En Chile, las negociaciones entre grandes potencias suelen parecer asuntos lejanos, hasta que sus decisiones alcanzan el comercio, las inversiones o las tecnologías de las que dependemos. Conviene mirar qué acuerdan Washington, Pekín y Moscú y qué espacio dejan para los demás.
Estados Unidos mantiene capacidades militares, financieras y tecnológicas de alcance mundial, mientras China combina su peso industrial con una creciente concentración de conocimiento científico. Rusia conserva un poder nuclear desproporcionado respecto de su economía. Los tres pueden condicionar decisiones internacionales, pero por medios distintos y con un alcance desigual. Hablar de una posible tripolaridad exige reconocer esas diferencias y distinguir la distribución del poder de la disposición a compartir reglas.
Conversar mientras se compite
La visita de Xi Jinping a Washington ofrece un ejemplo. El 26 de septiembre, la Cancillería china anunció un entendimiento sobre estabilidad estratégica, un diálogo sobre inteligencia artificial, con una próxima ronda en noviembre, y un canal para incidentes relacionados con esa tecnología. También informó avances hacia un memorando sobre comunicación militar y prevención de crisis.
La Casa Blanca confirmó el marco de estabilidad y el diálogo tecnológico. Falta comprobar su implementación. Mantener abiertos esos canales permite discutir una diferencia antes de que escale.
La convivencia entre Estados sin un gobierno mundial ocupa el centro de La sociedad anárquica, del teórico australiano de las relaciones internacionales Hedley Bull. La diplomacia y las reglas pueden sostenerla aunque persista la desconfianza. Su eficacia se prueba cuando respetarlas exige renunciar a una ventaja.
Conviene distinguir, sin embargo, la estabilidad entre las potencias de la seguridad de quienes quedan fuera de sus conversaciones. Un entendimiento que reduzca el riesgo de choque directo puede coexistir con presiones comerciales, amenazas a terceros o pretensiones de decidir dónde termina la soberanía ajena. Importa, entonces, examinar qué compromisos asumen los participantes y sobre quién recaen sus costos. Para un país de menor tamaño, el valor de un acuerdo también depende de que pueda defender sus intereses y recurrir a reglas que los más poderosos acepten cumplir.
La supervivencia también se negocia
La Casa Blanca informó que Trump propuso negociaciones de control de armamentos con Rusia y China. Es una iniciativa estadounidense, todavía sin acuerdo trilateral. La expiración de New START dejó los arsenales estratégicos estadounidenses y rusos sin los límites vinculantes del tratado. El 5 de febrero, el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, pidió un marco sucesor verificable.
Evitar una guerra devastadora constituye un interés compartido entre adversarios. En La estrategia del conflicto, Thomas Schelling, economista estadounidense dedicado al estudio de la disuasión nuclear, examinó cómo las amenazas, las señales y los compromisos modifican las expectativas del contrario. El temor a una catástrofe permite negociar, aunque cada parte siga buscando cómo sacarle ventaja a la otra.
Las obligaciones deberán considerar capacidades diferentes. SIPRI estimó unas 620 ojivas chinas para enero de 2026; Rusia y Estados Unidos reunían aproximadamente el 83% de las ojivas en inventarios militares utilizables. Pekín sostiene que los mayores poseedores deben asumir la responsabilidad principal de reducirlos. Compartir un peligro no significa aceptar la misma distribución de esfuerzos.
Los que quedan fuera de la mesa
Después de las guerras napoleónicas, incorporar a Francia al equilibrio europeo podía resultar más seguro que excluirla. El Congreso de Viena de 1814–1815 recuerda que las potencias pueden administrar diferencias sin volverse amigas, pero también reservarse una participación privilegiada en decisiones que afectan a otros.
Hoy existen más actores y economías conectadas. La asociación entre Moscú y Pekín podría reforzar dos grandes agrupamientos antes que tres polos autónomos. Además, para evaluar cuánto pesa cada país hay que mirar sus capacidades tecnológicas.
China encabeza 69 de las 74 áreas del rastreador de tecnologías críticas de ASPI, actualizado en junio. El indicador mide investigación de alto impacto, no superioridad integral en producción o aplicación militar. Esa investigación puede dar a unos países mayor control sobre tecnologías que otros necesitan.
Frente a esa concentración de poder, algunos países procuran ampliar sus opciones. En la consulta de ISEAS a actores informados del Sudeste Asiático, el 55,2% prioriza fortalecer la unidad y resiliencia de ASEAN frente a las potencias. La Asia Pacific Foundation of Canada identifica integrantes de BRICS+ que diversifican relaciones sin compartir una estrategia de confrontación con Occidente.
Chile también puede fortalecer su capacidad de negociación mediante acuerdos con países que compartan intereses concretos, aunque discrepen en otros asuntos. Coordinar posiciones sobre comercio o inversiones permite negociar con más respaldo. En casa, hacen falta criterios públicos para evaluar proyectos y equipos que puedan examinar sus condiciones. La continuidad institucional importa: los compromisos internacionales necesitan seguimiento más allá del gobierno que los suscribe. Cooperar con otros exige saber qué intereses defender y contar con instituciones capaces de sostenerlos cuando un socio importante presiona.
Preservar autonomía también exige abordar dependencias concretas: quién provee nuestra infraestructura digital y bajo qué condiciones. Diversificar proveedores y desarrollar conocimiento propio ayuda a sostener decisiones frente a presiones externas. La Carta de la OEA prohíbe intervenir en otros Estados; hacer valer ese principio requiere también capacidad política. Porque cuando los grandes arreglan la casa, más vale saber si a uno le están reservando un lugar o lo van a dejar en el patio.