Ejercer una decanatura en el siglo XXI, sin duda, supone administrar una paradoja. La universidad es una de las instituciones más longevas de Occidente, nacida para custodiar y transmitir un saber acumulado; sin embargo, opera hoy dentro de una economía cuya lógica ya no es la de la fábrica ni la del archivo, sino la de la “plataforma”.
El decano o la decana que no advierta que su facultad opera dentro de esa lógica de extracción, y en tensión con ella, actuará para un mundo que ya no existe. La primera tarea política de una decanatura contemporánea es, por tanto, epistemológica: decidir qué significa producir y distribuir conocimiento cuando el conocimiento se ha vuelto la principal fuerza productiva de la economía.
Esa disputa se libra primero en el currículo. Durante siglos, el plan de estudios funcionó como una arquitectura de compartimentos: disciplinas cerradas, secuencias rígidas, credenciales que certificaban la pertenencia a un gremio. Esa arquitectura respondía a una sociedad industrial que necesitaba especialistas estables para instituciones estables.
Transformar el currículo no es añadir asignaturas “de moda”, ceder a la presión del mercado laboral o mantener/integrar las materias propias de los docentes de turno, porque muy probablemente todo ello mañana quedará obsoleto. Es diseñar trayectorias flexibles que articulen núcleos de formación crítica con itinerarios interdisciplinarios, que enseñen a pensar en sistemas y no en casilleros, y que devuelvan al estudiante la autoría de su propio recorrido.
Una decanatura del siglo XXI debería entender que el currículo es un dispositivo de poder: define quién accede a qué saberes, y por tanto quién quedará dentro o fuera de los circuitos donde hoy se decide el destino social. Democratizar el currículo es democratizar el futuro, y hacerlo exige coraje: toda redistribución del saber es una redistribución del poder.
La segunda gran transformación es tecnocientífica, y su nombre concentra hoy todas las esperanzas y todos los miedos: la inteligencia artificial. Conviene resistir tanto al entusiasmo ingenuo como al pánico reactivo. La automatización del procesamiento de información no es una herramienta más que se “adopta”; es una mutación en las condiciones mismas de producción del conocimiento, comparable a lo que la imprenta significó para la palabra escrita.
Y no es una mutación neutral: los grandes modelos son propiedad de las mismas corporaciones que dominan las plataformas, se entrenan con datos cercados -incluido el trabajo intelectual de generaciones de académicos, apropiado sin consentimiento ni retribución- y se transan después como servicios por suscripción. La universidad corre el riesgo de convertirse en cliente cautivo de una infraestructura que ella misma alimentó con su producción. La situación es incómoda para quien confundió educar con transmitir datos: lo que no se automatiza es el juicio, la capacidad de formular buenas preguntas, de discernir lo relevante de lo trivial, de asumir responsabilidad por las decisiones.
Aquí aparece la tercera transformación, la más silenciosa y la más decisiva: el desplazamiento del conocimiento en las humanidades. En una economía organizada por plataformas que procesan cantidades ingentes de información, el bien más escaso no es el dato sino el “sentido”: la capacidad de convertir información en comprensión, y comprensión en juicio orientado a valores.
Las humanidades son precisamente la disciplina del sentido. Cuando la cultura misma se vuelve un espacio de virtualidad, donde la experiencia está crecientemente mediada por pantallas y la identidad se construye y se disputa en circuitos que las plataformas administran, se necesita con más urgencia que nunca a quienes sepan leer críticamente los relatos, historizar el presente, interrogar el lenguaje del poder y sostener la deliberación democrática.
Las humanidades no compiten con la tecnociencia: la vuelven habitable, porque solo ellas enseñan a preguntar para qué sirve todo lo demás y a quién beneficia. Una decanatura del siglo XXI que sacrifique la filosofía, la historia, la literatura o las artes en el altar de la eficiencia estará amputando la única facultad capaz de dotar de finalidad a todas las demás. El problema no es que las humanidades hayan perdido relevancia, sino que su relevancia hoy es tan política que incomoda.
En este mismo sentido, las pedagogías constituyen la garantía para extender, replicar y transferir todas estas convicciones más allá de los muros. Si las humanidades son el sentido, las pedagogías son la transmisión de ese sentido.
La universidad es uno de los últimos territorios públicos que resisten la lógica de la plataforma. Un espacio deliberativo, encarnado, donde personas concretas se reúnen a pensar en común y a disputar el sentido del mundo. Frente a una lógica que tiende a fragmentar, acelerar y mercantilizar cada gesto, la decanatura tiene una responsabilidad contracultural: preservar el tiempo lento del estudio, la copresencia del aula, la comunidad como forma de conocimiento.
Dirigir una facultad es ejercer una forma de “poder comunicativo ”. No el poder de mandar, sino el de construir sentido compartido, articular voluntades dispersas y proyectar hacia la sociedad una voz que defienda el conocimiento como bien común y no como mercancía.
La decanatura que esté a la altura de su tiempo asumirá que su misión no es administrar la decadencia de un modelo agotado, sino el conducir una transición hacia un currículo que emancipe en lugar de encasillar, hacia una tecnociencia gobernada por criterios públicos y no (siempre) privados, y desde las humanidades reinstaladas en el centro como brújula ética de todo el proyecto.
La universidad del siglo XXI resistirá como institución pública o se disolverá en una plataforma más; y solo merecerá seguir existiendo si sostiene con obstinación aquello que la plataforma por sí sola no produce: pensamiento crítico, sentido compartido, autonomía y ciudadanía emancipada.