Con los libros puede producirse, al momento de escogerlos para llevarlos a casa, algo semejante al amor a primera vista. Leí a Héctor Abad Faciolince simplemente porque el título de aquel primer libro suyo que adquirí era de una belleza total: “El olvido que seremos”. Simplemente me dije que si alguien titula así su libro, debe escribir maravillosamente bien. Y no me equivoqué.
Es un libro hermoso, evocador, cálido, Es una enorme conversación. Es que eso pasa con Abad Faciolince: que a poco andar es sencillamente Héctor, alguien a quien si lo viéramos en la calle tendríamos la tentación de darle un abrazo e invitarlo a degustar un buen vino y preguntarle por su vida.
Así que cuando vi en las estanterías de una de las librerías que siempre visito su libro “Ahora y en la hora”, no dudé un instante. Cuando advertí el resumen del contenido en la contratapa, menos dudas aún tuve: el testimonio acerca de la tragedia de una muerte absurda, a cargo de un misil con 600 kilos de explosivos aterrizando en un restaurant donde las personas comen pizza y conversan. En realidad no fue una muerte absurda, sino trece muertes absurdas, gracias a la brutalidad homicida de Putin.
Murieron personas muy jóvenes, entre ellas dos hermanas gemelas de 14 años a quienes su padre, quien quedó vivo pero muerto en los demás sentidos, había invitado a comer para celebrar sus buenas notas en el Colegio. Y murió Victoria Amélina, una escritora ucraniana que compartió con Héctor los días en que fue de visita a ese país, hasta que su conciencia se apagó para siempre en ese restaurant de Kramatorsk que se desplomó sobre civiles que reían, brindaban, conversaban y soñaban hasta unos segundos antes.
Es un libro escrito con una pluma depurada, bella y, por sobre todo, transmisora de las alegrías y las penas, las certezas y las dudas. La sinceridad de Abad es superlativa.
Es un libro profundamente antibelicista, como los mejores del género, en un mundo donde las guerras sobran y la valentía para apostar por la bondad y el pacifismo escasean.
En sus páginas comprendemos y nos enteramos –siempre nuestra ignorancia es vasta– de las tragedias y la maldad humana que Ucrania ha debido sufrir en tantos momentos de su historia. Las tres últimas agresiones han sido terribles: las hambrunas genocidas de Stalin; el holocausto nazi que arrasó con su población judía, la más numerosa en Europa; y el ataque brutal del ejército ruso, bajo las órdenes de otro personaje violento y cruel, como es Putin.
Sobre esta invasión rusa a Ucrania, que como bien se nos recuerda, había en realidad comenzado con la anexión de Crimea, en 2014, Abad nos ilumina volviendo a lo simple, a lo que podemos todos entender usando nuestros cerebros sensatamente y sin necesidad de ser expertos en geopolítica: esta es una guerra de agresión, un ataque en contra de otro país sencillamente porque quiso usar su soberanía y unirse a la Unión Europea.
Claro, dice Putin, eso dejaría a Rusia limitando con la OTAN, lo que es inaceptable. ¿La solución? Arrasar un país, matar niños y mujeres, destruir hospitales, además de objetivos militares, por supuesto. Y si esa razón no parece suficiente para algunos, entonces Putin sale a defender a las víctimas de los nazis en Ucrania, a los rusos que no pueden allí hablar su lengua porque pueden ser agredidos. Es un rescate que nos recuerda tan claramente a Hitler y sus explicaciones para amenazas Checoslovaquia: en los Sudetes viven alemanes amenazados y víctimas de abusos. Es un rescate.
Pero esto no son más que excusas, las que siempre los agresores tendrán. La verdad, en Chescolovaquia de1939 o en Ucrania en febrero de 2022, es que las guerras de agresión son solo eso. Una agresión injustificable, aunque se coloree con palabras como rescatar o desnazificar, o con una medida preventiva inevitable.
La guerra es siempre evitable para quien agrede y la inicia. Siempre es un acto profundamente inmoral, porque las muertes de hombres, mujeres y niños es una maldad extrema; los niños mutilados o huérfanos, los padres que pierden hijos y con ello muchas veces el sentido completo de la vida, son cuestiones que no pueden pasarse por alto en un tratado de geopolítica, como si jugáramos ajedrez y estuviésemos decidiendo entre comer o no el peón del adversario.
En las últimas páginas, Abad Faciolince reflexiona con una profundidad y belleza que no pueden sino conmover. Dice, por ejemplo, que el mal que intenta describir no es anónimo ni abstracto, porque tomamos conciencia de algo que sabemos desde niños: que más que maldad, hay malos. Podemos analizar la maldad desde la filosofía, como lo hace maravillosamente Susan Neiman, por ejemplo. Pero de lo que hay que cuidarse en definitiva es de los perversos, de los malvados, de Hitler, Stalin, Pinochet o Putin. Y por eso, con enorme acierto, Abad Faciolince recuerda la idea de Vasili Grossman acerca de que la maldad es una persona con un rostro y un nombre.
Pero tiene otra reflexión conmovedora, cuando recuerda un episodio de su niñez en la que, teniendo unos ocho años y habiendo aprendido ya a nadar gracias al Negro Torres –es tan intensa la manera en que nos comparte su vida, que ya casi conocemos a ese profesor–, observó paralogizado cómo su hermana menor se estaba ahogando. No se atrevió a lanzarse al agua a rescatarla. Y, ahora, más grande, confiesa que tras la explosión se alejó del lugar, choqueado, con su ropa llena de una mezcla de sangre y tierra, para deambular tan lejos como pudiera del restaurant, ante el temor por la costumbre rusa de enviar un segundo ataque para terminar el trabajo que el primer misil hubiese dejado inconcluso, por si falta un poco más de horror y sufrimiento.
Así que abandonó el lugar mientras otros de los comensales se quedaron con Victoria Amélina, ya inconsciente, tratando de ayudar o reconfortarla de algún modo. Por esos dos episodios, este escritor colombiano, hoy de 67 años si no me equivoco (nació en 1958), se asigna la etiqueta de cobarde y asume que en ellos se muestra su auténtica naturaleza.
Pero a mí me parece un hombre de una valentía extrema. Asustado por la detonación de una defensa antiaérea, atemorizado por ideas sobre la pérdida de los hijos –comparto completamente su terror, porque creo que es lo único que verdaderamente me destrozaría– o lleno de aprensiones sobre acercarse a la frontera, de todos modos este hombre viajó a Ucrania y llegó hasta Kramatorsk, de todos modos trata a Putin de hipócrita, de todos modos escribe lo correcto.
Y a mí me parece que exponerse ante los demás como si fuese un cobarde, y argumentar en favor de esa tesis, solo lo puede hacer un hombre infinitamente valiente.
Eso pasa con este libro. Que nos conecta con sentimientos todo el tiempo: odiamos la guerra, nos emocionamos con el amor de Héctor por sus hijos, lloramos la muerte de una escritora joven y talentosa a causa de la estupidez y perversidad de Putin, aprendemos a mirar nuestras vidas como un milagro fácil que no permite a nadie sensato enojarse por minucias o ahorrarse palabras de amor a quienes se ama. Pero, sobre todo, nos adentramos en la humanidad profunda de Abad Faciolince, quien al final del libro es simplemente Héctor y a quien en nuestra imaginación le damos un gran abrazo por hablarnos así y por enseñarnos dónde está realmente la valentía y qué significa ser valiente.