La tarde del pasado viernes, el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, salió a responder ante el revuelo causado por la filtración de un oficio de su propia cartera. El documento, que recomendaba revisar con baja o eliminación de presupuestos diversos programas del área educativa y cultural, donde destacan el Plan nacional de lectura, el programa PACE que trabaja como puente para estudiantes vulnerables en un acceso de manera más equitativa a la educación superior.
Pero el programa que encendió las alarmas, fue la supuesta sugerencia de la descontinuación del Programa de Alimentación Escolar( PAE) de la JUNAEB. Aunque el ministro intentó a las horas calmar las aguas calificándolo como un error: “algo que corregir”, asegurando que aún no hay decisiones tomadas, el solo hecho de que la idea haya quedado plasmada en papel es una señal alarmante.
La alimentación escolar en Chile es una institución que todo ciudadano "de a pie" conoce, ya sea por vivencia propia o por el folclore de sus galletas duras y su leche de sabor inconfundible. Desde 1964, el PAE ha alimentado a estudiantes de establecimientos públicos y subvencionados, sobreviviendo a todo: 17 años de dictadura, catástrofes naturales, un estallido social y una pandemia.
El servicio nunca cesó, y no por fomentar una supuesta "flojera" familiar, sino para aliviar una necesidad económica real y urgente. Es el Estado cuidando a sus estudiantes más vulnerables, garantizando un piso mínimo de dignidad biológica para el aprendizaje.
Ante este escenario, es imposible no evocar a nuestra Maestra Nobel. En 1948, en su texto "Llamado por el niño", Gabriela Mistral fue tajante sobre la prioridad del hambre sobre la burocracia:
“Porque muchas cosas podemos discutir, menos este gran bochorno que se llama el Niño desnudo y hambriento. Él no pidió nacer (...) Muchas de las cosas que hemos menester tienen espera: el Niño, no. Él está haciendo ahora mismo sus huesos, criando su sangre y ensayando sus sentidos. A él no se le puede responder: ‘mañana’. Él se llama ‘ahora’”. “Porque muchas cosas podemos discutir, menos este gran bochorno que se llama el Niño desnudo y hambriento. Él no pidió nacer (...) Muchas de las cosas que hemos menester tienen espera: el Niño, no. Él está haciendo ahora mismo sus huesos, criando su sangre y ensayando sus sentidos. A él no se le puede responder: ‘mañana’. Él se llama ‘ahora’”.
Resulta paradójico que el gobierno de José Antonio Kast, que hace gala de sus valores cristianos y mantiene cultos diarios en el Salón Rojo de La Moneda, plantee siquiera la posibilidad de descontinuar un beneficio así. La desconexión entre la espiritualidad oficial y la frialdad contable del Ministerio de Hacienda es total. Evaluar el fin del PAE no es una revisión técnica; es, en palabras de Mistral, nuestro peor delito: “el abandono de la infancia; el descuido de la fuente”.
Pero el abandono que trasluce ese oficio es sistémico. Casi pasando inadvertida bajo el escándalo del PAE, aparece la recomendación de eliminar la Beca Vocación de Profesor. Esto ocurre precisamente cuando la educación chilena atraviesa una crisis de vacantes sin precedentes y la deserción docente ha pasado de ser una estadística a una realidad cotidiana en los liceos. Es incomprensible que, mientras el Ejecutivo pone el foco comunicacional en medidas punitivas como la revisión de mochilas por temas de seguridad, le quite el piso a quienes deben liderar el aula y, al mismo tiempo, ponga en duda el plato de comida de sus alumnos.
Quienes conocemos el sistema educativo sabemos que el camino hacia un país desarrollado no se pavimenta con recortes, sino con una transformación profunda del modelo de financiamiento. Debemos transitar finalmente desde el fallido sistema de voucher —basado en una asistencia volátil— hacia un financiamiento basal que garantice la dignidad de las escuelas. La educación pública necesita hoy más recursos que nunca para mejorar infraestructura, integrar tecnologías y fortalecer el capital humano, no señales de desprecio administrativo.
El gobierno debería estar analizando cómo mejorar la calidad de las licitaciones —muchas veces privatizadas y deficientes— para que el servicio del PAE sea de excelencia, y cómo incentivar la carrera docente. Cuestionar estos programas para cuadrar una caja fiscal es un error político y moral. La alimentación y la formación de un niño no son variables de ajuste; son el derecho humano de un pueblo a asegurar su futuro cuidando su presente. Porque el niño, como bien decía la Maestra, siempre se llama “ahora”.