Los días 4 y 5 de septiembre se realizó en Valdivia el III Seminario Nacional de Aprendizaje al Aire Libre, organizado por la Fundación Club del Bosque Valdiviano y la Universidad del Desarrollo. El encuentro reunió a 140 participantes de 23 comunas y seis regiones: docentes, directivos, especialistas y organizaciones que exploran nuevas relaciones entre educación, naturaleza y entorno. Allí pude presentar el Aprendizaje Nómada que desarrollamos en la Escuela Novomar de Puente Alto y escuchar a Peter Higgins, académico de la Universidad de Edimburgo y referente internacional en este campo.
El encuentro permitió conocer diversas experiencias de aprendizaje territorial, desarrolladas en distintos contextos y modalidades educativas. El intercambio fue tan intenso y significativo que dejó abierta una conversación que puede ser muy relevante para la educación chilena. Frente a las dificultades de aprendizaje, el ausentismo, los problemas de convivencia y la creciente pérdida de sentido de la experiencia escolar, la educación al aire libre ofrece aire fresco a un sistema que lleva demasiado tiempo intentando resolver sus problemas dentro de los mismos límites.
La naturaleza puede ser una extraordinaria aliada. Afuera aparecen movimiento, cuerpo, curiosidad, incertidumbre y contacto directo con fenómenos que dentro del aula muchas veces solo podemos representar. Quizás una parte de nuestra crisis no tenga que ver únicamente con qué enseñamos, sino con las condiciones que hemos construido para aprender. Hemos terminado confundiendo un lugar para aprender —el aula— con el lugar donde necesariamente debe ocurrir el aprendizaje.
Pero existe una pregunta de justicia educativa: ¿quiénes podrán acceder a esta renovación? Sería paradójico que descubriéramos formas más vitales y significativas de aprender y terminaran disponibles principalmente para quienes poseen mayores recursos.
Nuestra experiencia en Novomar demuestra que otras posibilidades existen. Trabajamos con niños y niñas provenientes de algunos de los sectores más vulnerables de la zona sur de Santiago. Durante la pandemia intensificamos el aprendizaje en espacios exteriores y descubrimos algo que transformó nuestra pedagogía: afuera no estaba solamente la naturaleza. Estaba el territorio.
Comenzamos a aprender en plazas, parques, barrios, cerros, ferias y espacios comunitarios; con organizaciones, vecinos, instituciones y saberes locales. Comprendimos que salir del aula no consiste simplemente en trasladar una clase: puede cambiar la relación entre escuela, aprendizaje y mundo. El territorio dejó de ser escenario y comenzó a actuar como agente educativo.
Esta experiencia permite ampliar la conversación desde la educación al aire libre hacia un campo mayor: las Pedagogías Territoriales. Allí pueden encontrarse experiencias ambientales, rurales, comunitarias, urbanas, interculturales, científicas o vinculadas al patrimonio y la memoria, sin perder sus singularidades. No todas las escuelas tienen un bosque cerca, pero todas tienen territorios con los cuales aprender.
En Valdivia apareció precisamente la necesidad de encontrarnos y compartir estas experiencias. Quizás ahora corresponda un paso mayor. Muchas existen gracias al compromiso extraordinario de líderes, docentes y comunidades, pero todavía deben resolver individualmente barreras de financiamiento, movilidad, horarios, currículo y organización escolar. Una inovación que depende permanentemente del esfuerzo excepcional de quienes la impulsan difícilmente puede transformar un sistema.
Por eso necesitamos comenzar a pensar una política de Pedagogías Territoriales: investigar lo que ya existe, producir evidencia, conectar experiencias y generar condiciones para proyectarlas. Una política que habilite sin prescribir, que aprenda de quienes ya están experimentando y facilite respuestas locales y diversas, en lugar de regularlas o estandarizarlas.
Tal vez ampliar las oportunidades educativas no signifique solamente garantizar una mejor escuela. Puede significar también ampliar el mundo con el que cada niño tiene derecho a aprender. Allí, en esa relación entre escuela y mundo, puede estar una de las oportunidades de renovación que nuestra educación necesita.