Alternativa para Alemania (AfD), tratada durante años como una fuerza marginal, acaba de lograr un resultado histórico, cerca del 44% de los votos, convirtiéndose en la primera fuerza política regional. No significa que gobierne aún, pero el dato es demoledor. Desde la derrota del nazismo, nunca la extrema derecha había quedado tan cerca de encabezar un gobierno regional alemán. Esto llega tras el 20,8% obtenido en las federales de 2025, que la convirtió en la segunda fuerza del Bundestag. Lo que parecía una frontera infranqueable comienza a resquebrajarse.
Alemania conoce mejor que nadie hacia dónde conduce el nacionalismo exacerbado, la propaganda y la construcción de enemigos. Por eso esto debería preocupar mucho más allá de sus fronteras y encender alarmas.
La nueva ultraderecha ha aprendido algo fundamental, no necesita la estética del fascismo clásico. Puede presentarse con traje, lenguaje institucional y campañas digitales que convierten el malestar cotidiano en combustible político. Habla de seguridad para movilizar el miedo; de patria para fabricar identidad; de inmigración para señalar un culpable; de familia para imponer una moral al conjunto de la sociedad.
Ahí aparece una de sus mayores contradicciones: quienes dicen a los demás cómo deben vivir, muchas veces no viven bajo las mismas reglas que proclaman.
Alice Weidel, principal figura de AfD, es lesbiana y vive con su pareja y sus hijos, mientras su partido reivindica la familia tradicional y combate las políticas de igualdad. Su vida privada no debería importarle a nadie: tiene derecho a amar y criar como quiera. El problema no está ahí, sino en el destino político de esa libertad. Ella puede ejercerla sin obstáculos; su proyecto, en cambio, trabaja para que esa misma libertad deje de estar garantizada para el resto. No es una incoherencia biográfica: es una jerarquía entre quienes quedan dentro de las excepciones que se permite el poder y quienes quedan fuera de ellas por decreto de ese mismo poder.
En España conocemos esa lógica. Santiago Abascal reivindica patria, ejército y recuperación del servicio militar, aunque él mismo no hizo la mili. Ha construido parte de su discurso contra las ayudas públicas y contra quienes, según su relato, viven del Estado, mientras desarrolló buena parte de su carrera ocupando cargos públicos y cobrando de las mismas instituciones que cuestiona.
No se trata de juzgar su vida privada, sino de desnudar una fórmula que se repite: libertad para ellos, disciplina para los demás.
América Latina tampoco está al margen. Kast, Milei o Bukele representan, con diferencias evidentes, expresiones de una derecha radical que convirtió el miedo y la frustración social en capital político. La receta cambia según el país, pero el mecanismo se repite: identificar un enemigo, amplificar su amenaza y ofrecer al líder fuerte como única salida.
El inmigrante. El pobre. El feminismo. La izquierda. Las personas LGTBI. El "globalismo". Las élites, cuando conviene. Cualquier adversario sirve si canaliza frustraciones reales hacia un culpable concreto.
Aquí está quizá el mayor peligro de esta ultraderecha, o neofascismo, no necesita destruir la democracia para conquistarla. Puede usar sus propias reglas para llegar al poder y, una vez dentro, erosionar sus límites.
Por eso Alemania debería ser una preocupante realidad y no un resultado electoral más. La historia demuestra que las democracias no desaparecen de un día para otro: también pueden ir perdiendo defensas lentamente, elección tras elección, mientras la sociedad se acostumbra a discursos que antes parecían inaceptables.
La responsabilidad recae también sobre las fuerzas democráticas. Cuando los partidos tradicionales adoptan el lenguaje de la ultraderecha para frenarla, muchas veces logran lo contrario: normalizan sus ideas y desplazan el límite de lo aceptable.
Lo verdaderamente peligroso no es solo que AfD crezca. Es que una parte de la sociedad empiece a considerar normal que la extrema derecha gobierne y que ciertos ciudadanos sean tratados como menos legítimos que otros. Esto ya ocurrió antes y sabemos cómo terminó.
El neofascismo no necesita botas ni uniformes para avanzar, como le vimos actuar en la década de los 60-70 en Latam y que en estos días conmemoramos 53 años de la instalación de la oscura noche en Chile. Hoy le basta con una papeleta, un algoritmo que amplifica el miedo, un Cerimedo trabajando detrás de los Bots y un discurso que suena a sentido común. Puede tener millones de seguidores, dominar las redes y presentarse como la única alternativa frente a un sistema que muchos sienten agotado. La ultraderecha ya no está golpeando la puerta. Está adentro mojigatamente.
La pregunta no es solo hasta dónde pretende llegar. Es cuánto estamos dispuestos a permitirle antes de comprender que la historia no siempre avisa dos veces.