viernes 09 de octubre de 2026
Opinión

Pedagogía de la maleza

Si trabajamos educando a las nuevas generaciones, lograremos que, cuando arranquen una hierba espontánea de esas que se llaman maleza, sepan al menos qué planta están arrancando, para qué lo están haciendo y qué cosas pueden hacer para aprovecharla.

9 de octubre de 2026 - 16:45

Desde mi trabajo en educación ambiental, he podido percatarme de un sentimiento negativo generalizado hacia las plantas espontáneas; esa hierba que crece sin la autorización de la planificación humana es tratada como si fuera peligrosa. Podemos culpar a la distancia que hemos creado entre lo «normal» y lo «natural».

Lo normal para el habitante de la ciudad es una alfombra de pasto, árboles estilizados y flores que no se marchitan. Lo natural, en cambio, es que esa alfombra verde solo se vea un par de días tras las primeras lluvias, pronto los brotes se transformarán en biodiversidad desordenada, florecerán en primavera y morirán en verano, dejando la semilla en una tierra un poco más fértil. Así lo hace el desierto florido; así lo hace cualquier baldío o jardín desatendido.

La necesidad de un orden estético nubla la capacidad de mirar la organización de la naturaleza sucediendo. Por una parte, se le exige a la naturaleza que se comporte como jardín incluso cuando no hay jardinero. Por el contrario, una ciudad consciente de los fenómenos naturales espontáneos puede aprovechar de mejor manera los ciclos de la naturaleza y sus beneficios; puede, sin duda, gestionar mejor sus recursos.

Un espacio en que el odio y la rabia hacia la hierba espontánea son especialmente perjudiciales es el ámbito educativo. El querer eliminar todas y cada una de las plantas que emergen sin permiso, como un comportamiento automático, limita el potencial escolar y nos hace perder la capacidad de observar y entender cómo se expresa la naturaleza cercana. ¿Qué plantas aparecen y por qué? ¿Qué función cumplen? ¿Qué propiedades tienen y qué uso podemos darles? Son preguntas pertinentes y saberes prácticos.

Incluso, es un saber que nos puede prevenir del peligro real: reconocer la cicuta nos evita confundirla con otras especies, así como reconocer la ortiga nos previene del ardor si sabemos el truco para anular sus efectos antes de tocarla. De igual forma, pero en otra dirección, podemos preparar medicina con llantén, bolsita de pastor o diente de león; podemos saber que se puede comer malva y verdolaga.

La maleza habita donde las personas abandonan u olvidan; por lo mismo, y en contraposición, es muy fácil observar el tránsito por un espacio de juego. Donde se corre y salta, la tierra se compacta y no crece nada, mientras que los caminos secretos quedan a la vista del que sabe mirar.

Y por mucho que idealicemos la conexión de las infancias con la naturaleza, un huerto escolar es un lugar hostil para las plantas, no solo por la maleza espontánea (que espanta y enoja a tanta gente como una mujer con axilas peludas), sino porque el trato cuidadoso requiere un aprendizaje. Un niño puede arrancar un fruto inmaduro por curiosidad, extirpar flores para adornar un juego que termina con el recreo, o pisar sobre lo que sus manos sembraron por la urgencia de pillarse; un alumno desregulado puede, incluso, descargar su rabia sobre las plantas.

La maleza, en ese sentido, es un colchón vivo que amortigua la energía infantil, que permite ocupar materiales para construir casitas, triturar hojas para pintar, generar biopreparados para fortalecer la tierra o simplemente convertirse en compost.

Por eso mismo es importante cambiar el paradigma de relación con la naturaleza, tanto en lo racional como en el sentimiento. Demasiadas veces he visto a la biodiversidad espontánea ser limpiada sin criterio, aunque tampoco estoy planteando el extremismo de dejar que las plantas tomen el control de la ciudad.

Pero, si trabajamos educando a las nuevas generaciones, lograremos que, cuando arranquen una hierba espontánea de esas que se llaman maleza, sepan al menos qué planta están arrancando, para qué lo están haciendo y qué cosas pueden hacer para aprovecharla.

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