En Chile, el cáncer de mama se mantiene como la principal causa de muerte entre la población femenina. En octubre de cada año, las campañas masivas enfocan su mensaje en el autoexamen; sin embargo, desde la matronería y la academia debemos promover que el autoexamen de mamas, sin duda, es una herramienta valiosa para el autoconocimiento corporal y la detección de cambios, pero no constituye un método de tamizaje suficiente por sí solo para detectar tumores en etapas incipientes.
Confiar únicamente en la palpación manual entrega una falsa sensación de seguridad, lo que puede retrasar la consulta clínica e ignora el valor fundamental de la mamografía y la ecografía mamaria preventiva, las cuales permiten diagnosticar lesiones subclínicas no palpables cuando las posibilidades de tratamiento exitoso son óptimas. La propia evidencia clínica respalda que las estrategias basadas exclusivamente en el examen físico o el autoexamen no resultan suficientes para responder a las exigencias de la salud pública actual.
A esta limitación se suma uno de los mitos más arraigados: asumir que el cáncer de mama afecta principalmente a quienes poseen antecedentes familiares. La evidencia médica indica que entre un 85 % y un 95 % de los diagnósticos corresponden a casos esporádicos en mujeres sin antecedentes familiares ni herencia detectable. Las mutaciones genéticas conocidas como BRCA1 y BRCA2 explican solo entre el 5 % y el 10 % del total de los casos.
Esta realidad se ratifica en el Censo #YoSoyTriple del Observatorio del Cáncer, donde un 63 % de las pacientes con cáncer de mama triple negativo (CMTN) reportó no identificar ningún antecedente en su familia. Esperar a tener antecedentes familiares para iniciar las evaluaciones preventivas es un error grave que resta tiempo valioso.
Esta desinformación convive con una tendencia epidemiológica alarmante: el incremento de la incidencia en mujeres jóvenes. El cáncer de mama triple negativo, un subtipo biológicamente agresivo que representa cerca del 14% de los diagnósticos en el país, lo que equivale a unos 800 casos anuales, afecta de manera desproporcionada a este segmento. Según el censo mencionado, el 77% de las diagnosticadas con CMTN tiene 50 años o menos y un 46,2 % no supera los 40 años de edad.
A pesar de estas cifras, las políticas públicas de prevención y los programas del Ministerio de Salud continúan priorizando el tamizaje entre los 50 y los 69 años, dejando a las mujeres jóvenes fuera de las estrategias sistemáticas de detección precoz. Esta omisión resulta crítica frente a los denominados cánceres de intervalo, tumores de rápido crecimiento que irrumpen entre un control y otro.
Debido a su agresividad y a la falta de exámenes oportunos en la población joven, el 75,3 % de los casos de CMTN en Chile se diagnostica en estadios avanzados (II y III).
Como profesional, puedo reafirmar que la consulta periódica con la matrona es el espacio insustituible para el examen clínico, la evaluación de riesgos, la educación y la indicación oportuna de exámenes preventivos. Debemos superar el mito del autoexamen aislado e impulsar políticas sanitarias inclusivas que garanticen una atención preventiva integral a las mujeres de todas las edades.