sábado 12 de septiembre de 2026
Opinión

Chile con filtros

En este escenario de confrontación constante, dónde el diálogo se ha vuelto un ejercicio imposible, pareciera ser que la única manera de ser escuchados es abandonar la reflexión y simplemente aceptar que (...) lo único que realmente importa, es justamente, no tener filtros.

12 de septiembre de 2026 - 09:00

Durante estos días, las redes sociales se han visto inundadas de imágenes generadas por inteligencia artificial, que glamorizan fotos personales con la temática de los años 80s: luces de neón, cabellos vaporosos y una pátina de nostalgia iluminada de new wave y post punk. Pero este juego virtual que habla de un alegre revival de los 80s, nos muestra descarnadamente los contrastes de nuestra historia y los girones de nuestra memoria como país.

Los años 80s no fueron precisamente glamorosos en Latinoamérica, pero las redes muestran lo que conviene mostrar. El reciente Foro Madrid, cumbre de las derechas “iberoamericanas”, dio cuenta de que existen realidades paralelas que están en las antípodas unas de otras, que existe un mundo real y otro que se oculta bajo los filtros virtuales de las narrativas extremas.

Para una parte del país, la década de los 80s fue la del dólar a 39 pesos, la proliferación de los centros comerciales y el espejismo de un liberalismo económico que prometía un país pujante, donde todo chileno y chilena se jubilaría el año 2000 con el mismo sueldo que tuvo toda su vida.

Estas fueron parte de las promesas incumplidas de los Chicago Boys, pues si bien las reformas lograron estabilizar la inflación, diversificar el comercio y quintuplicar el PIB per cápita chileno en tres décadas (lo que Friedman nombró como “El milagro de Chile”), analistas económicos y la opinión pública en general, coinciden en que los mayores compromisos sociales del modelo quedaron insatisfechos.

Para el grueso de la población, esa década fue sinónimo indiscutible de terror sistemático, represión y una recesión económica que el año 1982, desnudó la fragilidad del modelo monetarista que los partidarios de Pinochet mostraban como una fórmula exitosa para todo el mundo: para los que acumulaban riquezas y para quienes “les chorreaba” el desarrollo.

Hoy, en pleno 2026, esta disonancia histórica parece estar repitiéndose. Al cumplirse exactamente seis meses del gobierno de José Antonio Kast, este 11 de septiembre nos encuentra en un escenario donde la narrativa de la "seguridad a cualquier precio" ha permeado profundamente en un país que no se parece al de los 80s, pero cuya cicatriz permanece y se nota. La libertad, ese concepto que tanto costó recuperar, hoy vibra en otras voces, en personajes que vilipendean la democracia, que se burlan de la desigualdad, que levantan líderes jóvenes y viejas ideas de supremacía.

Las izquierdas mientras tanto, no están muy lejos de los “análisis vintage” en sus diagnósticos. Una lectura distraída puede concluir fácilmente que hay un Plan Cóndor 2.0, idea que si bien encaja de cierta manera con la hoy llamada “Doctrina Donroe” (juego de palabras entre el nombre de Donald Trump y la histórica Doctrina Monroe de 1823, que define la política exterior hegemónica e intervencionista de Estados Unidos), pero que no explica fehacientemente el fenómeno en el Chile de hoy, donde el 73% de la población actual, no había nacido para el golpe de Estado de 1973 y donde una porción no menor de jóvenes menores de 20 años, no saben quién fue Salvador Allende.

Hoy no van a quemar libros los militares, pero hay otros que controlan las redes sociales. Internet, otrora la “plaza pública”, hoy es un dispositivo de vigilancia y castigo. Los algoritmos, bots coordinados en campañas de desinformación y una virtualidad que fragmenta la realidad, operan a una velocidad que la política tradicional no alcanza a procesar. Y lo peor, es que esto sucede muchas veces, con nuestro propio consentimiento.

A seis meses de una administración que capitaliza el miedo, es vital entender que las narrativas de derecha no solo ganan elecciones, sino que ganan el sentido común a través de un espectáculo donde se impone la estridencia, un escenario donde se grita más fuerte para validar una postura, pero donde, irónicamente, se opera bajo la premisa de la absoluta transparencia.

En este escenario de confrontación constante, dónde el diálogo se ha vuelto un ejercicio imposible, pareciera ser que la única manera de ser escuchados es abandonar la reflexión y simplemente aceptar que, en este juego de polarización ya no existen las formas, porque lo único que realmente importa, es justamente, no tener filtros.

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