Los llamados “desastres naturales” se han vuelto acontecimientos recurrentes en distintas regiones del planeta, evidenciando las profundas vulnerabilidades y riesgos socioambientales que atraviesan nuestras formas de habitar. Desde las impactantes inundaciones recientes, por la riada en Nepal dado el calentamiento del Himalaya, hasta el aluvión vivido hace unos cuantos días en una zona particular de Santiago de Chile, estos fenómenos vuelven a poner en cuestión nuestra relación con aquello que llamamos “naturaleza”.
En el caso chileno, tal vez lo más novedoso fue que afectó a sectores acomodados de la capital, a diferencia de lo que habitualmente ocurre con los desastres socioambientales que golpean a los sectores más pobres de los países. Sin pretender enumerar acontecimientos ni describir sus lógicas de “desastre”, lo relevante es que estos episodios vuelven a mostrar nuestra incapacidad para comprender los puentes entre naturaleza y sociedad.
Parece central que estamos enfrentados a un problema más amplio y complejo; la necesidad urgente de pensar de otro modo nuestras relaciones con la naturaleza. Seguir construyendo viviendas, suburbios y asentamientos humanos en quebradas precordilleranas evidencia los límites de una racionalidad que insiste en separar los procesos naturales de nuestras formas de habitar, para luego señalarlo como “desastres naturales”.
Esa razón moderna nos ha hecho creer en un mundo que se puede separar entre sus procesos sociales, culturales y rituales respecto a los procesos biológicos, moleculares o geológicos, produciendo una racionalidad científica que empobrece el mundo separando múltiples parentescos existentes entre las especies que cohabitan con lo humano. Existe toda una corriente filosófica, antropológica y psicológica que fuerza a romper el binomio de naturaleza – cultura.
Si nos remontamos al texto de Félix Guattari, Las tres ecologías (1989), podemos comprender que la noción moderna de naturaleza, concebida como algo exterior a la sociedad, ha sido uno de los tantos constructos del capitalismo para explotarla y considerarla parte de su stock de recursos. Frente a las crisis socioambientales que atraviesan el planeta actualmente (como las que nombramos al iniciar esta columna), no podemos silenciarnos, ni deprimirnos, ni abatirnos, sino que estamos forzados a pensar de otro modo para no dejarnos dominar por toda una lógica de producción privada y gubernamental que no da cabida a otras concepciones del mundo y su ecología.
Aquí la propuesta ecosófica de Guattari nos ofrece una ruta sugerente: una ecología política expandida, descentrada y entrelazada, donde la ecología no se entiende como una ciencia de los ecosistemas reducida al circuito investigativo de los biólogos y otros científicos, ni tampoco como un asunto exclusivo de los policy makers del Estado.
Su apuesta quiere desbordar las racionalidades tecnocráticas, sin pretensiones totalizantes del conocimiento, para perfilar la ecosofía como una articulación interdisciplinaria de planos contingentes y situados que piensan una ‘sabiduría’ del oikos como casa, hábitat, pero ampliado a la ciudad y sus ruralidades. Ello amarra un compromiso ético-político respecto a las formas vivientes, situando múltiples inteligencias e imaginaciones colectivas y entrelazando sus tres ecologías: la subjetividad (mental), las relaciones sociales y el medioambiente, que se conectan y necesitan unas de otras.
Esta perspectiva no busca simplemente respetar la naturaleza, sino transformar nuestras maneras de pensar, relacionarnos y actuar junto a las múltiples especies con las cuales cohabitamos. Desde esta lógica ética y política, también podemos repensar las políticas públicas, los planes reguladores y las formas de enfrentar las vulnerabilidades socioambientales, incorporando dimensiones que excedan las variables exclusivamente económicas.
Es urgente, entonces, una mirada que comprenda que las ciudades no se pueden pensar separadas entre lo urbano y sus ruralidades, sus valles, cordones montañosos y parques nacionales. Estamos éticamente interpelados a entender el ensamble de múltiples registros ecológicos que no dependen exclusivamente de nuestras decisiones humanas. Ir más allá de una racionalidad antropocéntrica supone reconocer que habitamos con otras especies y formas de vida que participan de nuestros territorios y de sus transformaciones.
Y esta es también una exigencia política, pues no basta con mejorar la respuesta frente a la emergencia de los llamados “desastres naturales”, sino que debemos transformar las racionalidades con las cuales habitamos, planificamos e intervenimos nuestros paisajes.
Los gobiernos contemporáneos no pueden seguir administrando los efectos de estas crisis sin cuestionar las formas de desarrollo y planificación que contribuyen a producirlas. Es necesario tomar nota de esta urgencia, porque el futuro que se nos avecina exige mucho más que administrar una crisis; más bien nos fuerza a imaginar y construir otras maneras de habitar colectivamente un mundo que se nos extingue.