viernes 11 de septiembre de 2026
Opinión

GRITAR: lo que la tierra recuerda y el ser humano olvida

Recordar a las víctimas en su humanidad, exigir verdad y justicia, defender la democracia y repetir, una y otra vez, que nunca más. Porque la tierra recuerda sus heridas. Y nosotros tenemos la responsabilidad de recordar las nuestras.

11 de septiembre de 2026 - 11:45

Todo tambalea. Lo ha venido demostrando la naturaleza con sus sequías, incendios e inundaciones que ya no sorprenden a nadie. No son catástrofes aisladas, son la reacción de un sistema que lleva décadas absorbiendo el costo de la codicia y que ahora, simplemente, devuelve la factura. Hay algo profundamente elocuente en esa insistencia de la tierra por recordarnos los límites que decidimos ignorar.

Porque mientras el planeta reacciona, el ser humano parece haber olvidado no solo el cuidado de su entorno, sino algo más hondo: su propia razón de existir en comunidad y la obligación mínima de reconocerse en el otro. Si la naturaleza brama para sobrevivir, nosotros callamos, o peor, aplaudimos, mientras se erosiona todo lo que alguna vez llamamos ético.

Hoy se cumplen 53 años del golpe de Estado en Chile, y pareciera que no hay nuevas frases que logren remecer las conciencias más de lo que ya deberían hacerlo los hechos mismos, y recordar sigue siendo necesario. No porque la memoria necesite repetir una y otra vez el pasado para permanecer viva, sino porque una sociedad que deja de recordar comienza, inevitablemente, a perder las herramientas para reconocer aquello que nunca debió ocurrir.

El 11 de septiembre no es solamente una fecha en el calendario. Es una herida de nuestra historia y, al mismo tiempo, una responsabilidad del presente. Es la memoria de quienes fueron asesinados, detenidos, torturados, desaparecidos, exiliados y perseguidos. Es también la memoria de sus familias, de quienes durante décadas buscaron respuestas, de quienes exigieron verdad y justicia y de quienes todavía esperan reparación. Hablar de esta fecha desde los Derechos Humanos es recordar que detrás de cada cifra hubo una vida, una familia, una historia interrumpida y una dignidad que ningún Estado debió haber vulnerado.

Y, sin embargo, todo tambalea.

Figuras que alguna vez fueron consideradas referentes éticos pueden caer de sus pedestales. El caso de Noam Chomsky y las revelaciones sobre su cercanía con Jeffrey Epstein, nos recuerda algo incómodo, pero fundamental: la defensa de los Derechos Humanos no puede depender de la probidad de sus portavoces. No existe análisis lúcido del poder, por brillante que sea, que pueda convertirse en una licencia para relativizar la dignidad de las personas y tampoco deberíamos permitir que la caída de una figura arrastre consigo las ideas que alguna vez defendió.

Porque cada referente que se derrumba puede alimentar el descrédito general, ese relativismo expresado en el “total, todos son iguales”, con el que tantas veces se intenta justificar el cinismo y la indiferencia. Pero los Derechos Humanos no pertenecen a una persona, a un gobierno, a un partido político ni a una figura pública. No se vuelven menos importantes porque alguien que los defendió haya fallado. Son universales precisamente porque están por encima de quienes los proclaman.

Si hasta antes de la pandemia todavía era posible apelar, con cierta confianza, a referentes internacionales sobre buenas prácticas en materia de memoria, educación, condena institucional al negacionismo y rechazo a la apología del fascismo, en pocos años hemos visto cómo el desmantelamiento de los derechos se instala nuevamente en el debate político y social. El avance de discursos de extrema derecha en distintas partes del mundo no ocurre en un vacío: encuentra terreno fértil, allí donde la memoria se debilita, donde la desigualdad se normaliza y donde el otro comienza a ser presentado como una amenaza antes que como un semejante.

Nuestra región parece, por momentos, emular ese guion como si los años transcurridos desde los golpes de Estado del Cono Sur fueran apenas un viejo cuento que ya no incomoda a nadie. En Chile vemos cómo se intenta reinterpretar nuestra historia reciente, cómo hablar a favor de la dictadura cívico-militar deja de avergonzar, cómo el dictador y sus atrocidades encuentran defensores públicos y cómo el INDH, organismo a cargo de cautelar la protección de los Derechos Humanos a través de la supervisión y fiscalización del Estado, es cuestionado y su función, puesta en tela de juicio.

Para eso sí hay convicción y es de no creer. Es ahí donde aparece una de las interrogantes más incómodas que nos deja cada 11 de septiembre: ¿qué ocurre cuando una sociedad comienza a relativizar aquello que alguna vez juró que nunca volvería a permitir? La memoria deja, entonces, de ser solamente un ejercicio de recuerdo y se convierte en una herramienta de defensa de la democracia y de garantía de no repetición.

Frente a ese círculo que parece perverso e infinito, una pregunta se repite en las aulas entre las personas más jóvenes: ¿de qué sirven los Derechos Humanos si incluso los Estados que dicen reconocerlos no los garantizan, y ni siquiera algunas de sus voces más influyentes logran sostenerse sin mancha? Es una pregunta legítima y hay que responderla sin condescendencia. Sirven porque son el piso mínimo consagrado a toda persona por el solo hecho de ser humana. Son el punto de apoyo desde el cual exigir dignidad, libertad, igualdad y justicia, independiente de quién los enuncie o de quién ocupe circunstancialmente el poder.

La pregunta no debería operar como una invitación al abandono, sino como un recordatorio de que hay que defenderlos con más fuerza precisamente cuando más se los ataca. Porque los Derechos Humanos no se defienden solamente cuando es cómodo hacerlo. Se defienden cuando la víctima piensa como nosotros, pero también cuando no piensa como nosotros. Cuando nos conmueve, pero también cuando nos incomoda. Cuando quien sufre pertenece a nuestra comunidad, pero también cuando está lejos. Su universalidad se juega justamente ahí: en nuestra capacidad de reconocer humanidad incluso allí donde resulta más difícil hacerlo.

Por eso el rol insustituible y urgente de la educación en Derechos Humanos, no como un contenido curricular más, aislado y ritual, sino como una práctica cotidiana que enseñe a leer las contradicciones, a cuestionar los discursos de odio, a reconocer la dignidad del otro y a comprender que la universalidad de los derechos se degrada cada vez que se aplica selectivamente: en Gaza, en la República Democrática del Congo, en las rutas migratorias o en nuestra propia historia reciente.

Educar en Derechos Humanos, como bien se ha dicho, es tomar partido por el ser humano, no por las instituciones que dicen representarlo ni por las figuras que dicen defenderlo. Es promover, a la manera de Freire, una educación liberadora que permita pensar críticamente y que no dependa de íconos ni de autoridades morales individuales, por lúcidas que parezcan sus ideas.

Se trata de construir un piso colectivo, sostenido en principios y prácticas, y no en personas, que no tambalee cada vez que una figura cae. Como bien lo resume Ana María Rodino, es un proceso educativo “que enseña la importancia de conocer, valorar y respetar los derechos de las personas como exigencia de su condición de seres humanos y como pautas de convivencia social inclusiva, justa, pacífica y solidaria”.

A 53 años del golpe, la tarea no es solo recordar una fecha y repetir un relato, sino construir una ética compartida, lo bastante sólida como para que ni el derrumbe de un referente ni el avance de la extrema derecha logren, finalmente, hacernos olvidar. Porque recordar no significa vivir anclados en el pasado: significa asumir una responsabilidad con el presente y con el futuro. Es sostener, con la misma insistencia con que la naturaleza grita frente al desastre, que la organización, la información veraz y la educación crítica siguen siendo herramientas para avanzar.

Y quizás eso sea, finalmente, lo que significa conmemorar el 11 de septiembre: negarnos a que el tiempo convierta el dolor en indiferencia. Recordar a las víctimas en su humanidad, exigir verdad y justicia, defender la democracia y repetir, una y otra vez, que nunca más. Porque la tierra recuerda sus heridas. Y nosotros tenemos la responsabilidad de recordar las nuestras.

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