En el reciente Plenario Laboral celebrado en Antofagasta y virtualmente durante agosto del 2026, una pregunta que sonó repetidamente a través de las dos jornadas de debate fue: ¿Qué formas de sindicalismo territorial existen, han existido, o son posibles?
Chile es quizás uno de los casos más fructíferos del mundo para observar modelos que den respuestas a lo anterior.
El primer modelo radica en el norte salitrero a comienzos del siglo XX. Las “mancomunales ” (de forma muy similar a las “sociedades de resistencia”) agrupaban a trabajadores de oficios distintos que compartían un mismo puerto o campamento minero, además de contar con sedes en los centros urbanos. Por ejemplo, la Sociedad Combinación Mancomunal de Obreros de Iquique, fundada en 1901, tuvo un papel protagónico en la huelga general de 1907 —la cual, lamentablemente, terminó en la masacre de la Escuela Santa María: policías y militares asesinando familias, en un colegio, a pocos días de navidad.
Pocos años después, la Federación Obrera de Chile (FOCH) articuló progresivamente dos dimensiones de organización. En su primera etapa, desde 1909, los Consejos Federales constituyeron unidades de base territorial que podían reunir a trabajadores de distintos oficios y establecimientos de una misma localidad, articulándose con instancias provinciales y con la dirección federal. Desde 1921, la organización buscó reorganizarse sobre una base más industrial: los Consejos Industriales pasaron a constituir el principal mecanismo de articulación por ramas de actividad —alimentación, manufacturas, transporte, construcción, servicios públicos y minería—, sin que desaparecieran las instancias territoriales provinciales y departamentales.
Una situación menos conocida vino directamente del Estado, y aportó elementos institucionales para un modelo de “negociación colectiva territorial ”: desde 1931, el DFL 178 estableció Comisiones Mixtas tripartitas que fijaban salarios mínimos por rama de actividad y con aplicación territorial, inicialmente a escala provincial o departamental. Asimismo, hacia 1967, la ley llegó a establecer la comuna como base legal de los sindicatos campesinos; por tanto, podían negociar en base a su territorio.
Por su parte, desde su fundación en 1953, la CUT tuvo una estructura con componentes sectoriales y territoriales, señalando un modelo ampliamente difundido: la estructura estaba conformada —por un lado— con sindicatos bases, consejos provinciales, y consejos comunales o locales, y —por otro lado— federaciones nacionales, consejos departamentales (si bien algunos territoriales, como vivienda), y consejos centrales.
Un quinto modelo surgió cuando la lógica territorial alcanzó su expresión más radical e intensa: los cordones industriales, organizaciones sindicales agrupadas por territorios económicos y su entorno. En Cerrillos y Maipú, unas 250 empresas con 146 mil trabajadores/as se coordinaron directamente entre sus colectivos —sin pasar por el Estado ni por las federaciones de rama— durante el paro patronal de octubre de 1972 y los meses siguientes.
La matriz de estos modelos fue arrasada entre 1973 y 1979 por la represión sanguinaria y el Plan Laboral de la dictadura, que prohibió explícitamente negociar por sobre el nivel de empresa o firma —el territorio del empleador.
Pero la dictadura no logró apagar del todo esta corriente estratégica. A mediados de los años ochenta, un grupo de dirigentes/as y socios desplegó un proyecto de “sindicalismo territorial ” que apareció tanto en los barrios precarizados (con talleres sobre condiciones laborales, salud, mujer, vivienda, entre otros) como en las empresas (con campañas sindicales, negociaciones colectivas y solidaridad territorial en huelgas).
Esta idea continuó impactando. En los noventa y posteriormente, en Cerrillos-Maipú, una coordinadora llegó a agrupar trabajadores de distintos sindicatos —heredera directa del cordón de 1972— con métodos de democracia sindical directa. También existieron otras experiencias similares y relacionadas a estas coyunturas que podrían plantear variantes de este modelo de sindicalismo territorial en las décadas del 2000 y 2010.
A su vez, en Valdivia, en 1997, un modelo similar surgió: se formó una coordinadora producto de la crisis forestal que convocó un cabildo abierto que reunió a trabajadores, pobladores, estudiantes y hasta empresarios en torno a un petitorio que iba desde la salud gratuita hasta el transporte. Valga añadir que esos mismos años apareció también una coordinadora de sindicatos del grupo Luksic. Esto podría ser un modelo territorial-en-red: la organización agrupaba a las y los trabajadores de las distintas empresas que materializaban el territorio corporativo de un mismo grupo económico.
En el tiempo contemporáneo, la nueva CUT, desde su fundación en 1988, también terminó incorporando parte de los elementos territoriales de la tradición histórica. Además de las estructuras por sector o rama, actualmente suma una estructura de zonales y provinciales por todo el país. En el plano de la historia, esto significó aumentar su escala en comparación a la antigua CUT (que tuvo consejos por comuna).
En la rebelión social del 2019, un modelo clásico de la historia (en especial de las huelgas generales) fue reactualizado: las asambleas territoriales combinaron demandas laborales y demandas comunitarias, entre otras, con algunas experiencias entre sindicatos y territorios. A su vez, las fuerzas sindicales involucradas en el proceso constituyente plantearon una herramienta institucional central al respecto (asomada ya en el tercer modelo revisado): la libertad de negociar colectivamente a nivel de territorio, entre otros niveles.
Por último, la negociación territorial sobrevive de facto en organizaciones como ANAMURI, que agrupa a temporeras agrícolas por cultivo o territorio y por temporada. Hace 20 años, cuando los/las subcontratistas impulsaron negociaciones de todas las empresas involucradas en el cerro minero, los bosques, o los salmones, incluyendo las mandantes. O en otras experiencias.
En total, hemos visto unos 10 modelos o variantes de esquemas mayores en poco más de 100 años. La persistencia con que las distintas formas del sindicalismo territorial reaparecen en momentos tan distintos de la historia del país, en especial agudos y conflictivos, sugiere también que no son una anomalía, sino una estrategia con que el sindicalismo chileno ha sobrevivido en la geografía y desarrollo del capitalismo. Quizás, a menores recursos disponibles (en el trabajo o en la comunidad), mayor valor cobra el territorio y sus límites.