Vivimos un momento donde muchas discusiones públicas no parecen deliberación, sino reacción. Al mismo tiempo, la instalación del actual gobierno y su administración acusa un patrón de filtros débiles, improvisación, amiguismo y falta de control político. Por eso conviene revisar dos términos griegos asociados a formas de gobierno: oclocracia y kakistocracia.
Polibio, historiador griego del siglo II a.C., en el libro VI de sus Historias, desarrolló la teoría política llamada “Anaciclosis” (retorno cíclico, en griego), para explicar el modo en que los sistemas de gobierno cambian, se degeneran y se repiten en un sinfín cíclico. En ella distinguió seis formas de gobierno. Tres "buenas”: realeza, aristocracia y democracia. Y tres "malas" que son sus degeneraciones: tiranía, oligarquía y oclocracia.
"Oclocracia", del griego “ochlos” (masa o turba) y “kratos” (gobierno). Refiere al gobierno de la muchedumbre. La versión caótica de la democracia o gobierno del pueblo. Para Polibio, el peor sistema de gobierno posible.
Se caracteriza por la manipulación de la masa y la demagogia. Aquí, las decisiones no las toman ciudadanos informados, sino multitudes movilizadas por líderes populistas, carismáticos y demagogos, que influyen a la muchedumbre para sus fines electorales. Priman las emociones y los temores colectivos. La masa actúa por impulso, pasiones ciegas o resentimientos, en lugar de utilizar la razón y la deliberación en la elección de sus líderes.
La acompaña una tendencia a la ilegalidad y la violación reiterada de los marcos jurídicos establecidos, además de decisiones ineficientes por parte de sus líderes, que imponen políticas creadas de forma impulsiva, sin la planificación adecuada, que no resuelven los problemas de fondo, por el contrario, generan nuevos conflictos.
El segundo término es “kakistocracia”. Su primer registro es del siglo XVII, pero su raíz es griega: “kakistos” (el peor) y “kratos”. Designa el gobierno de los peores, de los más ineptos, menos cualificados o más inescrupulosos. Es la degeneración del Estado cuando el liderazgo y la administración pública quedan en manos de personas sin la capacidad, la moral o la preparación que el cargo exige. En el año 2024, la revista The Economist, seleccionó este término, como palabra del año, reflejando la reacción global del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca.
Lo propio de un gobierno kakistocrático es la falta de competencias: cargos públicos ocupados por personas sin experiencia ni conocimiento técnico. La acompaña el nepotismo y la corrupción. Se prioriza el lucro personal, el amiguismo y el beneficio de pequeños grupos por encima del bien común, lo que aumenta la desigualdad al limitar el acceso a servicios básicos como educación, salud y seguridad.
Estas prácticas provocan que la ciudadanía pierda la confianza en sus autoridades y merme la credibilidad en los procesos políticos. Las instituciones democráticas y el Estado de derecho se debilitan progresivamente y se rompe la cohesión social.
Con todo, lo positivo es que, en crisis de este tipo, la masa no es un destino inevitable, sino un estado transitorio. Si decidimos dejar de ser una multitud reactiva, moldeada por algoritmos de redes sociales, el miedo al otro y los discursos demagógicos, pasamos de ser masa a ciudadanos activos.
La salud de nuestra convivencia democrática no depende de un caudillo que promete soluciones mágicas a cambio de sumisión, sino de nuestra capacidad colectiva para exigir probidad, excelencia técnica y ética pública intransigente. Educarnos cívicamente, auditar el uso de los recursos públicos y organizarnos de manera razonada y comunitaria, es quizás la forma de romper el ciclo de degradación.
Platón advirtió sobre los peligros de la "teatrocracia": el momento en que la política se vuelve teatro y los expertos en avivar las emociones de la multitud se convierten en fuerza política. Hecho común y peligroso para los tiempos dominados por redes sociales, bots y likes. Comprender que el poder reside en nuestra capacidad de deliberación y pensamiento crítico, y no el espectáculo, es la única garantía para que el mérito, la transparencia y el bien común sean la base de nuestro desarrollo.