El 25 de octubre Brasil nuevamente concurre a las urnas y las encuestas de segunda vuelta, ponen a Flávio Bolsonaro por delante de Lula con un 52% a 48% de los votos. Es tentador decir que la juventud está detrás de ese resultado, pero los datos dicen lo contrario. Entre los electores de 16 a 24 años, Lula lidera por 52% a 40% en las encuestas realizadas antes de la segunda vuelta, y esto desarma esa frase de que “los jóvenes se fueron a la derecha”.
Al otro lado del Atlántico la fotografía se repite, con otros colores. En las elecciones alemanas de febrero de 2025, entre los votantes de 18 a 24 años la primera fuerza fue La Izquierda (Die Linke), con 25%, seguida por la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), con 21%. Ambas subieron con fuerza respecto de 2021 (17 y 14 puntos), según la encuesta a boca de urna de Infratest dimap para la cadena pública ARD, mientras que el Partido Socialdemócrata (SPD) y la Unión Demócrata Cristiana (CDU) con su aliada bávara (CSU) quedaron con 12% y 13%. La juventud alemana no se retiró de la política. Se partió en dos.
En Francia y Bélgica los jóvenes salen a la calle por razones que nadie llamaría egoístas. Desde mediados de septiembre, secundarios y estudiantes se movilizan en Francia por más recursos y contra la falta de profesores. En la Bélgica francófona protestan contra el alza de la matrícula (el “minerval”, de 835 a 1.194 euros), el aumento de la carga horaria docente y la eliminación de un abono de transporte para los jóvenes de 18 a 24 años en Valonia. No todo ha sido pacífico, hay que decir. Hubo disturbios en Bélgica y miles de detenidos en Francia, en su mayoría menores, según cifras oficiales citadas por la prensa. Quien exige financiamiento para la educación pública está discutiendo qué sociedad quiere.
Queda por mirar la forma en que los jóvenes están participando actualmente y Brasil mostró algo que se manifiesta cada vez con mayor fuerza. Un día después de la elección, un dirigente libertario argentino celebró en redes que jóvenes militantes del bolsonarismo, famosos en internet, habían ganado gobernaciones y bancas legislativas. Una cuenta muy influyente lo replicó y pidió que Argentina aprendiera de esa derecha.
Esto originó una discusión dentro de La Libertad Avanza sobre qué lugar darle a la militancia digital en las listas de 2027. Desde el círculo de Karina Milei respondieron que el partido ya había llevado al Congreso a los dos diputados más jóvenes de la historia argentina. El sector de Santiago Caputo, base de esa militancia, dijo que es orgánica y que no se la puede controlar.
Lo que se viene observando es aquello que llamaremos militancia digital, la cual debe ser considerada participación real, porque hay gente que dedica horas a disputar sentido en un territorio que los partidos descuidaron. Su capital es la reputación personal, no el carné, y su lógica es la de la visibilidad antes que la deliberación. Por eso incomoda a la propia estructura que se beneficia de ella. Los partidos han descubierto muy tarde que tienen militantes que nunca militaron en el partido y que no responden a nadie.
Chile muestra cómo se fabrica esa militancia. Johannes Kaiser construyó su fama en YouTube con sátira política, memes y transmisiones en vivo. José Antonio Kast en su campaña supo llegar a TikTok mucho antes que la izquierda. Franco Parisi hizo en 2021 una campaña “100% digital”, con transmisiones en YouTube, Facebook y TikTok, y en 2025 la mantuvo. Tres figuras distintas, de la derecha dura y del voto antisistema, que se hicieron en pantalla antes de hacerse en las urnas. Detrás de cada una hay una comunidad que reenvía, defiende, corrige y ataca, sin que nadie se lo pida.
Esa militancia tiene rasgos propios. Trabaja con una moneda distinta, la atención, y con un repertorio distinto: el meme, el hilo, el video corto, la respuesta que humilla al adversario. Esto moviliza rápido y a bajo costo. Es horizontal en apariencia, pero la jerarquía se reparte por seguidores, y quien tiene más audiencia termina haciendo de vocero, de dirigente y de candidato a la vez. Las convocatorias de estudiantes y de otros jóvenes también circulan por esas mismas redes. La herramienta no tiene ideología. La tienen los usos, y por ahora la ultraderecha parece haberse tomado más en serio su dimensión electoral.
En estos tiempos, importa la manera en que se aprende a hacer política. La militancia clásica se formaba en organizaciones: el centro de estudiantes, el sindicato, el partido. Allí se discutía en persona, se perdían votaciones, se aprendía a convivir con quien pensaba distinto. La militancia digital se forma en el feed, donde el contacto con la política lo ordena un algoritmo y la pertenencia se mide en seguidores. Quienes crecieron así no son menos políticos. Son políticos de otra escuela, con otras destrezas (viralizar, polemizar, movilizar en horas) y con otros vacíos (deliberar, ceder, sostener un acuerdo).
Esa forma de participar deja preguntas abiertas para quienes defendemos la democracia. Una es la mediación. Lo que se organiza en una plataforma depende de reglas ajenas, de algoritmos que premian la indignación y de una atención que se agota. Otra es la rendición de cuentas.
El militante digital responde ante su comunidad de seguidores, no ante un programa ni una asamblea. La tercera es la más sociológica. Estamos ante una politización o militancia sin estructura, que se produce fuera de las organizaciones y llega a ellas ya hecha, como un recurso que los partidos intentan cosechar en vez de formar. Eso no la vuelve falsa ni menor. La vuelve frágil, y también peligrosa cuando lo único que la sostiene es el enojo.
Lo que une todos estos casos no es el color político. Los jóvenes votan, marchan, bloquean, se organizan en redes, se enojan. Les importa el precio de la vida, la escuela, la seguridad, el trabajo, el orden. Definen el bien común de maneras que muchas veces no compartimos, y la deriva autoritaria de una parte de esa energía merece crítica de fondo, por lo que implica para los derechos de las minorías y para la propia democracia. Pero criticar un contenido no obliga a negar el gesto. Un joven que vota o milita por la extrema derecha cree, equivocado o no, que está arreglando algo de lo común.
Lo preocupante sería la otra escena, una generación que mira todo desde el teléfono y no hace nada. Esta es una generación que participa, con rabia y con urgencia, y que busca a quien la escuche. Si los partidos, los sindicatos y las universidades no están en ese lugar, otros lo ocuparán, y por lo general serán quienes mejor dominen el algoritmo. La pregunta para los demócratas no es por qué los jóvenes hacen política de manera tan distinta a la nuestra. Es qué instituciones les ofrecemos para que esa energía fluya.