Septiembre es el mes de la memoria, y recordar en Chile significa inevitablemente volver sobre el quiebre de la democracia, las violaciones a los derechos humanos y las víctimas de la dictadura. Pero la memoria nos entrega también herramientas para reconocer los mecanismos mediante los cuales se manipula a una sociedad.
La historia del siglo XX dejó una lección brutal sobre el poder de la propaganda. El nazismo comprendió que para controlar una sociedad no bastaba con ejercer poder sobre sus instituciones. Era necesario influir sobre lo que las personas creían, temían y consideraban verdadero. Para ello utilizó las tecnologías más modernas de la época, simplificó los mensajes, construyó enemigos, explotó temores existentes y repitió determinados relatos hasta convertirlos en parte de la realidad cotidiana de millones de personas. 80 años después las tecnologías son otras, pero los mecanismos de manipulación siguen siendo reconocibles.
Chile también conoce la relación entre poder y mentira. Durante la dictadura, la desinformación y montajes fueron utilizados para negar, justificar u ocultar graves violaciones a los derechos humanos. Uno de los ejemplos más estremecedores fue la Operación Colombo, que intentó instalar la versión de que 119 opositores desaparecidos en Chile habían muerto en el extranjero producto de enfrentamientos entre ellos. Muchos recuerdan el espeluznante titular “EXTERMINADOS COMO RATONES” del diario La Segunda (24 de julio de 1975).
La desinformación política nunca es inocente. La mentira puede servir para obtener votos, justificar persecuciones, fabricar enemigos, encubrir responsabilidades y ocultar crímenes. Recordar los montajes de la dictadura no es solo un ejercicio de reconstrucción histórica. Nos enseña por qué debemos desconfiar de quienes pretenden sustituir los hechos por una realidad construida a la medida de sus intereses.
Hoy no es necesario controlar una radio para difundir una mentira millones de veces. Existen redes sociales, algoritmos, cuentas anónimas, bots y granjas digitales capaces de instalar artificialmente un tema o fabricar la impresión de que una determinada opinión constituye un sentimiento espontáneo y mayoritario de la ciudadanía.
El caso del consultor argentino Fernando Cerimedo vuelve esta discusión urgente para Chile y América Latina. Los antecedentes que se investigan abren una pregunta que nuestra democracia tiene la obligación de responder: hasta qué punto las operaciones digitales organizadas, cuentas automatizadas y campañas de desinformación han intervenido en nuestra conversación pública, procesos políticos y en la democracia.
Una investigación publicada por CIPER reveló, a partir de registros del Servel, que la organización “Unidos somos más fuertes”, que realizó campaña por el Rechazo en el plebiscito de 2022, recibió cerca de $33 millones en aportes y entre sus financistas figura Enrique García, socio chileno de Cerimedo. Durante la campaña del plebiscito vimos circular afirmaciones destinadas a provocar uno de los sentimientos políticamente más poderosos: el miedo. Se dijo que los ciudadanos podían perder sus viviendas, que la propuesta constitucional implicaría cambiar o eliminar símbolos nacionales como la bandera o el himno. Varias de estas afirmaciones fueron difundidas por quien hoy ejerce la Presidencia de la República.
Una mentira de seis palabras puede requerir varias páginas para ser desmentida. Esa asimetría es una de las grandes ventajas de la desinformación. Quien quiere explicar necesita argumentos. Quien quiere infundir miedo necesita solo una imagen, una frase y miles de cuentas dispuestas a repetirla.
Estudiar los mecanismos de propaganda permite reconocer técnicas de manipulación que pueden reaparecer en contextos políticos completamente diferentes. Mensajes simples. Repetición. Explotación del miedo. Construcción de enemigos. Utilización intensiva de las nuevas tecnologías. Saturación del espacio público. La propaganda nazi utilizó la radio, el cine, la prensa y los grandes actos de masas porque eran las herramientas tecnológicas capaces de alcanzar a millones de personas en su época. Nuestra generación posee instrumentos incomparablemente más poderosos: hoy basta un teléfono.
La defensa de la democracia exige algo más que elecciones libres. Exige proteger las condiciones que permiten que esas elecciones expresen decisiones genuinamente informadas. Una democracia no consiste solo en contar votos. Antes de introducir el papel en la urna existe un ciudadano que recibe información, compara alternativas y toma una decisión. Cuando alguien interviene deliberadamente ese proceso con falsedades, identidades ficticias o ejércitos de cuentas automatizadas, el problema no afecta solo a una candidatura, sino la calidad misma de la democracia.
Por eso la memoria no puede ser un rito que practicamos una vez al año. Una memoria viva debe ayudarnos a reconocer las señales del presente y distinguir entre información y propaganda. Quienes nos dedicamos a preservar la memoria conocemos bien esta batalla. Por más de 50 años se ha intentado negar, relativizar o justificar los horrores de la dictadura, y algunos han pretendido convertir en héroes a quienes participaron en asesinatos, desapariciones forzadas y torturas. Frente a ello, la memoria ha permitido conservar los hechos, testimonios, nombres de las víctimas y una verdad que ninguna campaña comunicacional puede borrar.
La memoria nos ha enseñado que la manipulación de la información nunca es inocente. Quien intenta controlar lo que una sociedad cree busca influir sobre lo que esa sociedad decide. Por eso la memoria también es una forma de resistencia y, frente a quienes pretenden borrar los hechos, se alza como una herramienta contra la mentira.