martes 26 de mayo de 2026

En defensa del libro: Lo que la medicina aprende leyendo

En tiempos que privilegian la velocidad y el rendimiento, los libros siguen abriendo un espacio imprescindible para comprender la vida en su fragilidad. Allí, la medicina encuentra una de sus dimensiones más humanas.

26 de mayo de 2026 - 16:45

El libro constituye, por varias razones, un elemento imprescindible para aquellas sociedades que buscan abrir nuevas posibilidades de desarrollo humano más allá de la lógica del “rendimiento”. Casualmente, este aspecto ha sido motivo público de polémicas por estos días.

Hemos escuchado con poca sorpresa expresiones sarcásticas que desprecian al libro, un gesto que, en el fondo, puede leerse también como desprecio hacia el pensamiento. No es casual que, en épocas no tan lejanas, los libros hayan sido ocultados, censurados o quemados, en un intento por impedir que el pensamiento emerja y circule.

Para quienes nos desenvolvemos en la medicina y la educación, los libros no son solo refugios estéticos: son también herramientas para comprender mejor a las personas. La medicina, cuando realmente aspira a comprender el sufrimiento humano, necesita acudir a fuentes que no son exclusivamente científicas. La literatura, desde hace siglos, se ha dedicado precisamente a observar, describir y descifrar aquello que escapa a toda medición.

Desde los textos fundacionales como el Corpus Hippocraticum, con sus relatos sobre cuerpos y climas, o la mirada aguda de Chéjov sobre pacientes y médicos, la literatura acompaña a la medicina en su intento por comprender la vulnerabilidad humana.

Tolstói no describe una patología en La muerte de Iván Ilich, sino lo que el dolor produce en una vida. Kafka, en Un médico rural, retrata la impotencia del clínico frente a situaciones que lo exceden. Thomas Mann convierte el sanatorio de La montaña mágica en un auténtico laboratorio existencial. Y Annie Ernaux, en El acontecimiento un espacio preciso donde el cuerpo femenino intervenido se vuelve legible en toda su densidad política y emocional.

Ningún manual médico contiene estos saberes. Son territorios donde la medicina entra en diálogo con aquello que no puede medir.

En nuestro continente, la literatura ha sido históricamente una forma de sobrevivencia y crítica. Así, autores latinoamericanos se transforman en cartógrafos de la experiencia humana que los médicos encontramos a diario en la práctica clínica. Algunos ejemplos de ellos son Gabriela Mistral, quien, al escribir sobre el cuerpo doliente, la maternidad, el duelo y la ternura, ofrece claves afectivas para pensar el cuidado más allá del protocolo. Pedro Lemebel, en sus crónicas, describe fragilidad en cuerpos marcados por la pobreza, el VIH, la violencia y la marginación con un nivel de afectación que ningún informe epidemiológico puede alcanzar.

Julio Cortázar, en sus cuentos, expone la tensión entre enfermedad, familia y deseo con una lucidez que ilumina aquello que ocurre fuera de la ficha clínica.

El ejercicio clínico tropieza muchas veces, y no necesariamente por falta de conocimientos técnicos, sino por una carencia de imaginación interpretativa. La literatura entrena justamente esa capacidad: la de leer silencios, atmósferas, contradicciones y temores.

La medicina encuentra en la literatura aquello que los libros científicos no enseñan: cómo se siente una vida cuando la salud se interrumpe.

También los espacios sanitarios son fuente de narrativa. El hospital, en particular, es literatura en estado puro: allí se entrecruzan dramas íntimos, decisiones éticas, vínculos fugaces y miedos universales. Quizás por eso tantos escritores —médicos o no— regresan una y otra vez a ese escenario. Leída a la luz de la literatura, la medicina deja de ser únicamente una técnica y se transforma en una forma de comprender la vida en su estado más vulnerable.

Por estas razones, desde la educación resulta difícil prescindir de estos saberes en la formación de profesionales de la salud. De ello da cuenta la experiencia de Paloma Figueroa, interna de medicina, quien, desafiando los recorridos habituales, decidió incursionar en investigaciones en estas áreas en la Universidad de Valparaíso:

La determinación de adentrarme en este campo nació de la curiosidad por comprender la relación existente entre la medicina y la narrativa, así como la manera en que ambas disciplinas pueden complementarse en la práctica clínica. Más allá del interés académico, surgió la necesidad de reflexionar sobre cómo la medicina puede enriquecerse de las experiencias humanas para así comprender la enfermedad no solo como un fenómeno orgánico, sino que también como una vivencia que comprende emociones, contextos sociales, vínculos y experiencias personales.

A medida que profundizaba en estas áreas, fui reconociendo que la literatura ofrece un espacio capaz de fortalecer aspectos fundamentales de la práctica médica, tales como la empatía, la escucha activa y la construcción de una atención más humana y centrada en la persona. Esta aproximación permite cuestionar ciertos modelos tradicionales de enseñanza y práctica clínica excesivamente enfocados en la productividad o en lo técnico del actuar médico, dejando en segundo plano la experiencia subjetiva de los pacientes y de los profesionales de la salud.

La experiencia ha sido muy enriquecedora, no solo desde el punto de vista intelectual, sino que también personal y formativo, ya que la atención clínica parece haberse sistematizado hasta transformarse en un ejercicio mecánico, acelerado y despersonalizado, donde el cumplimiento de protocolos y exigencias productivas ha ido desplazando la dimensión más humana de la profesión. La literatura me ha permitido mirar con mayor claridad aquello que puede pasar inadvertido en la práctica cotidiana como el miedo, la soledad, la vulnerabilidad y otras formas de sentir respecto al proceso de enfermedad. Inevitablemente entristece que el acto médico pueda perder sensibilidad cuando se distancia de la escucha.

En cuanto a lo anterior, si bien existe esta incomodidad, puede surgir también la esperanza a partir de la narrativa, ya que aparece como una posibilidad concreta de recuperar espacios de humanidad dentro del sistema sanitario. Su aporte no está solo en promover una manera diferente de relacionarse con el sufrimiento humano, sino que también se encuentra en cómo la educación médica puede enriquecerse de aquello para lograr una práctica más reflexiva y empática. Comprender la enfermedad desde el relato permite volver a situar a la persona en el centro de la atención.

Leer no es un lujo en medicina, sino una forma de afinar la mirada y la escucha, de aproximarse a la complejidad. En tiempos que privilegian la velocidad y el rendimiento, los libros siguen abriendo un espacio imprescindible para comprender la vida en su fragilidad. Allí, la medicina encuentra una de sus dimensiones más humanas.

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