lunes 14 de septiembre de 2026
Opinión

Hablemos de suicidio masculino

Un aspecto fundamental para facilitar el acceso de los hombres al apoyo necesario es fomentar una conversación abierta sobre el suicidio masculino.

14 de septiembre de 2026 - 05:00

“No me gusta la vida. La vida será todo lo bella que afirman algunos cantantes y poetas, pero a mí no me gusta. Que no me venga nadie con alabanzas al cielo del ocaso, a la música y a las rayas de los tigres. A la mierda toda esa decoración. […] He previsto suicidarme dentro de un año. […] Es el plazo que me concedo para poner en orden mis asuntos y para averiguar por qué no quiero seguir en la vida”.

Así comienza Los vencejos (2021), novela del escritor español Fernando Aramburu que narra la historia de Toni, madrileño de cincuenta y tantos que decide suicidarse. “No me gusta la vida”: uno piensa que acaso lo dice cualquiera, a veces, cuando se queda mirando un punto fijo en la ventana del metro, cuando amanece con ese peso en el cuerpo que no cede con el café. Pero Toni lo escribe y le pone fecha: un año para explicarse a sí mismo por qué no.

Durante este periodo, Toni testimonia su desencanto a través de un diario que registra pensamientos y recuerdos. Toni vive rodeado de gente, pero al mismo tiempo se siente completamente solo. Lo que construye Aramburu es la imagen de un hombre que registra el vacío como si llevara una contabilidad, que anota cada decepción, cada gesto de desencanto, hasta convencerse de que ya no más.

Pero la novela también nos deja entrever otra cosa: Toni no piensa en la muerte porque desprecie la vida, sino porque la quiere demasiado. Lo que Toni anhela es una vida compartida. Otra forma de vida, otra forma de seguir. Y esa es, quizá, la lección más incómoda: que el deseo de morir a menudo habla del deseo de vivir distinto.

Toni es uno, pero también son miles. Fuera de la ficción, tres de cada cuatro suicidios en el mundo tienen rostro masculino. En Chile, la tasa de suicidio masculina es cuatro a cinco veces mayor que la femenina. La brecha aumenta en el grupo que tiene entre 30 y 49 años: la edad en que se supone que un hombre ya debería haber conseguido algo (trabajo, pareja, hijos, estatus), pero lo que algunos consiguen, en cambio, es el silencio del que no sabe cómo seguir.

Y las mayores tasas de suicidio del país se observan en los hombres que pasaron los setenta, aquellos que cargan con pensiones miserables, la soledad, la inutilidad fabricada por nuestro modo de organizar la sociedad.

A veces le llaman “paradoja de género”: ellos mueren más, ellas lo intentan más. La psicología suele explicarlo por la elección de métodos distintos (más letales en el caso de ellos), por el peso del alcohol y las drogas en los cuerpos masculinos, y por esas normas que les enseñaron que pedir ayuda era fracasar en el mandato de ser fuertes.

La psicología lo ha desarmado en piezas: el deseo de morir nace cuando alguien siente que es una carga (“mi familia estaría mejor sin mí”) y cuando el sentido de pertenencia se rompe (ese estar solo, sin vínculos, sin un lugar). Pero el deseo no basta. Para que se convierta en acto, hace falta otra cosa: perder el miedo a la muerte, aprender a tolerar el dolor. Y eso se aprende como se aprenden todas las cosas: a fuerza de repetirlo, de exponerse una y otra vez a lo que duele.

Al final, el suicidio aparece cuando todo lo demás falla. Cuando los mecanismos que deberían aliviar el sufrimiento insoportable –la palabra, el vínculo, el cuidado– se quiebran. Eso es lo que Toni escribe en su diario: pensar en suicidarse no es dejar de querer la vida, es no haber encontrado un modo de sostenerla.

Los modelos psicológicos dicen mucho, pero no logran explicar por qué los hombres se suicidan más que las mujeres. Los manuales diagnósticos de la psiquiatría definen criterios y cuentan síntomas, pero no siempre alcanzan a registrar cómo los hombres sienten y expresan su dolor. Y entonces la depresión masculina queda oculta o se subestima. A veces no se muestra como tristeza, sino como irritabilidad, desconexión, agresividad. Conductas que la sociedad tolera –incluso espera– de ellos, y que funcionan como máscara: no es dolor, es carácter; no es vacío, es mal genio. Pero son lo mismo: un modo de encubrir el malestar, de reafirmar la hombría cuando se percibe amenazada.

La literatura académica enumera los factores de riesgo del suicidio masculino. Una lista conocida, reordenada como inventario de fragilidades. Entre los más comunes, los mismos fantasmas de siempre: estar solo, desempleo, deudas y pobreza, haberlo intentado antes, alcohol y drogas, cargar con un trastorno depresivo. En los grandes registros asoma otro factor: cuando la fragilidad económica aprieta, los hombres parecen recibir el golpe con más fuerza que las mujeres. El agobio cotidiano, el estrés laboral o financiero –que en sus extremos desembocan en la sensación de estar atrapado– pueden erosionar la sensación de control sobre la propia vida. Pero la ecuación es doble: la precariedad material se enlaza con el mandato de resistir en soledad. Y así crece el riesgo de suicidio.

Para entender las diferencias en las tasas de suicidio entre hombres y mujeres hay que mirar más allá de la curva estadística, de la química cerebral, del mecanismo psicológico: hay que mirar las normas, los ideales y valores que penetran nuestra piel. Hay que mirar allí donde los factores estructurales se entrelazan con los culturales: las formas de ser hombre. O lo que la literatura llama “masculinidad hegemónica ”.

Tradicionalmente, la adhesión a los valores de masculinidad hegemónica se asocia con la competitividad, la autosuficiencia y la fortaleza emocional, pero también se expresa como supresión emocional, rechazo de la vulnerabilidad y negativa obstinada a pedir ayuda. Normas de género que definen cómo los hombres se ven a sí mismos. Normas que prometen fortaleza, pero reparten silencio y aislamiento. Casi siempre, esas normas funcionan como combustible: no cumplir el estándar de éxito, sentirse inútil, silenciar la necesidad de afecto.

La percepción de no estar a la altura de las expectativas sociales de éxito masculino puede generar sentimientos de incapacidad o fracaso. Y el estigma, mientras tanto, hace su trabajo: aceptar la depresión es aceptar la fragilidad. En la lengua de la masculinidad hegemónica, eso quiere decir derrota. Por eso tantos hombres callan. Y al callar, se encierran. Y al encerrarse, se quedan solos. Y sin ayuda, creen no tener otra alternativa. Ya sabemos cuál.

La masculinidad pesa. Pesa incluso en las formas de sufrir y de morir. Los ideales de masculinidad pueden crear una representación cultural del comportamiento suicida como una respuesta valiente, como un último gesto de honor. Esa intersección entre lo social y lo íntimo es hoy el campo más urgente para entender –y prevenir– el suicidio masculino. Entonces la política pública no puede seguir hablando en neutro. Necesita asumir el género como lo que es: una dimensión decisiva, que atraviesa vidas, dolores, finales. Un aspecto fundamental para facilitar el acceso de los hombres al apoyo necesario es fomentar una conversación abierta sobre el suicidio masculino.

En Cómo no acabar con todo, el escritor canadiense Clancy Martin comparte su experiencia de una vida desgarrada, atravesada por múltiples intentos de suicidio: “Siempre me siento aliviado y agradecido cuando alguien tiene el valor de hablarme del suicidio. Es un tema delicado, que aún hoy es tabú, y la mayor parte de la gente prefiere no mencionarlo. […] Pero el suicidio se encuentra por todas partes a nuestro alrededor, y tenemos que hablar de él. Y, si somos sinceros con nosotros mismos, lo cierto es que todos sabemos algo acerca del suicidio. […] Darte cuenta de que no eres el único que se siente así consigue algo importante. Empiezas a comprender que no eres una persona defectuosa, no eres el único fracasado en un mundo de éxitos fáciles”.

No somos los únicos fracasados en un mundo de éxitos falaces. El suicidio masculino es algo más que la contabilidad de esperanzas desgastadas. Detrás de cada número hay un Toni posible: hombres que no encontraron un modo de decir su dolor. Hombres que no son personajes de novela, que no tendrán lectores, que dejaron apenas un silencio incómodo en las sobremesas. El retrato de lo que callamos.

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En Chile existen distintos espacios de ayuda gratuita (telefónica o en línea) para personas que presenten pensamientos suicidas:

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