El Biblionauta 4: “Serena Cruz o la verdadera justicia”, de Natalia Ginzburg
Si uno forma parte de un gremio como el de los abogados, que goza de una reputación y prestigio tan poco envidiables, se pregunta qué podría hacerse para mejorar la situación. Porque, admitámoslo, la mayor parte de las personas piensan que los abogados son una especie de mentirosos profesionales, especialmente entrenados. Si usted le pregunta a un abogado cuánto es dos más dos, existe una alta probabilidad de que le pregunte de vuelta: “¿Y cuánto quiere usted que sean?”.
Por supuesto, si hemos construido el sistema de tal forma que un abogado obtiene dinero y es considerado exitoso si su cliente gana su caso —y no cuando la verdad triunfa—, no nos quejemos si se han entrenado para convencernos de lo que sea, como Jim Carrey en “Mentiroso mentiroso”. No todos, por supuesto; siempre hay excepciones.
¿Qué podríamos hacer para aliviar la pesada carga de la desconfianza? ¿Cómo poner un atajo a tanto chiste sobre abogados? Tal vez mejorar la enseñanza de la ética en las universidades o reformular todo el sistema de justicia para que el triunfo de la justicia y no del cliente sea sinónimo de éxito profesional. ¿Los abogados luchando por la justicia? De acuerdo, admito el oxímoron.
Pero este "biblionauta" no pierde la esperanza. Aún cree en los efectos saludables de la lectura y en que ella pueda tocar el corazón, incluso el de abogados y abogadas. Por eso, sugeriré un libro que ningún profesional del derecho debería dejar de leer, creo yo. Se trata de Serena Cruz o la verdadera justicia.
Su autora, Natalia Ginzburg —nacida en Palermo y fallecida en 1991— es, sin duda, una de las más grandiosas escritoras que nos ha regalado Italia. Tiene obras sublimes, como Las pequeñas virtudes, una biografía de Chéjov o Vida imaginaria. Pero este libro en particular tiene algo que amo: la realidad como sustrato.
En este caso, Ginzburg, sin ser abogada, es la mejor de todas. Sin haber estudiado derecho, es la mejor jurista que he leído en años. Sin hablar con el lenguaje críptico y oscuro de los que buscan convertir la justicia en un asunto enredado —como si pudiéramos separarla de nuestra experiencia cotidiana—, nos ha explicado en qué pudo haber consistido la verdadera justicia en el caso de Serena Cruz y qué es lo que ha fallado de una manera tan estrepitosa como para dañar horriblemente a una pequeña niña que debía ser protegida.
Natalia tiene la valentía de discrepar del mismísimo Norberto Bobbio, entre otros (uno de esos sujetos que sabían mucho de derecho y cuya obra se idolatra, a menudo con razón). Nos dice que la aplicación de las leyes no tiene por qué ser asunto de hombres y mujeres “duros”, de “hierro”. Por el contrario, nos dice que su aplicación supone ver y escuchar y que, por lo mismo, debiera estar presidida por la tolerancia y la comprensión. Sobre todo, nos dice en una frase simple y precisa, que las leyes no pueden ser una soga al cuello, sino que deben servir de ayuda.
Serena Cruz nació en Manila, Filipinas, el 20 de mayo de 1986. Francesco Guibergia y su mujer la adoptaron. La rescataron del abandono, del hambre y de la soledad. Es cierto: no lo hicieron con pulcritud ni dieron estricto cumplimiento a las formalidades de la ley.
Enterados de tamaña ofensa al imperio de la ley, los órganos del Estado italiano, siempre celosos de protegerlo (los Estados aman proteger la ley, mucho más que a sus ciudadanos), intervinieron. Así alertados, los jueces italianos, también visiblemente molestos con este maltrato a la legislación (eso suele molestarles a los magistrados más que el maltrato a las personas), se preocuparon por reprimir este desprecio a las normas imperativas.
Lo que nadie hizo fue preocuparse del abandono y la soledad de Serena. Ni del maltrato que había sufrido. Lo que el sistema de justicia no vio fueron las ofensas a su niñez. Lo que los órganos protectores del Estado italiano no quisieron ver ni proteger fue la calidez que repentinamente Serena había encontrado en dos padres amorosos surgidos, ante sus ojos de niña, de no se sabía dónde. Nadie vio ni oyó a Serena. El sistema, cuando se trató de ella, era ciego y sordo. Todo importaba para la "justicia", menos la pequeña, menos el amor, menos su tristeza y su niñez necesitada de abrazos.
De esta manera, Ginzburg nos aterriza en la discusión de siempre: ¿la ley o la justicia? ¿Qué hacer si la ley es injusta?. Porque si una ley atenta contra la Constitución, no tenemos dificultades en reconocer su inaplicabilidad y hasta tenemos un Tribunal Constitucional que analiza —a veces bien, a veces mal— si la ley es o no respetuosa de la Carta Magna. Pero no existe el mismo sistema cuando uno se pregunta si una ley es injusta.
Todavía demasiados jueces creen en la monserga de ser meros “aplicadores de la ley” y en esa imagen de Temis vendada. Algunos sagaces dicen que se vendó para no ver lo que hacían con ella. Otros repiten la tontería de que “la ley pareja no es dura”. ¡Por supuesto que lo es, si no es pareja la vida para aquellos a quienes se les aplica! La justicia del sistema judicial parece preocuparse poco de lo que es justo y más de las formalidades.
Ginzburg, con su prosa limpia, nos devuelve a la idea básica de Gustav Radbruch, quien sostenía que cuando una ley es extremadamente injusta, no es derecho. Para nuestra sabia y sensata autora, la justicia y la ley deberían ser una sola cosa. Más importante que la justicia no existe nada, dice Ginzburg. Me recuerda a John Rawls: una sociedad se construye sobre la base de la justicia; no existe otro cimiento más importante.
El derecho, la ley y la justicia son asuntos que deben obedecer a la lógica, pero también a la bondad y al amor por aquellos a quienes pretenden regir. La justicia sigue siendo un asunto de sensatez y honradez, no de palabras raras. Que el 10% de un país concentre el 69% de la riqueza total o que las AFP obtengan utilidades millonarias mientras reparten pensiones miserables son injusticias. Que una mujer gane menos que un hombre por el mismo trabajo, es injusto. No hay que ser un filósofo del derecho para darse cuenta.
Hablar raro para justificar idioteces es una costumbre demasiado extendida entre abogados y jueces y, sospecho, una de las causas de su (nuestra) mala reputación.
Por suerte, si usted quiere hablar en serio de la ley, el derecho y la justicia, puede leer a Ginzburg.