Las recientes victorias electorales de los Socialistas Democráticos de América (DSA) a través del país han sido una llamada de atención para el establishment político estadounidense. También deberían ser una llamada de atención para DSA. Mientras los demócratas se lamentan y los republicanos se frotan las manos, una cosa parece cierta: las fallas tectónicas de la política en EE.UU. se están desplazando. Cuán profundo o permanente sea este desplazamiento dependerá en gran parte de que DSA sepa aprovechar este decisivo momento.
Puede ser que muchos analistas honestamente crean que la fractura entre los partidos tradicionales y el pueblo al que deben servir —y gobernar— es solo un impasse transitorio, el atractivo de un individuo particularmente carismático o un desajuste por corregirse en el próximo ciclo. Pero estarían equivocados.
La presente ruptura es otra señal inequívoca de que EE.UU. ha entrado en una nueva era, un nuevo período histórico donde las antiguas reglas no son aplicables y las nuevas están en disputa. Es el interregno, el tiempo de "monstruos" sobre el que Antonio Gramsci nos advirtió desde una prisión fascista. Por esta razón, la verdadera disputa hoy día es por lo que viene después. Este es el punto de la historia en que DSA está siendo convocado.
Los demócratas tienen buenas razones para preocuparse: sus escaños seguros son el objetivo inmediato de la nueva insurgencia. Al menos 35 candidatos de DSA han ganado primarias en el último año, adjudicándose carreras sin oposición o derrotando a incumbentes demócratas de larga trayectoria, naturalmente, contra mucho dinero.
Aunque sus números siguen siendo relativamente bajos a nivel nacional, el poder que han capturado los socialistas no puede considerarse insignificante. Las victorias se han extendido más allá de los bastiones más liberales como la ciudad de Nueva York, para incluir cargos en estados tan diversos como California, Colorado, Pensilvania, Georgia, Oregón, y en los últimos días Míchigan y hasta el sureño Tennessee.
Para los republicanos, la revuelta socialista es un bienvenido alivio frente a las incesantes sorpresas y locuras que el presidente Donald Trump los obliga a defender todos los días. La irrupción en escena de una organización socialista les ofrece más que una vieja cortina de humo: les ofrece un salvavidas. Sin la amenaza roja acechando las murallas de la civilización, los republicanos tendrían tanto que explicar.
La respuesta de ambos partidos es lo que podía esperarse de dos instituciones desgastadas por el paso del tiempo y la pesada carga de su historia. Y el dinero, muchísimo dinero. Desde fines de los años 70, cuando el expresidente demócrata Jimmy Carter comenzó a alejar al gobierno del New Deal y de la clase trabajadora, las familias trabajadoras y los pobres prácticamente no han tenido representación política. Después de Carter, el famoso "el gobierno es el problema, no la solución" del republicano Ronald Reagan, y el "fin de la era del gran estado" y "el bienestar social como lo conocemos" del demócrata Bill Clinton, el establishment político cerró el cerco de protección alrededor de los intereses del gran capital.
Para los estudiosos neutrales de la historia de EE.UU., el hecho de que demócratas y republicanos representen en su mayoría los mismos intereses económicos puede no ser novedad. El problema para los dos partidos que dirigen la política estadounidense es que demasiadas personas comunes también se han dado cuenta.
Esta realización generalizada en el país ha generado un vacío político enorme, dejando a millones de personas en ambos lados del espectro en busca de una representación política significativa y transformadora. El movimiento MAGA, aunque sostenido sobre valores reaccionarios y manipulado por el capital, es una expresión clara de que el consenso político está en coma, con Trump como la joya de la corona de la descomposición del sistema.
Para responder al llamado de la ciudadanía, DSA deberá ir más allá de sus recientes éxitos y asimilar plenamente el peso de este momento. La crisis que presenciamos no es producto de diferencias políticas, una guerra o cómo responder a un colapso financiero. Esta vez, es el propio neoliberalismo —la superestructura ideológica que sostiene al sistema— el que está en una profunda crisis, agrietándose, con el status quo sacudiéndose hasta los cimientos. El problema ahora es con qué reemplazar al neoliberalismo.
El repentino giro de EE.UU. hacia el proteccionismo, el autoritarismo y la intimidación es una clara señal de la dirección que pretende tomar el capital, una indicación de que este también siente el agotamiento del sistema y lucha por maximizar sus ganancias mientras el contrato social aguante. El problema es que los soportes del sistema se seguirán debilitando. Después de más de 40 años repitiendo el cuento del "chorreo", solo un tonto podría seguir esperando chorreo al mismo tiempo que observa la consagración al primer trillonario.
Dadas las tendencias económicas actuales y la completa sumisión del gobierno al “1%”, millones de personas han visto como su habilidad de mantener a sus familias empeora. Para hacer frente al descontento que sin duda surgirá de las necesidades objetivas de la gente, el gobierno se prepara para subvertir el proceso político y tratar a los disidentes con la mayor dureza posible. Las señales del gobierno indican que los progresistas deben estar preparados para defender los resultados de las futuras elecciones, organizándose no solo para ganar, sino también para prevenir un fraude.
Para enfrentar a un régimen autoritario fascista no basta con hacer lo mismo de siempre. Para derrotar la formidable máquina de desinformación y represión del régimen, los miembros de DSA, la izquierda y el movimiento social progresista deben ponerse a trabajar. Con las elecciones de medio mandato en el horizonte, una tarea inmediata para todos los miembros de la organización será salir a las comunidades y asegurar que sus victorias en las primarias se traduzcan en poder legislativo concreto en noviembre.
La victoria de Abdul El-Sayed en las primarias para el senado federal en el estado de Míchigan es otro recordatorio de que las reglas están cambiando. Hasta hace unos días, parecía impensable que un hijo de inmigrantes musulmanes ganara unas primarias a nivel estatal en un lugar que hace solo dos años votó por Trump. Por esta razón, para continuar la tendencia, los candidatos de DSA deben estar también preparados para ganar y continuar la transición de la organización desde la protesta a ser gobierno.
Después de todo, gobernar es el objetivo de cualquier organización política y debería ser el terreno donde los socialistas destaquen. Para parafrasear al alcalde de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani, la mejor manera de marcar la diferencia no es solo ganando con valores socialistas, sino que gobernando con valores socialistas, mostrándole a las familias trabajadoras quienes están verdaderamente de su lado y, sobre todo, cumpliendo con lo que se les ha prometido durante tanto tiempo.