miércoles 15 de abril de 2026

El Biblionauta 5: "El mundo y sus demonios", de Carl Sagan

Para Neil deGrasse Tyson, un gran discípulo de Sagan, el mayor riesgo para la humanidad es el anti cientificismo y el aumento de la superchería y de las creencias sin evidencias. Eso es letal, nos dice. Su maestro estaría de acuerdo con él.

15 de abril de 2026 - 16:45

En la portada del libro se lee, a modo de bajada: “La ciencia como una luz en la oscuridad”. El autor la escogió en honor a Thomas Ady, quien publicó en Londres, en 1656, un libro llamado Una vela en la oscuridad, en el que denunciaba la crueldad e ignorancia que animaba a la caza de brujas, afirmando, sencillamente, que era una gran tontería y un nefasto engaño. Más poderosa es quizás la dedicatoria del libro: “A Tonio, mi nieto. Te deseo un mundo libre de demonios y lleno de luz”.

Carl Sagan nació en 1934 y murió en 1996. Astrofísico brillante y divulgador científico extraordinario a quien todos recuerdan por la serie Cosmos, publicó libros estupendos. Estoy leyendo Miles de millones, por recomendación – muy acertada – de un gran amigo sobre el que comentaremos en el futuro, pero hoy es urgente que la luz de la ciencia sea protegida y extendida. El asunto no es trivial.

Sagan indica, en este libro, que las estimaciones (estamos hablando de fines del siglo pasado) apuntan a que un 95% de los norteamericanos son “analfabetos científicos”. Esto tiene implicancias gravísimas que a veces no consideramos. Imaginemos solo tres cosas: el negacionismo acerca del cambio climático, los movimientos antivacunas y la violencia nacida de la ignorancia.

Sobre lo primero, basta con observar a sujetos como Trump o Milei negándose a la evidencia y alentando conductas que se dirigen a destruir nuestro entorno. Ahora, nuestro gobierno está desmantelando la institucionalidad medio ambiental y sujetos como Iván Poduje representan el pensamiento básico, binario de esta administración: o construimos casas o protegemos el medio ambiente; o crecemos económicamente o cuidamos el planeta. El pensamiento sutil y las soluciones creativas e inteligentes no forman parte del bagaje de este tipo de personas.

Sobre lo segundo, Cristopher Hitchens, en otro libro insigne como es Dios no es bueno, nos recuerda el dramático caso de Nigeria. Ese país había sido declarado libre de la poliomielitis de forma provisional gracias a una vacuna simple, barata y efectiva. Eso hasta que un grupo de religiosos islámicos aseguró que la vacuna era una conspiración de Estados Unidos y la ONU para esterilizar a los fieles musulmanes.

Resurgió la poliomielitis y, de nuevo, vemos niños, la mayoría de menos de 5 años, con parálisis irreversibles, si sobreviven. El mismo Hitchens nos recuerda la actitud de Timothy Dwight, ni más ni menos que rector de la Universidad de Yale y teólogo, quien se oponía a la vacunación contra la viruela por interferir con los designios de Dios.

Los negacionistas climáticos y los antivacunas dejarían de torturar al planeta y a los niños si no fueran analfabetos científicos. Pero ellos prefieren “creer” cosas. Y aquí vamos por lo tercero. Los creyentes diseminan, demasiadas veces, violencia. Mucha. Porque el gran conflicto estriba entre la creencia y el saber.

A Sagan se le atribuye esta famosa frase: “Yo no quiero creer, quiero saber”. Pero ese es Sagan y, quizás, unos cuantos más. En cambio, la mayoría de las personas prefiere simplemente creer. Eso se hace tanto para tomar partido anticipado por el acusado o el acusador en un juicio penal como para explicarse el origen del universo o de la vida.

La creencia es fácil, gratuita, no requiere esfuerzos, pruebas, evidencias ni experimentación. No hay riesgos de que otros te demuestren tu error, porque podemos creer en lo que no puede demostrarse existente ni inexistente: ni el dios cristiano ni Zeus, ni los unicornios ni el dragón invisible que escondo en mi garaje (ejemplo de Sagan) son “falsables”.

La creencia es pura flojera, modorra, pereza. Es más fácil – esto lo destaca Sagan y lo parafraseo – rezar por una víctima del cólera que investigar y descubrir que 500 miligramos de tetraciclina cada 12 horas curan la enfermedad. Ni siquiera requiere pensar ni razonar. Tertuliano decía “Creo porque es absurdo” y Lutero consideraba a la razón una “ramera”.

El problema no es que haya personas que crean en cosas absurdas sin evidencias ni pruebas: que la Tierra fue creada el 23 de octubre 4004 años antes de Cristo (conclusión a la que arribó el arzobispo James Usher gracias a las genealogías de la Biblia); que ya pronto los extraterrestres vendrán a buscarnos como dice la cienciología o creen los raelianos; que Mahoma ascendió a los cielos en una criatura voladora llamada Buraq; que Jesús, fuera de resucitar él mismo y resucitar a otros, convertir el agua en vino y otras menudencias, nació de una mujer virgen y que esa misma madre se elevó al cielo gracias a una fuerza ascendente que, suponemos, le proveyó de un traje de astronauta cuando abandonaba la atmósfera en desconocida dirección.

O que el hombre no llegó a la Luna y que las imágenes de Armstrong y los demás son en realidad una película que el gobierno norteamericano le encargó a Stanley Kubrick; que la astrología tiene que ver con cómo somos y con lo que el destino nos depara (Sagan nos cuenta acerca de cómo Ronald y Nancy Reagan resolvían muchos asuntos de Estado previa consulta a un astrólogo). Si las creencias fuesen asuntos privados no inquietarían. El problema es que los creyentes quieren imponerse y lo intentan mediante la violencia, simplemente porque no dan razones y, por lo mismo, tampoco las aceptan.

Paradójicamente, el creyente, a pesar de no dar razones, de no haber experimentado ni observado y de no tener evidencia alguna que mostrar, está seguro de poseer la verdad. La ignorancia no solo es atrevida; además, es arrogante, soberbia y, muchas veces, violenta. Cuando un creyente se enfrenta a otro creyente – de otro dios, de otra teoría absurda, de otra ideología – no hay diálogo posible y la violencia surge natural e incontenible. Y asistimos a la idiotez humana en todo su esplendor, donde, por ejemplo, hoy los ayatolas de Irán y los fundamentalistas cristianos del Salón Oval se tratan mutuamente de “infieles”, clamando a sus propios dioses inventados por ayuda e invocándolos para asesinar niños.

Saber, en cambio, es un asunto arduo. Requiere escepticismo y asombro (Sagan consagra un capítulo entero a estos atributos, que agradece a sus padres). Hay que eludir las explicaciones fáciles que no explican nada (“Dios creó el universo”) y dar espacio a la curiosidad que nos hace ir tras las que son difíciles, descubriendo los gérmenes, las vacunas, el ADN, las leyes de la física y el origen de la vida en la Tierra. La ciencia necesita observar, con el tiempo y la minuciosidad de Darwin que revolucionó nuestro entendimiento del mundo.

Se requiere experimentar para probar la propia hipótesis, que podemos abandonar con humildad. El conocimiento científico tiene un fuerte control entre los pares y no hay manera de que un charlatán logre convertirse en un científico respetado. Además, como dice Richard Dawkins, los aviones vuelan, la medicina cura, la meteorología predice con mucha eficiencia y la hija de la ciencia, la tecnología, está en todas partes.

El científico, que sabe mucho, siempre puede decir “no sé”; pero el creyente, que no sabe nada, es incapaz de decir esas dos palabras mágicas que evitarían persecuciones, asesinatos y hasta guerras. Nadie mataría por una hipótesis, pero el mundo está lleno de muertos y torturados por miles de creencias.

Con razón para Neil deGrasse Tyson, un gran discípulo de Sagan, el mayor riesgo para la humanidad es el anti cientificismo y el aumento de la superchería y de las creencias sin evidencias. Eso es letal, nos dice. Su maestro estaría de acuerdo con él.

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