani, estableció una moratoria de un año al uso directo de inteligencia artificial generativa para cerca de 600.000 estudiantes de las escuelas públicas, desde prekindergarten hasta octavo grado.
No se trata de prohibir la inteligencia artificial, sino de estudiar sus efectos antes de incorporarla masivamente en una etapa decisiva del desarrollo humano: la niñez.
La inteligencia artificial generativa es capaz de crear contenidos a partir de las instrucciones que recibe: puede escribir, responder preguntas, resolver problemas o crear imágenes, videos y música. Precisamente porque puede hacer tantas cosas que antes requerían esfuerzo intelectual humano, debemos preguntarnos qué ocurre cuando ponemos esa capacidad en manos de niños que todavía están desarrollando las habilidades que la máquina puede reemplazar.
La pregunta de fondo no es tecnológica. Es qué entendemos por educación.
La escuela no existe solamente para transmitir información. La educación tiene como propósito el desarrollo integral de niñas y niños: enseñarles a pensar, crear, preguntar, equivocarse, perseverar, relacionarse y resolver problemas.
El esfuerzo cognitivo es parte fundamental del aprendizaje y del desarrollo socioemocional. Buscar una respuesta y no encontrarla, equivocarse, frustrarse, probar otro camino, volver a intentarlo y finalmente comprender son experiencias educativas. El proceso importa más que el resultado.
Una IA que entrega instantáneamente una respuesta extraordinariamente elaborada puede ser formidable para quien ya desarrolló esas capacidades. El riesgo aparece cuando reemplaza precisamente el esfuerzo mediante el cual un niño debe adquirirlas.
Lo mismo ocurre con la convivencia. Aprendemos conversando, escuchando, discrepando, cooperando, resolviendo conflictos y construyendo vínculos. La empatía no se descarga de internet. Se desarrolla relacionándonos con otras personas.
Por eso resulta pertinente la recomendación que UNESCO sostiene desde 2023: propone los 13 años como edad mínima para el uso independiente de IA generativa y plantea protección de datos, formación docente y evaluación pedagógica. En tiempos en que los organismos multilaterales son atacados desde los nacionalismos y sectores de derecha, vale la pena reivindicarla. Proteger el desarrollo de las niñeces no es una posición ideológica.
También el papa León XIV advierte que no debemos confundir inteligencia artificial con inteligencia humana: una máquina procesa información, pero no tiene experiencias ni madura mediante relaciones. El progreso tecnológico puede terminar siendo deshumanizador si aumenta el poder de las máquinas mientras debilitamos los vínculos humanos.
Cuando un laboratorio desarrolla un medicamento, exigir investigación y evidencia sobre su seguridad no significa estar contra la innovación. La historia de la talidomida demuestra por qué existen esos resguardos.
No sabemos si la inteligencia artificial será la nueva talidomida. La enseñanza es clara: cuando una innovación puede afectar profundamente el desarrollo humano, no corresponde esperar a comprobar el daño para investigar sus efectos y establecer límites precautorios.
La libertad económica y la innovación son fundamentales para el progreso, pero no son valores absolutos. El bienestar y desarrollo integral de niñas, niños y jóvenes están por encima de la libertad económica de introducir una tecnología sin conocer suficientemente sus consecuencias.
Chile debería aplicar el mismo principio precautorio: establecer una moratoria temporal al uso directo de IA generativa por niños y niñas en educación básica y utilizar ese período para estudiar y evaluar sus efectos. Esperar estudios de largo plazo mientras la tecnología se incorpora masivamente es llegar tarde.
El genio de la inteligencia artificial ya salió de la botella y no volverá a entrar. Estas y futuras generaciones tendrán que aprender a utilizarla. Pero existe un orden que no podemos invertir.
Primero debemos formar seres humanos reconocidos en su dignidad, capaces de pensar, crear, preguntar, equivocarse, perseverar, relacionarse y resolver problemas. Después debemos enseñarles a utilizar la inteligencia artificial para potenciar esas capacidades, no para reemplazarlas.
La inteligencia artificial nos ayudará a construir una mejor educación si somos capaces de ponerla también al servicio de este propósito: que contribuya a desarrollar seres plenamente humanos y que ella misma nos ayude a evitar que, por depender de sus respuestas, terminemos comportándonos como máquinas.